Las personas de humo


. Yacen atrincherados entre cobijas viejas y pedazos de cartón, agazapados de la crueldad humana que no para de señalarlos hacia afuera. Donde es su lugar, en la lejanía de la movilidad social. Discriminados, desolados y en silencio, van los pobres.

Por Luis Alberto Rodríguez / Desde Abajo

¿Qué es un pobre? Una porción en la miseria del mundo; un adagio del poder; un transeúnte solitario; un fantasma. Los pobres caminan pesados entre un mundo capitalista y caen rendidos bajo sus múltiples amenazas. Lucen como sombras apenas visibles en el reflejo de los aparadores y sus pasos no dejan huella en las banquetas. Nadie los ve; nadie los oye; nadie los tiene por vivos.

Hombres y mujeres viejos que visten con ropas malolientes y usan zapatos tan gastados de tanto andar sin rumbo fijo; caminando por la corteza terrestre por todo su ancho territorio, sin fijarse una ruta, más que aquella en la que encuentran cobijo y pan. Como en el albergue para indigentes, donde yacen atrincherados entre cobijas viejas y pedazos de cartón, agazapados de la crueldad humana que no para de señalarlos hacia afuera. Donde es su lugar, en la lejanía de la movilidad social. Discriminados, desolados y en silencio, van los pobres.

Como Cleta. Va y viene de un cuarto regalado de la calle Galeana hasta las inmediaciones del centro de la ciudad. Casi todos los días sale a asolearse en un banqueta de la plaza o entada en las escaleras de uno de los edificios contiguos. Carga consigo un morral de lechuguilla donde guarda verduras, frutas o alguna despensa que le obsequia la caridad. Y lleva el mango de una pala como bastón y arma para ausentar a los perros que le acosan queriéndose llevar su comida.

Donde vive, hay otro cuarto donde camaradas de condición albergan su propia pobreza. En total son tres. Cleta es la más grande. Tiene 74 años, el de en medio nadie sabe y el más chico de ellos cuenta con 68. Un hombre llamado Armando que ya no se puede levantar de la silla de ruedas. Ahí les hace de comer Eulalia, una joven como de 27 años que está al servicio de Gloria, una menos joven de 45, católica ella, que heredó estos cuartos de su padre que era profesor normalista. Como vive de sus rentas y buen corazón, ha hecho de ese espacio fuente y fruto de su piedad. Eulalia es refugiada. Hace un año huyó de la prisión de violencia a la que le tenía sometida su marido, un soldado raso sin mayor patrimonio que un garbanzo por cerebro.

La despensa que consigue Cleta –a no ser por la fruta que sí es para ella solita-, la dona a los alimentos diarios. Además, no falta quien de la comunidad les de huevo, pollo, frijol, aceite o arroz. A veces es menos, a veces es más; pero siempre hay “aunque sea pan con sal, porque tortillas ya casi no”, como dice ella.

¿Cómo llegaron ahí? No hay respuestas contundentes. En el caso de Armando, un mal día su familia lo abandonó, según comenta. “Se fueron”, dice y luego calla. Eulalia agrega que es huérfano, y que los familiares con quienes vivía, lo abandonaron en el albergue del DIF para irse a otro Estado. Que como es “retrasadito”, no quisieron jalar con él, seguirlo cuidando. Pero se desesperó de estar ahí, en un lugar inhóspito y con tanta gente extraña e indiferente, que no paraban los días en los que se quisiera escapar. Y en cada intento, se hacía daño. Se caía, se golpeaba, se arañaba. Hasta que topó con Gloria, un domingo en el mercado Revolución y tras indagar su paradero, gestionó su adopción como parte de una misión de pastoral social que ella y su grupo emprenden desde hace 7 años.

Por su parte, Cleta llegó ahí, por casualidad, tras mucho tiempo de indigencia. Y no es que su grado haya variado, pero ahora tiene donde comer y dormir tranquilamente, lo que antes no. Antes, los días y las noches eran la misma pesadilla. Transitar con su pelo enmarañado, causando lástima y horror. Con un dolor de dientes interminable, tanto, que se acostumbró al sufrimiento. Ese pesar era su único motor entre la indiferencia y el agravio. Vivía la vida como una fantasma absoluta, sin papeles ni identificación, y nadie, menos el gobierno, le acreditaba como sujeta de benevolencia. Compartiendo su suerte con otros que caminan a la par de ella. Tantos más. Siendo humo que desaparece en el tránsito del viento frio. Inexistente. Una persona que al morir, nadie se entera. Eso es un pobre.

luis@desdeabajo.org.mx