Lentamente, 16 horas al día


. En esta ciudad, ser taxista envuelve sus riesgos. Los asaltos, la delincuencia creciente. Y sobre eso, unos riñones destrozados. La firme creencia de que pasaje tras pasaje, la sociedad mexicana demuestra no ser tan violenta como los extranjeros nos venden al resto del mundo: “Somos puros huevos”, concluye con fina maestría encima de la deprimente proposición.

Por Luis Alberto Rodríguez / Desde Abajo

Por estas avenidas, la vida circula lentamente. Parece una mentira, un cuento malogrado, que hace unos años atrás, la ciudad albergaba espacio suficiente para todos. Pero el tiempo, como las sociedades, es esencialmente dialéctico. De tal manera resulta imposible permanecer intacto ante su avance. Su deterioro.

Tales manifestaciones recaen en el taxi de Álvaro. En su rodar, los aires citadinos rozan su carrocería. Le arrancan algunos hilos. Rasguñan su pintura, dejándolo más viejo. Esto sucede así de martes a domingo, 16 horas al día.

Álvaro pasa su vida esclavizado al taxi. 16 horas todos los días. Dos turnos diariamente, haciendo el trabajo por dos ¿Qué lo obliga a ocupar 28 horas entre el volante y la cama? Una madre enferma y la competencia de más de 2 mil vehículos que, como él, salen a tiburonear pasajeros desde la puesta, hasta la caída del sol.

“Hay que hacerlo con alegría. Como sea el sol sale para todos, eso pienso. Sí, hay muchos, pero ¿qué? ¿Qué hace uno? Mejor sentirse tranquilo”, dice con la programación de su éxito grupero favorito… “¡Y tooodo para quéeee/tooodo para quéeee/ para quéee tanto amooooor!”

Álvaro parece cantar en silencio, calmado, como él afirma de sí mismo, pese al sarcástico embate de la realidad.

En esta ciudad, ser taxista envuelve sus riesgos. Los asaltos, la delincuencia creciente. Y sobre eso, unos riñones destrozados. La firme creencia de que pasaje tras pasaje, la sociedad mexicana demuestra no ser tan violenta como los extranjeros nos venden al resto del mundo: “Somos puros huevos”, concluye con fina maestría encima de la deprimente proposición.

“Quée más quieres de míiiiii/Si ya todo te díiiii/Te di mi cariño/Te di mi confianza/Te di mi caloooor” , canta verdaderamente entonado, Álvaro.

No es casado, pero lo fue. Hace tres años que desfoga su dolor, proyectándolo en una que otra conocida. Pero presume que sus mejores momentos “los ha pasado a lado de una dama”, que, asegura, emanan de mujeres “divertidas o adoloridas” que frecuentan su taxi.

Será por eso que la poesía de Intocable o El Buki le llega más en lo profundo de su inseguridad masculina. Porque, como dice, el amor nomás hace llorar cantando sus canciones, bebiendo cerveza, más una patada en los huevos. Y que hacen falta huevos para enamorarse… o divorciarse. Una de dos. Porque los hombres sólo tienen huevos para escoger entre una u otra. Por eso, una vez decidido, prefiere la alegría de su taxi con todo y sus 16 horas de trabajo, que invertir la mitad de ellas “soportando a mi ex esposa”.

Quizá ésta sea la razón subconsciente para encerrarse en su auto todo el día. Aunque, materialmente, la falta de dinero y la necesidad de éste, también brindan una explicación precisa: Su madre está enferma de cáncer, pero nunca “pudo” ir al médico constantemente. Al contrario. Se tragó su dolor con “sanadores integrales”, hasta que, gracias al consejo de una joven amiga, tomó la decisión de esquivar los espasmos fumando mariguana.

Luego entonces, la raya del taxi va a parar a los bolsillos del compa aquel que al Álvaro le vende unos güatos de “café”. Por supuesto, este taxista toma otro tanto para él, aumentando el costo. Aunque, diluyendo la gracia, confiesa que fumar mariguana es lo único que mantiene a su mamá al borde de la muerte, sin arrojarse al fondo, todavía.

Pero los precios han aumentado. Ya no es tan fácil conseguir la cantidad necesaria y, por los riesgos, lo que antes compraba con un tostón, ahora le cuesta casi el doble. En un mal día, su mamá llega a fumarse hasta siete cigarros. Lo que significa que esos 100 varitos apenas le duran dos días, como máximo. Y en una semana llega a gastarse casi 500 pesos; 2 mil al mes. Lo grave es que conforme avanza la enfermedad, la cartera se vacía más. A pesar de esto, sale más barato hacerse amigo de los dillers, que pasar por la cara tragedia de acudir al médico y a quimioterapias. Una atención que el ridículo Seguro Popular nunca conocerá.

También está eso de comprar la despensa, pagar la renta, la luz, el gas. Razón nada fácil considerando los aumentos al doble de estos productos, aunado al diario suplicio de ponerle gasolina al taxi, 400 veces más cara que en el 2006.

Por eso Álvaro debe trabajar doble turno. Rentando las placas. Llevando y trayendo borrachos, amantes, ladrones. Con un bate de trailero por si se atraviesa algún gandalla que busque hacerle la vida más misarable. Trabajar para sobrevivir o para seguir viviendo. Esperando que, en cuanto regrese a casa, su madre siga en pie. En tanto, espera a través del parabrisas que tarde que temprano el sol salga para él. Aún alberga la esperanza de ser un pasajero que un buen día pida viaje a una vida sin mayores sacrificios. Y viajar sin prisas, lentamente, como hoy mismo transita por estas avenidas.

luis@desdeabajo.org.mx