David el guerrillero


. Una luz incandescente replegó la noche e iluminaba desde el cielo cada rincón de los jacales. Al mismo tiempo, tropas del Ejército rodearon la comunidad e irrumpieron en ella violentamente. Tiraron puertas y levantaron a los hombres, arrastrándolos hasta el centro del poblado, mientras las mujeres y las crías permanecían custodiadas en sus propios hogares, a punta de fusil. Cada uno de los acechados fue interrogado, golpeado y torturado. Buscaban a un tal Regino “y su grupo”. Que dónde estaban las armas; que dónde estaba el dinero, que dónde estaban sus mapas; que si no cooperaban se los iba a cargar la chingada por andar de pinches alebrestados, jugándole al guerrillero.

Por Luis Alberto Rodríguez / Desde Abajo

David, indígena de 23 años, con sus huaraches de plástico y camisa de franela, tomó una de las decisiones más importantes de su vida: Ser sacerdote. Su comunidad perdida entre el bosque húmedo de la Sierra Otomí – Tepehua, le ha enquistado heridas profundas que sólo podrían ser curadas retribuyéndoles en lo espiritual. La pobreza es tanta, que hacen falta manos para contarla. Y la indignación no deja más voluntad para trabajar en su contra.

La intención de convertirse al sacerdocio le nació cuando, a los 17 años, un grupo de misioneros llegó a su comunidad para echar a andar proyectos productivos en la cría de invernaderos. Los trajo el padre Juan; un presbítero joven, con espíritu renovador e ideas nítidamente liberacionistas. Su tía Cande fue una de las beneficiadas. Junto a 20 mujeres más, construyeron un invernadero y desde entonces lo han mantenido, con altas y bajas. De tanto ayudarle, es que conoció personalmente al Padre Juan. Se ganó su confianza y se hizo su amigo. Tanto gusto lo convenció a ingresar a la Escuela de la Fe, de la cual egresó en seis meses convertido en catequista.

Como tal, cada miércoles y domingo, David enseñaba liturgia a un grupo como de 35 niños y niñas. El Padre Juan le había enseñado que el catecismo se debe dar con ejemplos, así que siguió al pie de la letra sus consejos. Por ejemplo, hablaba de esta manera: “Cuando Jesús se encontró en el huerto de Getsemaní, unas horas antes de ser llevado por los guardias romanos a la cruz, sintió tanto miedo que sudaba sangre. Entonces exclamó orando ‘Padre, si es tu voluntad, aparta de mí este cáliz’. Jesús sentía mucho miedo ¿Cuántas veces nosotros no hemos sentido miedo? Pero aquí el Evangelio nos enseña que por más grandes que sean nuestros miedos, debemos de enfrentarlos. A darles la cara. A trabajar duro para salir adelante. Esto es algo que deben de tomar ejemplo en sus vidas. Como en las huertas. Que hay veces que no da o no sale, pero con esfuerzo, ahí siempre no faltan las frutas para vender, ¿a poco no?”.

Las lecciones de David, venían acompañadas de los testimonios de sus catecúmenos, que al mismo tiempo eran sus sobrinos, primos, vecinos, parientes o hijos de sus amigos. De todos ellos iba conociendo las versiones pequeñas de los grandes problemas que, en carne propia, el ya sabía que laceraban a su comunidad. De cómo la lucha contra los invasores de la tierra era cuenta de no acabar. De enfrentarse a los emisarios del Gobierno que buscaban romper con los ejidos a punta de dinero y corromper conciencias. De cómo seguían los caciques merodeando para robarse ganado.

O de aquella vez, cuando de noche, un ruido fortísimo sacudió la tierra desde sus entrañas. Una luz incandescente replegó la noche e iluminaba desde el cielo cada rincón de los jacales. Al mismo tiempo, tropas del Ejército rodearon la comunidad e irrumpieron en ella violentamente. Tiraron puertas y levantaron a los hombres, arrastrándolos hasta el centro del poblado, mientras las mujeres y las crías permanecían custodiadas en sus propios hogares, a punta de fusil. Cada uno de los acechados fue interrogado, golpeado y torturado. Buscaban a un tal Regino “y su grupo”. Que dónde estaban las armas; que dónde estaba el dinero, que dónde estaban sus mapas; que si no cooperaban se los iba a cargar la chingada por andar de pinches alebrestados, jugándole al guerrillero.

Cuando los soldados se fueron, antes de que amaneciera, la comunidad hizo el recuento de los daños. Tres de los hombres acorralados no aparecían. Entre ellos un hermano de David. Nunca apareció y nadie, ni en la presidencia municipal ni en la comisaría, supo decir a dónde se lo habían llevado. Los testigos afirmaron que lo subieron a un jeep y se fueron camino a la carretera, alejándose debajo del cielo morado.

Tras el desasosiego, David logró ser sacerdote y cuenta esto desde su aula cuarteada por la humedad, donde enseña Teología en una pequeña escuela de catecismo de la colonia Guerrero, a donde llegó hace tres años cargado de anhelos y fe. Cambió sus huaraches de plástico por unas botas de gamuza desgastadas.

Hoy tiene 33 años, la misma edad de la muerte de Cristo. Pero David no muere, y en sus alumnos de teología o entre los chavos banda que lo vienen a ver, encuentra a cada persona de su comunidad indígena; encuentra el rostro de sus hermanos. Un niño nuevo, una esperanza. Lo más difícil fue resarcir el espíritu temeroso de los habitantes, tal cual un día esos misioneros y el Padre Juan lo hicieron con él. Por eso quiso dedicarse a esto. Porque la pérdida de aquella noche violenta, hizo más daño al alma de su pueblo, que su mismo desmembramiento. De tal manera, consagró sus manos enteras a reconfortarla.

luis@desdeabajo.org.mx