Rosario cuando viuda


Rosario durmió esa noche con la alarma puesta a las siete de la mañana. Su nieta Noemí llegaría a las nueve. “¡Veo que tienes todo listo!”, exclamó Noemí al saludarla. “Está todo preparado. Pero come, no se nos vaya a hacer tarde”, dijo la abuela compartiendo la emoción.

Salieron del edificio de condominios con el sol pleno sobre la primera línea del oriente. Cada uno de los 18 paquetes se fueron a la cajuela de la viejo jeep de la recién egresada universitaria, cada cual, con los 75 años de vida de la abuela, en los cuales depositó en silencio ese talento artesanal que estarían por convertirla en una más de las exitosas proveedoras independientes de las tiendas Líbido.

A los 20 se casó con un militar 10 años mayor que ella. Un tipo serio, más bien hosco.. Ernesto se llamó el hombre de recio, misógino y ultraconservador carácter. Hasta que una madrugada de agosto Rosario quedó viuda. Tenía 71 años. Sus hijas todas casadas y las nietas persiguiendo el mismo destino, excepto Noemí, quien decidió no truncar su licenciatura con tal empuje que llegó a ser la gerente de producción de Líbido, justo en la época de expansión de los almacenes de ropa y accesorios.

Un día de pronto, Rosario se encontró sola en su viejo departamento, donde el silencio interior era socavado por el ruido de los automóviles y los negocios. Era como una pequeña hierba en medio del trajín de la vida. Sin saber qué hacer, a donde ir, para quién vivir durante el día. Ya no era madre ni enfermera de tiempo completo, cuando se acordó de su viejo amor: la artesanía con pedrería. Reunió algunos objetos, cáñamo y la colección de agujas y comenzó a armar.

“¿Y esto, Rosario?”, preguntó con la boca abierta y el ceño fruncido Noemi un día al verla. Una rareza de gesto y sorpresa.

Pero Rosario no la escuchó. Sonaba en su estéreo un viejo blus de Aretha Franklin. Noemí echó una tímida carcajada. “¿Qué haces? ¿Qué es esto, Rosario?”, preguntó por tercera vez.

Rosario bajó el volumen y se acercó a la efigie de su nieta , parada a la vera del sofá. “Siéntate”, le dijo. “Desde que murió tu abuelo, ahora puedo”

– Oye, pero esto está hermoso ¿Tu lo hiciste? – dijo Noemí, con cierta reacción incrédula

– Sí, ¿te gusta?- respondió, inaugurando el éxito del resto de su vida.

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