Caldo de médula


Un sopa, casi como cualquiera, servida a la mesa del trabajador. Jugo de jitomate con chipotle y un poco de epazote como cuerpo de médula asada, vertida en un bello platón de barro con las insignias de aquel: “E.M.”, su nombre, en su fonda favorita.

El trabajador comió feliz. Frente a él dos limones partidos a la mitad, cebolla y cilantro picado, para acompañar el plato. Pero no los tocó. “Hoy te quedó mejor que nunca, Lupe”, dijo mientras hundía la cuchara de peltre con la cual le gustaba paladear. Sorbía cada vez con más cuidado, como queriendo que el caldo no se acabara. Perfilaba el cubierto y con el rasgaba la médula, que era un pedazo largo, carnoso y hostil para partir. Pocas personas la preparan así. Comúnmente la cortan en pedacitos, como en las taquerías. Pero la encargada del lugar sabe de los gustos de aquel que sentado a la mesa estaba probando su especial dedicado.

Los otros ahí reunidos lo miraban como si fuera el patrón, el dueño del lugar rodeado de fotografías antiguas de la ciudad, colgadas en paredes de tabique rojo que conformaban el pequeño perímetro de lo que se hacía llamar “El Fogón Minero”. No dejaban de observar la forma en que comía.

– “¿Qué estará comiendo el compa?”- susurró uno de ellos a su compañero de mesa, sin soltar la cuchara, mirando con la cabeza semi gacha hacia donde el trabajador.

– Parece caldo de médula-, respondió el otro mientras fruncía el seño y avisaba una sonrisa cómplice.

Mientras tante, el trabajador exclamaba: “¡Te luciste, Lupe!”. Y echaba a reír. Pero solo un poco. Volteaba la mirada casi sin sentir del rostro de la mujer, de vuelta a lo hondo de su plato. Y se alistaba. Encorvaba la espalda y los hombros, relajaba la muñeca de su mano derecha mientras apretaba en un puño la izquierda. El instante de probar y comer. Y seguía sonriendo. Concentrado en aquello, casi sin pensar en más.

Lupe estaba por casarse. Se había descubierto que la muchacha tenía un novio, al que comprometió frente su madre y su familia, por lo que ahorraba dinero cocinando y sirviendo comida en la fonda. La boda era la excusa perfecta de la mamá para corregir la misteriosa ausencia de su esposo, el padre de Lupe. Ernesto Mendoza, “E.M.” se llama el señor y estuvo abatido en cama por casi un año con dolor y debilitamiento crónico. Le habían diagnosticado Linfoma.

Era la tercera vez que el trabajador paraba por ahí. Había construido el lugar, pero, a pesar de su familiaridad con la comida que se servía, no era común verlo sentado a la mesa. Lupe y su mamá lo trataban con un amasijo de emociones difíciles de describir. Eran una mezcla de coraje y deseo, como el gran amor que vuelve prometiendo quedarse para siempre. En realidad, eso era lo que pasaba. Las recetas, los olores y el sabor eran fruto directo de la pasión tras la melancolía.

Ernesto Mendoza es el dueño de un taller mecánico, y regresó a la vida para testimoniar lo mucho que había crecido su hija a lo largo de un solo año. Cayó enfermo apenas regresó de la bahía de Tampa, Florida. Una tarde de martes, tomó camino con un pollero para cruzar a los Estados Unidos con la promesa de volver pronto y mandar suficiente dinero cada mes para hacer crecer el negocio de comida. Pero al volver cayó en cama y de ahí al hospital. Fiebre, nauseas, agotamiento, tos y una temible inflamación. Tres especialistas no pudieron curarlo, hasta que en su desesperación, la esposa y la hija recurrieron a Rolando Vargas, un jóven médico tradicional de la región náhuatl de Acaxochitlán, que lo salvó recetándole limpias y sopa de médula.

– ¿Te está gustando, papá?”, pregunto Lupe, con su mano puesta sobre la espalda encogida de él, cubierta con la camisa salpicada de grasa mecánica. Lo abrazo conmovida. – ¡Pero qué preguntas, Lupe! –respondió Ernesto Mendoza a carcajadas -. Mejor prepárate otro, porque cuando te cases….- pronunció irónico y melancólico.

La muchacha que volvió a sonreír con aquel mandato, apuró el paso hacia la cocina. Le sirvieron su segundo caldo en el mismo plato con las iníciales “E.M.”, de su nombre. Clavó la cuchara de peltre. “¡Vente a comer conmigo, hija!”, gritó desde su mesa hasta la cocina, en una voz que provocó la mirada de los tres comensales que a unos metros permanecían degustando. Volvían a oler el humo que cargaba el intensísimo sabor a chipotle, jitomate y epazote, bañando el carnoso trozo de médula que tanto le gustaba a aquel trabajador.

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