Tizayuca: El caos


Tizayuca es un hermoso paraje que se pudre bajo un sepulcro de caos y fraccionamientos. La presunta llegada del aeropuerto anexo al “Benito Juárez” del Distrito Federal a la región, detonó una indiscriminada especulación de terrenos que han pauperizado la tierra que de a poco, va fulminando la tradición agraria de éste último reducto del valle de México.

Así de tajo, el Gobierno del Estado y las autoridades municipales en ciega complicidad, creyeron que poco se perdía si el campo tizayuquense dejaba de producir y en su lugar se abrían paso las constructoras inmobiliarias que levantan elefantes blancos que pretendidamente alojarían a la población capitalina que, dicen, busca un hogar lejos del tráfico y el bullicio. Una visión noventera postraumática del sismo del 85, por decir lo menos, es el pretexto que exponen los empresarios, si se considera que a lo que apuestan, no es el descanso de la metrópoli, sino lucrar con la presunta plusvalía que prometió traer el proyecto aeroportuario, construyendo colonias las cuales, en su mayoría, carecen de servicios básicos.

Sin embargo, ¡oh catástrofe!, la terminal aérea sólo ha sido otra mentira de la administración federal panista que se suma a la Refinería Bicentenario de Tula o a la idílica agencia espacial de Tulancingo, proyectos sobre los cuales el Ejecutivo hidalguense colocó tantas esperanzas como dinero que terminó por explotarle en la cara. En tanto, el daño está hecho. Alguien se está enriqueciendo con el despojo a ejidatarios, a quienes el Ejecutivo no voltea a ver si no es tiempo electoral. A ellos compró sus tierras y a ellos ahora no les responde cuando los cultivos de cebada, maíz o epazote han muerto para dar mala vida a miles de casas deshabitadas, sin servicios y objeto de toda norma de urbanización a merced de la voracidad por el dinero.

Allí queda Tizayuca. Atomizada. Empobrecida. Hecha jirones de carne por la voracidad de los coyotes. Lo que antes era un valle hermoso, hoy es un tejido de cemento, varilla y caos, que se revuelve y no avizora por donde salir. Así lo predijo el poeta Ignacio Rodríguez Galván: “El bárbaro ya en masa / por nuestros campos entra, /a fuego y sangre arrasa /cuanto a su paso encuentra, / deshonra nuestras vírgenes, /nos asesina audaz”. Si el romántico viviera, ¿qué otros versos le escribiría a este su valle sepultado?

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