La Iglesia de Samuel Ruíz


Surgida de las reformas progresistas del Concilio Vaticano II durante el papado de Juan XXIII en 1963 y seguida de las Conferencias Episcopales en América Latina, La Teología de la Liberación cunde en el continente con una consigna radical: “La iglesia que no asume la opción preferencial por los pobres, no es la Iglesia de Jesucristo”. Los obispos y arzobispos apegados a la tradición romana, levantaron la voz de protesta contra aquella “interpretación marxista” del Evangelio. Y no era para menos. El gobierno de El Vaticano afinaba sus colaboraciones con los países capitalistas para combatir al socialismo en el mundo, so pretexto de la eliminación de la religiosidad en los países comunistas. Así lo siguió durante todos sus años de papado, Juan Pablo II, quien trazó, junto a Ronald Reagan y Margaret Tatcher, una estrategia geopolítica para tales fines. En medio quedaban los sacerdotes y ministros que luchaban en los barrios y en las montañas de América por la emancipación del ser: evangelizando y liberándolos de la opresión económica, social y política de los monopolios y las dictaduras.

Todo comenzó en Brasil mediante la creación y popularidad de las Comunidades Eclesiales de Base; pero el modelo no duró mucho en explotar hacia cada uno de los rincones del continente. Los sacerdotes Leonardo Boff, Frei Beto y Pedro Casaldáliga comenzaron a impartir homilías donde se escuchaba un discurso radical. Que el Evangelio no cumpliría su objetivo liberador, si éste no iba con el acompañamiento de la Iglesia en los ámbitos de lucha del pueblo contra el sometimiento. “Todos los pueblos -¡y todas las religiones!- son soberanas. Y todo imperialismo -también el religioso- es pecado”, rezaba la causa que acompañó la Teología de la Liberación, también en Centroamérica, las luchas férreas de los campesinos contra la United Fruit Company.

Así en México, tres fueron los que protagonizaron la revuelta liberacionista de la Iglesia a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970. Samuel Ruíz García, de Chiapas; Arturo Lona Reyes, de Oaxaca y José Barón Larios de Hidalgo. No fue casualidad que en estas entidades cundiera la Teología sobre los agitados movimientos indígenas por la recuperación de tierras y en contra de la explotación caciquil. De ellos ha muerto el primero, pero su ejemplo permanecerá en la Iglesia progresista que vivifica lo que el mismo expresó: “La opción por los pobres no es una opción voluntaria”.

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