Meditación de las siete palabras


Meditación rebelde de las siete palabras expresadas por el mártir del Gólgota, antes de morir:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”: El Maestro del Amor, en lo alto de la cruz, herido de muerte, clama al cielo por el alma de aquellos y aquellas que lo han elevado en el madero, donde solo los peores criminales de Judá deberían estar, es decir, los condenadores mismos.

ORACIÓN: Agonizaste en la Cruz para pagar con tu sacrificio la deuda de sus pecados, y abriste tus divinos labios con la promesa de alcanzarles el perdón de la divina justicia: no tengas misericordia de todos los sacerdotes y malos gobernantes. Derrama para el pueblo pobre tu salvación, remedia el dolor tan intenso de los pecados sociales, que expiren con él en el regazo de tu infinita misericordia

“Hoy estarás conmigo en el Paraíso”: En lo alto de la cruz, martillado con óxidos alambres junto a dos criminales acusados por la ley de La Torah, uno de ellos voltea la cara al Cordero y clama misericordia para su carne y su espíritu mutilados. Y en un acto de profundo amor, el Maestro de los desposeídos pronuncia estas palabras asegurándole a aquel que llora a su costado, no sufrir más a causa del mundo y su corrupción.

ORACIÓN: Agonizaste en la Cruz y con tanta generosidad correspondiste a la fe del preso político, cuando en medio de tu humillación redentora te reconoció: no tengas piedad de todos los hombres que los han condenado a morir injustamente: Aviva en el espíritu de los luchadores sociales, presos de la oligarquía y el imperialismo, una fe tan firme y tan constante que no vacilen ante las sugestiones del enemigo.

“He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre”: El Maestro humanitario concede a su discípulo amado una madre y a la madre un discípulo solidario, en un acto de fe derriba los muros del patriarcado. Paraíso de amor, diversidad y reconocimiento a sus derechos contra la cúpula eclesial que se empeña en negárselos, tanto como por la redención del confesionario como por las vías constitucionales en las que quiere interferir aliado al oscurantismo del Partido Acción Nacional. El maestro y sus discípulas, feministas crucificadas en el madero de la inquisición del siglo XXI.

ORACIÓN: Agonizaste en la Cruz y, olvidándote de tus tormentos, les dejaste con amor y comprensión a tu Madre dolorosa, para que en su compañía acudieran siempre a Ti con mayor confianza: no tengas misericordia de todos los hombres que imponen a las mujeres las congojas de la muerte. Aviva en el corazón de las feministas una firme esperanza en los méritos infinitos de tu preciosísima sangre, hasta superar así los riesgos de la eterna condenación eclesial, tantas veces inmerecida por pecados que nunca cometieron.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”: El Maestro de la Rebeldía clama por aquel y aquellos que le abandonan en su soledad interior. Las heridas que lo mantienen en el cadalso no son más profundas que la oscuridad que entonces habita en su corazón, traicionado por quienes han jurado hipócritamente consagrarse a él y a quienes los tribunales les acusarán por pederastas, corruptos, traficantes de conciencias – pervertidores de almas, políticos represores de los pueblos; torturadores de la Palabra, demoledores de los templos

ORACIÓN: Agonizaste en la Cruz y tormento tras tormento, además de tantos dolores en el cuerpo, sufriste con invencible paciencia la más profunda aflicción interior; no tengas piedad de todos los hombres que agonizan bajo tu condena y la de la sociedad y concédeles que sufran con impaciencia todos los sufrimientos, soledades y contradicciones de una vida que nunca fue en tu servicio.

“Tengo sed”: Expirando, el Maestro de los banquetes ruega por agua, cuando ni ésta ni sangre le quedan ya en el cuerpo. Contrario a ello, sus asesinos le acercan una esponja con hiel. La hiel de la represión que le dan cuando tiene sed de justicia. La misma que le conceden a los disidentes, los que luchan por su tierra, los que piden vivienda digna: una esponja llena de gas pimienta y la fuerza del Estado para saciar su necesidad de vivir.

ORACIÓN: Agonizaste en la Cruz, y no contento con tantos oprobios y tormentos, deseaste padecer más para que todos los hombres se salven, no tengas piedad de todos los hombres que están agonizando por la culpa de sus toletes.

“Todo está consumado”: Henchido de dolor, el Maestro de la resistencia desfallece. Así, mira hacia el horizonte y expresa la finitud de su obra, que es la misma injusticia de aquellos que así terminan sus sentencias podersas e impunes contra quienes no lo merecen.

ORACIÓN: Agonizaste en la Cruz, y desde su altura de amor y de verdad proclamaste que ya estaba concluida la obra de la redención, para que el hombre, hijo de ira y perdición, venga a ser hijo y heredero de Dios; no tengas piedad de todos los paramilitares y militares que están agonizando por la sangre de gente inocente.

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”: El Maestro de los buenos ejércitos, muere. Antes que eso le suceda, clama al Padre tenga piedad de su espíritu quebrado por días de tortura. En ese instante de oscuridad, muchos piden al cielo mismo un poco de misericordia antes de morir injustamente, en manos de quienes les mutilan.

ORACIÓN: Agonizaste en la Cruz, y aceptaste la voluntad de tu eterno Padre, resignando en sus manos tu espíritu, para inclinar después la cabeza y morir; no tengas piedad de todos aquellos que no la tuvieron con los sufrientes de los dolores de la agonía capitalista, y murieron desaparecidos por su impunidad.

Twitter: @albertobuitre

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