Mi memoria fantasmal


[Intuición, No. 102]

Estaba echando unos tragos en la cantina El León, cuando la preciosa mordaz de mi acompañante me pregunto sobre pasajes de mi infancia en Tizayuca. Por supuesto tuve que cambiar mi cerveza por un ron de siete años para salivar sobre tremenda remembranza. Así que me acomodé bien en el banco de la barra y le dije: “Bueno, nena, comprenderás que esto es difícil para mí porque la mayoría de los buenos recuerdos que tengo son sobre lugares que hoy ya no existen”. Ella me miró como si yo hubiera dicho algo serio, pero luego se echó a reír. Me dijo: “Calmado, ¿acaso viviste en un Chernóbil?”. “Por supuesto que no”, le contesté; pero no puede evitar traer a mi mente la fotografía del parque de diversiones abandonado que iba a inaugurar el gobierno soviético en la zona, a pocos meses antes de que ocurriera la gran explosión radioactiva. Claro que no hay punto de comparación entre la ciudad ucraniana y éste enjambre sin identidad que es Tizayuca, pero al acceder a hacer memoria, creo que sí encuentro algunas similitudes.

Miguel y yo salíamos casi todas las tardes a andar en bicicleta sobre un pequeño llano que, en su última parte, pegado a la banqueta, hacia un mini barranco y luego una leve cordillera de arena. No recuerdo qué tan grande era, pero a los seis años aquello me parecía todo un viaje. Montábamos la pequeña bicla rodada 16 y pedaleábamos alegres a lo largo de aquel caminito elevado. Varias veces nos caíamos sobre la tierra y los fierros de la bicicleta paraban en las piernas o en fuerte coscorrón en la cabeza. Luego la echábamos a andar de nuevo. Había una especie de maizal entre el cual habíamos construido una especie de guarida para jugar canicas o fútbol, hasta que un día me pegué una infección en el ojo que, salve la desmemoria, mi madre de alguna forma me curó. Le conté a mi interlocutora que con el paso de los años, algún presidente municipal expropió el terreno y ahí construyeron unas horribles casas dúplex que, en agravio de la lógica, llamaron “Las Campanas”. “Bueno, ahí tienes un primer ejemplo de lo que te digo, nena”, le referí, pero ella desestimó mi memoria. Dijo: “¡Bah!, si quieres contarme la historia de un fraccionamiento no tiene nada nuevo, a menos que el lugar haya estado maldito o embrujado”.

Quizá no haya estado embrujado pero conocí un lugar que pudo haberlo estado. Por lo menos es lo que se decía entre nosotros en el barrio, en el Nuevo. Le decíamos La Hacienda, porque, en efecto, lo era. Estaba en lo que antes eran las minas. ¡Mierda, sí ahora que la recuerdo me frikea su imagen fantasmal! Estaba escondida detrás de un campo de olotes; vacía, pintada con cal y cierto tono marrón. Era yo un mocoso entonces, ni siquiera recuerdo qué dimensiones pudo tener. Pero la recuerdo no muy grande. Se decía que ahí había habitado una familia a la que asesinaron, o algo así. Yo nunca entre o si quiera me acerqué a ella, y tampoco recuerdo que alguno de mis compitas lo hiciera. Pero vaya que inspiraba temor. Aunque un día, sí, nos acercamos un poco. Íbamos como trece chavitos a una disque excursión, “armados” con palitas, resorteras y otras pendejadas de la cocina. Ahí íbamos orgullosos de nuestra travesía de parvularios hasta que el hijo de puta de un vecino salió hecho la chingada con otro wey y sus perros a corretearnos. La pinche excursión terminó en una corretiza del carajo, que de las tres horas que hicimos de supuesto viaje, en menos de cinco minutos ya estábamos en el barrio hechos mierda del susto.

“Bueno –le dije a mi a la querida acompañante-, ahora ninguno de esos lugares existe. A todos se los ha tragado algún fraccionamiento”, recordando, además, otros sitios ahora ausentes. “Eres un pinche melancólico”, dijo ella mientras yo bebía más fuerte. Y ahora que lo pienso ¿sabes qué? Creo que tiene razón.

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