No es una coincidencia


Indígenas de Cherán piden libertad para los índigenas chiapanecos Alberto Patishtán y Francisco Sántiz López. Foto: Solidaridad Chiapas

En México existen ( es decir, luchan por existir) 65 pueblos originarios. Indígenas y en una minoría de afrodescendientes que representan el 11 por ciento de la población mexicana, unos 12 millones de seres humanos, según datos de la Comisión Nacional de Pueblos Indígenas (CDI).

De ellos, lo primero que se sabe es la larga historia de explotación que han padecido. Primero, a manos de la conquista europea, y después, por la burguesía nacional, criolla y mestiza, que combatió sus costumbres, esclavizó su fuerza de trabajo, les quitó sus tierras  y finalmente, los condenó a subsistir en territorios pauperizados. Pero no conforme, la clase dominante les sigue amenazando con proyectos monopólicos internacionales y nacionales, en aras de salvar el sistema capital. Las mineras canadienses, sobre todo, que lo mismo amenaza a la tierra Wirikuta del bajío que a La Mixteca de Guerrero.

¿Y que hacen los Congresos y Gobiernos? Decir que nada, es demasiado. En realidad, el aparato político-electoral oficial mexicano funge como facilitador legal en la imposición del saqueo industrial y comercial, poniendo, además, en manos de los capitalistas la reacción de las fuerzas armadas y de inteligencia política para sofocar cualquier intento de rebelión o protesta.

Por eso, aunque muchos se atrevan a negar tan cruel realidad.  el saldo final de esta explotación será la eliminación absoluta de los pueblos originales. Y no es paranoia afirmar que ese es el objetivo del sistema de instituciones, leyes y armas que la protege.

Pero, al hablar de las amenazas a sangre, fuego y leyes contra los pueblos originarios con tal de presevar y aumentar los beneficios de la clase burguesa, no sólo podemos referirnos a México. El capitalismo no es un sistema nacional. Es un sistema global que por igual tiende sus amenazas contra los Purépechas de Cherán K’heri o  los Masaai en Tanzania.

No. No es una coincidencia que los Mapuches chilenos y los Palestinos llenen las líneas de los blogs y los medios alternativos de comunicación con sus consignas e historias de represión. Y no. Tampoco es una coincidencia que los Saharauis sea silenciados al luchar contra la ocupación marroquí, o que aún a la fecha como desde el principio de la humanidad, se pretenda creer que las comunidades afromexicanas  no existen.

En efecto, es culpa del capitalismo. Pero inmediatamente, es culpa del silencio y la innanición ante la fatalidad. De las dos o tres horas frente a la televisión. De la furia vecinal. De la neurosis colectiva. Del veneno que nos tragamos en bolsas metailzadas y el agua muerta que bebemos en botellas plastificadas.

Y no es nuestra culpa. Sino de lo que nos han hecho creer. De lo que la política de muerte nos ha hecho y nos pide creer. Que todo se soluciona y nada pasa. Que la ignorancia es inevtaible.  Que no hay un mundo afuera. Que la naturaleza se muere y no hay remedio. Que no hay más pueblo más allá de nuestra banqueta.

Y mientras tanto, la muerte, el saqueo, la sangre y tantos millones como nosotros, a pocos o a miles de kilómetros de nosotros que, como nosotros, también reclaman su derecho a vivir.

O tal vez debo dejar que Manu Chao lo exprese mejor que yo: