Edward Snowden, el chico que derribó al gigante


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El ex analista de la CIA, Edward Snowden, le ha dado un nuevo puntapié al coloso del espionaje internacional. Parecía que el mundo lo había visto todo con los cables filtrados a Wikileaks por Bradley Manning. Entonces el Gobierno de los Estados Unidos luchaba por esconder sus opiniones sobre los presidentes. Dijeron que Felipe Calderón no podría contra el narco y espiaron el activismo de Hugo Chávez en Latinoamérica. Se creía por eso que Julian Assange era el último anti-héroe de la libertad de información. Los ojos de la humanidad eran testigos absolutos de cómo la realidad superaba la ficción en cuanto a espionaje trasatlántico. Pero no se había visto todo. Faltaba más. Justo eso que no es archivado en sobres amarillos, ni enviado en cartas selladas de oficina en oficina y maletines ultrasecretos desde Washington hasta los consulados del mundo.

Snowden atravesó su pie en la marcha del país más poderoso del mundo. El gigante tropezó y de sus manos cayó una tonelada de secretos. The Guardian y The Washington Post tomaron los datos y los hicieron públicos. Programas secretos de la casa Blanca para investigar las comunicaciones de millones de ciudadanos en el mundo. El famoso informe PRISM. “La NSA (Agencia de Seguridad Nacional) ha construido una infraestructura que le permite interceptar prácticamente cualquier tipo de comunicación. Con estas técnicas la mayoría de las comunicaciones humanas se almacenan sin un objetivo determinado”, explicó el ex analista de la CIA al diario británico. Poco después, se supo que también Estados Unidos accedía secretamente a los servidores de Facebook, Google, Apple, entre otras.

Snowden le dijo al mundo lo que no había dicho aún Wikileaks: Estados Unidos no sólo espía Gobiernos, bancos o corporaciones, le espía a usted; me espía a mí en este momento. Obtiene información detallada sobre mis llamadas, sobre mis remitentes de correo electrónico, sobre mis amigos en Facebook y mis followers en Twitter .Al menos eso sugieren las revelaciones del pasado 6 de junio. Que nadie está a salvo y su computador puede ser ciberatacado por órdenes de un misterioso hacker antes que termine de leer este texto. Todo en aras de la seguridad, en la propia voz del presidente Barack Obama, quien no quiere reconocer que su país se equivoca al pretender erigirse como el gendarme plantario. El Premio Nobel de la Paz gana para EEUU lo contrario a su célebre medalla: la animadversión de quienes sí creen en los derechos civiles, dentro y fuera del propio territorio estadounidense.

El gigante tropezó de nuevo. Cayó con la denuncia de un informático de 30 años de edad, pálido y sin músculos. Un David moderno, casi un adolescente. El mundo mira cómo Goliat intenta levantarse, pero el piso está resbaloso y aún no encuentra de donde asirse. Cae a cada palabra, a cada declaración, con cada chantaje. Sus gritos de rabia se escuchan en cada oficina diplomática del planeta. Mientras tanto, dicen que Snowden aterrizará seguro en Ecuador, el mismo país que también refugia a Assange en su Embajada en Inglaterra. Dicen que lo hará vía Cuba y Venezuela. Eso dicen, pero no saben. Como tampoco saben cómo ni cuando, Washington se levantará.

Alberto Buitre

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