La bestia


México - Foto sede PRI

Alberto Buitre

Jean Paul Sartré enseñó que existen personas tan inverosímiles que delegan a otros la responsabilidad de sus malas acciones. Personas que han perdido totalmente la voluntad y cuya única justificación de vida es obedecer a alguien más, con lo que sea y por lo que sea, sin que nunca por algo, o por nada, sea suya la culpa. Un mundo sin consecuencias. Un robot, o un animal, o ambas cosas al mismo tiempo.

De esta enseñanza alguna vez encontré mi propia definición de un militante del PRI. Sabía, y conforme pasa el tiempo lo reitero, que quienes viven anclados a los intereses creados de ese partido político son personas con sonrisas de cartón. Seres vertebrados que amanecen y duermen cada día según la ley de la alienación. Malos para mentir, pero buenos para insistir, creen sus propias mentiras por decirlas una y otra vez.

Pero puesto un poco más de atención, he descubierto que en el PRD, en el PAN, en el Verde o el PANAL, las similitudes con sus correligionarios (cuya religión es la política electoral) del PRI, son varias. La única diferencia la hace la falta de poder. Una condición que los condena a negociar su supervivencia a cambio de mediocridad. Y si el priísmo es la cabeza de la bestia, el sistema de partidos se pone a la cola. Siguiendo los pasos que dicta su confundida guía. Perviviendo a la sombra de sus huellas.

Pareciera, pues, que nadie se atreve a saltar de la cola a la cabeza. Tomarla de un mordisco y hacerla caer. Pareciera que todos los partidos se conforman con las dádivas y negociaciones que con el PRI-Gobierno, con el PRI-absolutismo, con el PRI-alienado, pueden hacer. Negociar una ley a cambio de una regiduría. Una presidencia municipal a cambio de un presupuesto. Y cuando los intereses son mayúsculos como una reforma a PEMEX, bien se puede negociar una gubernatura como la de Baja California, donde tanto caben tricolores, como azules, como amarillos y variopintos.

Y así, los votos honestos ¿a dónde van a caer sino a la mesa de negociaciones? La permanente mesa de apuestas donde una elección es una moneda de cambio cuyo valor se deprecia o genera dividendos según el contexto ¿Y quién paga? La casa, el país, el Estado, el pueblo, los impuestos, el petróleo, la gasolina, la canasta básica, los servicios públicos, la gratuidad de la salud, la educación, la monopolización de los medios de comunicación, de las industrias, la desvalorización del trabajo y los pobres que cada vez son más, aunque crean que todo lo tienen gracias al crédito.

¿Quién la hace caminar? ¿Quién la alimenta? ¿Quién la hace rugir, o apenas maullar, y hacerle parecer un demonio? El miedo, es la respuesta elemental. El miedo que convierte a priístas, panistas o perredistas en el vomito de Sartré. El vómito que alimenta a la bestia. Miedo que, sin embargo, la gente de a poco va perdiendo.

 

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