Máquinas despreciables: ¿Por qué se dopan los deportistas?


ALBERTO BUITRE / LA CIUDAD DEPORTIVA .- Alex Rodríguez por hormonas de crecimiento; un futbolista y un oficial jamaiquino por un positivo antidopaje no aclarado; y dos jugadores de la Liga mexicana de fútbol por consumo de clembuterol, medicamento para el crecimiento de masa muscular. Y poco antes Julio César Chávez Jr., por marihuana; y antes fue Lance Armstrong por EPO y testosterona, cepas que estimulan la oxigenación y la resistencia física; como antes también Maradona, por efedrina, norefedrina, seudoefedrina, norseudoefedrina, metaefedrina y hasta cocaína, todas, básicamente, sustancias para evitar el dolor…

¿Qué tienen en común Rodríguez, Armstrong o Maradona, con los futbolistas jaimaquinos, mexicanos, Chávez Jr y todos y todas aquellas atletas que a lo ancho del planeta consumen o han consumido sustancias prohibidas?

Por increíble que parezca, no es el dopaje. Al menos no en sí mismo. Es un padecimiento que va mucho más allá de sus capacidades físico-atléticas, de su talento con la bola, los puños o la bicicleta. Un infierno desatado por estos años de exigencia deportiva, basado en un régimen de ganancias estratosféricamente millonario cuyo núcleo de explotación es el cuerpo del deportista. Una industria que antepone el dinero sobre lo humano. Freud le llamó: angustia.

En sus famosos “Tres ensayos” publicados en 1905, Sigmund Freud definió a la angustia como una neurosis derivada de la frustración al no poder “obtener satisfacción por la ausencia de la madre”. Sabiendo que el padre de la psicología basó prácticamente todos sus estudios en el desarrollo y represión de la sexualidad –Complejo de Edipo, Histeria, Neurosis-, la angustia básicamente es un montón de libido que no puede –o no debe-, ser descargada y que se convierte directamente en un “instante traumático”, en un temor, un miedo.

El líbido -o en otras palabras, la pasión-, que mueve a un deportista a ser lo que es, a amar –apasionarse-, por su deporte, parece no soportar la presión por satisfacer –o no-, a la madre directiva, la madre patrocinadora, la madre representante, de la madre equipo, la madre estadística, la madre historia. Y si eres una superestrella a quien se le exigen números de seis ceros y de cien de porcentaje, antes que tu salud mental, tu destino es psicológicamente previsible. Dormirás y despertarás con la angustia de las metas por cumplir; como un robot a prueba de fallas, sin derecho a enfermarse, ni a opinar. Negado a sentirte humano.

Pero los atletas no son robots. Y aún si lo fueran, no hay máquinas que sobrevivan a un contexto absolutamente contradictorio, con sus capacidades a prueba todo el tiempo. Algún día fallarán; y ese día serán condenadas a la basura como máquinas despreciables, sin historia, ni preguntas. Es la imperante necesidad de producción, donde las y los atletas son piezas de cambio; y si fallan, ya con un pedazo de carne o con veinte litros de whisky, serán puestos en el patíbulo de los “dopados”, a la par del peor de los drogadictos, aun si lo que consumieron está lejos de considerarse una droga más peligrosa que el alcohol o la cocaína. Curiosamente, dos sustancias que pululan en las oficinas de quienes dictan los destinos y facultades de sus contratados.

Angustia por cumplir a toda costa, cueste lo que cueste. Angustia por satisfacer. Y miedo, mucho miedo al fracaso. Algo que nunca se dirá porque, hoy Alex Rodríguez como Lance Armstrong en su momento, son necesarios para dar un mensaje al mundo deportivo: Si fallas, te mueres.

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