#13SMX: Algo se jodió en México


ALBERTO BUITRE.- Déjame contarte cómo es México, un día cualquiera. Por ejemplo, en la víspera a festejar los 203 años de su Independencia.

Caminarás por el Centro Histórico de su capital, la Ciudad de México. Mirarás los Palacios coloniales y te asombrarás recorriendo los detalles en su arquitectura de tres siglos. Conforme avances hacia su Zócalo, sentirás que la inmensidad de la Plaza de la Constitución te golpea como una ráfaga de viento. Tus sentidos se llenan de vibraciones. Escucharás voces, el murmullo de una multitud a lo lejos. Presentirás que sus habitantes disfrutan sus espacios y caminan orgullosos alrededor de su inmensa hasta bandera.

Pero te sorprenderá ver que esa plaza, el corazón de México y su capital, no se envuelve en paseantes. Verás que alguien protesta. Y alguien junto a alguien, y cada vez más hasta formar miles. Sus ojos están enrojecidos y su mandíbula trabada de palabras; como un funeral, como si algo se hubiera jodido. Cansados, con sus cuerpos encogidos,  a la vera de fogatas, resguardados en casa de campaña y lonas carcomidas por la lluvia, el polvo y la contaminación. Alguien te dirá que son maestros, y estás a punto de ver su sangre.

Esto fue lo que pasó:

Siete mil maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) provenientes de trece Estados del país, acampaban en el Zócalo de la ciudad desde hacía tres semanas. Protestaban – y aún lo hacen-, contra una reforma que privatiza la educación pública y liquida sus derechos laborales. Sin embargo, una mayoría en el Legislativo votó por tal modificación, mientras el Gobierno desoyó las propuestas generadas en once foros públicos, todos, concluyendo su oposición a la ley. Entonces los profes se quedaron. Cerraron calles, marcharon a lo largo de esos días. Establecían mesas de diálogo con las autoridades, pero arriba, en el Ejecutivo, seguían sin escuchar. La decisión entonces fue mantener la protesta.

La represión fue anunciada. El Zócalo debía quedar limpio para la noche del 15. Enrique Peña Nieto debía dar su primer “Grito de Independencia” y a la mañana siguiente, celebrarlo con un desfile militar. El objetivo , irónicamente, es conmemorar a quienes levantaron contra la opresión, en aquel tiempo, de la corona española.

Y la represión llegó. A las cuatro de la tarde de este viernes 13, cientos de policías federales especializados en combate a grupos del narcotráfico rodearon la plaza. Llevaban tanquetas antimotines rellenas de agua con ácido sulfúrico y les acompañaban pelotones militares. Fueron apoyados de helicópteros con mirilla y francotiradores que se apostaron en edificios públicos; un grupo de ellos, en el campanario de la Catedral Metropolitana, aliada de la burguesía en 1910 y en 2013.

Avanzaron, Los maestros decidieron el repliegue táctico. Pero los federales los persiguieron con gases lacrimógenos y extintores desde el primer cuadro de la ciudad hasta dos o tres kilómetros hacia fuera, en las avenidas cercanas al Monumento a la Revolución. Los policías  arrasaron con la gente que se atrevía a increparlos. En avenida Eje Central, gasearon a quienes les gritaron “¡Asesinos!”.

En la calle 20 de noviembre, se llevaron a Marcos Osmar Meza, un estudiante de la UNAM por portar una camiseta de Venezuela. Acompañaba a su mamá mientras filmaba el avance policiaco. Lo golpearon en el traslado y para la noche se encontraba hospitalizado. Más adelante descalabraron a un profesor; también a una profesora, haciéndola desmayar.

El Gobierno infiltró militares vestidos de civil entre el magisterio. Los llamados ‘halcones’, ordenados para reprimir desde dentro y señalar a objetivos para la policía.  Luego se confirmó la estrategia al verlos marchar escoltados por los granaderos.

Golpearon y apresaron al diputado local del Partido del Trabajo, Gerardo Ordanza por plantarse con una cartulina de apoyo al CNTE. También a un fotoperiodista y acosaron una reportera del canal Efekto TV.

Se llevaron en una camioneta a los líderes de las secciones magisteriales del Distrito Federal, Felipe Bravo; de Oaxaca, Rubén Núñez y de Michoacán, Juan José Ortega. Los dispusieron ante la Secretaría de Gobernación para un supuesto diálogo. Luego los soltaron sin explicaciones. Al tiempo, se supo que en el Estado de Guerrero habían emboscado y detenido al líder de los maestros, Minervino Morán. Sigue preso. Avisaron a otros profesores de la entidad que no salieran de sus casas, “que esto se puso feo”.

Todo esto pasó, y mucho más. Más golpeados; más ensangrentados. Treinta y un detenidos llevados al Cuartel policiaco de Iztapalapa. Ocho mujeres, veintitrés hombres y un menor de edad. La mayoría estudiantes. Frio, mucho frio. y lluvia sobre la Ciudad de México. Pero mucha más rabia e  impotencia.

Porque México es un país donde un narcotraficante puede alcanzar su liberación más sencillamente que un maestro rural. Y no es alegoría. Este mismo día, el profesor indígena Alberto Patishtan fue condenado a 60 años de prisión acusado por el Estado de Chiapas de matar a siete policías, él sólo. Ya lleva trece años en la cárcel. El Gobierno mexicano dice que lo indulta, si pide perdón. Pero es inocente. Todo se lo inventó el PRI.

Por la noche, el secretario de Gobernación, Miguel Osorio chong y el alcalde del DF, Miguel Ángel Mancera, aseguraron que el operativo había sido “limpio” y con “respeto a los derechos humanos”.

En México pasan estas cosas. Pasó hoy, un día que tuvo que ser como cualquiera. Con el Centro Histórico y sus paredes con murmullos, que hoy rasgan  gritos de dolor.

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