Insectos como personas, y visceversa


La primer cama que probé en Pachuca era un catre viejo en la sala de un departamento perdido en lo más hondo de Villas. Los dos sujetos que me recibieron vivían como reyes cada uno en sus respectivos cuartos, los dos únicos que tenía aquella infame habitación de principios de los ochentas, con dos recamaras, baño miniatura y una cocina sin gas. Ellos, los reyes y yo el esclavo pobre durmiendo en la sala a merced de los moscos, las palomillas y las cucarachas que se metían por la zotehuela compartida con una pareja de hombre y mujer que pasaba la mitad del día drogada de piedra. La otra mitad, dormía y gozaba de sexo. Todas las noches oía al sujeto aullar: “Dámelo más, quiero que me lo metas más duro. Oh si más adentro”. Al parecer no todo era lo que aparentaba y él era quien recibía palo. Nunca se sabe detrás de la puerta.

Ahí estaba yo sobreviviendo como estudiante de comunicación y reportero, comiendo sopas maruchan y compartiéndola con las cucarachas, cuando conocí a Joaquín. Lo encontré en un bar del centro, mientras toqueteaba a una de las chicas del lugar. La mina aquella se llamaba Julieta. Julieta y Joaquín. Sus nombres se escuchaban bien juntos, pero no podían ser más disparejos. Ella, una chava de unos 31 años, fofa y llena de marihuana; él, un sesentón calvo, duro y apestoso a aguarrás. Sin embargo, compartían la misma barra de ese antro diminuto y pobre, pero con lo necesario para encontrar un trago sin tener que buscarlo lejos. Uno llega y casi al abrir la puerta ya está sentado en la madera de pino ordenando un bacardi. Esta bueno el sitio, pasé varias ahí, se pueden escribir muchos cuentos.

Julieta y Joaquín se daban entres. Ella era una araña de bar a la caza de algún cliente y él, su mosca, un chambitas cualquiera que llevaba ya seis meses acampando en los cerros, poniendo dinamita y tumbando gajos de monte por tres mil pesos al mes. Se me acercó con su tufo a thinner y vistiendo con orgullo un saquito de imitación piel que seguro sacó de una paca de ropa americana. Se quejó conmigo de la jinetera:

– Esa vieja está entrada pero yo no traigo ni para una mamada ¿No me prestas 30 varios, carnal?
– Y compa, me agarras torcido. No traigo, nomás pa’ este bacachá.
– Órale, nomás treinta varios ¿O cuanto trais? Alivianame.

Me hurgué en la bolsa, escogí las monedas y finalmente le di diez pesos.

– Es todo lo que traigo, compa. Neta
– Órale, carnal. Chido.

Joaquín se fue a gozar con Julieta a un cuarto arriba de la cantina. El dueño del congal, un tipo grande y curtido, que había sido funcionario de gobierno por 30 años y se jubiló poniendo la cantinita aquella, le cobró el dinero al compa y los dos se subieron desesperados. Ellos estuvieron 15 minutos ahí. Quise imaginar como aquella jeba daba unas mamadas, pero me acorde del apestoso a thinner y mejor le di un trago largo a mi bacardi, para borrar mi insana calentura. Luego bajaron, primero él, con la verga de fuera y mareado. El dueño del sitio, que también era el cantinero, lo miró de reojo, pero no hizo mucho caso. En un momento más tenía que bajar la mujer.

El tipo salió de la cantina con su mareo y su verga sucia y apenas pisando la banqueta se echó a correr. El dueño aventó su trapo y subió las escaleras de cemento para ver a Julieta. “¡Hijo de su puta madre¡”, “¡Julieta, despierta pinche niña!”. Niña, así le decía; quizá eran algo, no lo sé, no me interesa saber. El Joaquín había esperado a que la jeba se arrodillara a mamársela, cuando sacó su navaja y la tasajeó por las mejillas. Había esperado que le diera unas chupadas, pero como el tipo se venía enseguida, apenas se puso caliente con dos o tres lengüetazos y ¡sobres!, le clavó el filo a la mujer de la pura excitación. El dueño salió pelado hacia la clínica con Julieta echada, con la cara empapada de sangre y colgando piel, músculos y nervios, manchando de baba ensangrentada el piso del lugarcito. Me espanté y sentí unas ganas tremendas de vomitar. Me fui de ahí enseguida.

Dicen que el muy hijodeputa se peló esa misma noche al monte y ya no bajó. Algún karma lo ha de haber alcanzado. Esos crímenes nunca quedan sin pagarse. Dicen las brujas de esta ciudad que tarde o temprano la justicia te cae el cielo, hayas hecho lo que hayas hecho. Yo no volví a ese bar, ni loco. Me olvide rápido de los diez pesos que le presté. Era mejor no pensar en eso. Yo ya le debo bastante a la vida y no necesito andar cargando con borrachos ajenos. Pagó mis propios crímenes. Por eso pasé unos años en esa sala conviviendo entre insectos. Creo que al final, a las personas y a los bichos, la vida y la muerte nos atrapa igual.

© ALBERTO BUITRE 2013

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