Breve especulación sobre sentir celos


Ayer leía las noticias de un hombre en San Martín, Buenos Aires, que mató a la esposa con sus propias manos, y, al llegar la hija, le soltó un balazo en el abdomen. Cuando la policía le preguntó sus motivos, el sujeto respondió que lo había hecho “por celos”.

Los celos es un animal voraz. Una bestia asesina. Al parecer quien mata por celos es aquel que imagina que ella no morirá por él. Y entonces no lo soporta, y se lanza al vacío con las manos llenas de cuchillos sintiéndose capaz de cortar hasta el aire mismo. Y con eso arreglarlo todo. Cortarlo todo, como si el pasado, el presente y el futuro, como la carne misma, se pudieran liquidar con la dictadura de la voluntad.

Y no. Lo cierto es que lo único nuestro es la destrucción. No nos pertenece nada, ni la carne, ni la mujer, ni la vida, ni el aire… sólo nuestro dolor. Lo único verdaderamente nuestro es lo que nos mata. Ni aún nuestra vida, a quien seguramente ya entregamos a esa bestia inmunda y sarnosa dormida quieta en lo profundo del pecho. Los celos.

¿Amor? ¿No es el amor la valentía? ¿No es el amor aceptar que nada podemos entender, sino simplemente intentarlo? ¿No es el amor quedar felices contemplando la obra que el tiempo ha construido frente a nuestros ojos? El amor no mata. Para ponerlo en términos de mesa, el amor es comer y más aún, disfrutar comiendo. En cambio los celos… es cagar sin siquiera haber comido. Es podredumbre.

Siempre he creído que amar es aceptar las diferencias; las del tiempo, las de la distancia y las mismas que nos marcan según las personas que han pasado y aún persisten en nuestra vida. En todo caso, amar es celebrar que esas diferencias nos unen. Pero hay quienes se complican mucho con lo simple y todo lo quieren exagerado, serio y febril. “Somos temerosos de lo que nos hace diferentes”, escribió Anne Rice. ¿Serán los celos la penosa incapacidad de aceptar que existen diferencias? Por tanto el amor, como lo contrario a la celotipia, debe ser aceptar tales diferencias. Pero hay gente cuadrada. Obtusa. Recia como una jodida piedra. Inútil a ceder a la más pequeña brisa; que se lanza con todo su peso a destruirlo todo… “por celos”.

Hay que temerle a los celos. Asesino personal. Un sicario interno que sabe bien donde apuntar. Un enfermo mental que considera al otro como propio, y además, inferior. Pusilánime y porquería que, sin embargo, no tiene justificación.  Hijo pródigo de un sistema podrido, el patriarcado. Y además de todo, una hueva. Mercenario que nada posee y todo quiere sin merecerlo. Es fácil sentir celos. Hace falta sólo un gramo de cobardía. Y cobardes sobran. Pero mi abuela decía que sólo los valientes, aman. Tenía razón. Hay que ponerse bravo. Debo ponerme bravo. Hay muy pocos aún.

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