Guerra Fría en Sochi


El presidente ruso, Vladímir Putin, durante una de sus visitas a las instalaciones para los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi 2014. Foto: Agencias
El presidente ruso, Vladímir Putin, durante una de sus visitas a las instalaciones para los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi 2014. Foto: Agencias

 

Tres días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos invernales de Sochi, Rusia, buques estadounidenses cruzaban el mar negro desde Turquía para dirigirse a las costas de Ucrania. Ahí tienen lugar revueltas sociales contra el presidente Viktor Yanukovich desde el 21 de noviembre del año pasado, las cuales enfrentan a los partidarios de la asociación europea contra quienes respaldan la posición del Gobierno de acercamiento a Moscú; y en medio de todo ello, el florecimiento de grupos nacional-fascistas como Splina Sprava apoyados por políticos anti-rusos.

La presencia militar estadounidense en el Mar Negro, muy cerca de Sochi, no hace sino aumentar la tensión política en unos juegos olímpicos agredidos desde Occidente.

Buena parte de los medios de comunicación de Estados Unidos, y sus socios dentro de Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) de Latinoamérica y España, han centrado sus críticas en lo que han llamado el “régimen de Putin”. Con titulares y headlines escandalosos, han apoyando las acciones de organizaciones identificadas con la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID), las cuales han clamado por boicotear los juegos en apoyo a la causa de los derechos humanos en Rusia, especialmente el de la diversidad sexual.

Sin embargo, el tema no es nuevo para Rusia.

Desde los años más álgidos de la guerra fría a principios de los sesenta, antes y después de la crisis de los misiles que tuvo al mundo al borde de una guerra nuclear, los medios de comunicación aliados a la Casa Blanca sostuvieron la tesis de la dictadura en Moscú. Un asunto que no termino ni con el triunfo de la reforma de la Perestroika que abrió Rusia a los mercados occidentales. Así, la campaña de descrédito a todo lo que proviniera del Este se intensificó al grado de llegar a Hollywood, con una ola de películas que trataron de marines avasallando terroristas provenientes de alguna colonia soviética. Hoy no es distinto.

Barack Obama aún no supera el jaque de Putin respecto a la guerra en Siria. En un par de semanas –basado en décadas de apoyo al Partido Baath Socialista Sirio, del presidente Bashar Al Assad-, el presidente ruso pacificó el país mientras Washington estaba con el dedo sobre el botón de los misiles teledirigidos. Cuando Damasco aceptó el desarme nuclear y los medios rusos exhibieron el apoyo de Washington al talibán en el conflicto, el Nóbel de la Paz fue exhibido y la política internacional estadounidense sufrió una vergüenza ante su odiado rival, el hoy líder del bloque económico de los BRICS, que mira desde un balcón el desmoronamiento paulatino del dólar frente al Yen como valor planetario.

Si bien es cierto que la política anti homosexual del Kremlin es un error, tanto como el enriquecimiento de una plutocracia sobre los recursos del país y las acusaciones de corrupción política contra el Gobierno de Vladimir Putin, la tensión política sobre Sochi no proviene de Moscú sino de miles de kilómetros al occidente.

La intervención estadounidense en Ucrania podría suceder después de los juegos olímpicos. Sus buques ajustan sus maniobras y la algarabía de las olimpiadas más caras de la historia podrían silenciar una inédita intervención militar en territorio ex soviético. Una apuesta que luce demasiada arriesgada para unos Estados Unidos en crisis.

Sin embargo, Sochi podría ser la oportunidad de Putin y la sociedad rusa de “demoler los estereotipos que persisten desde los tiempos de la Guerra Fría”, puesto en palabras embajador de Rusia en EEUU, Serguéi Kisliak. Y más aún, estos juegos podrían significar la llegada definitiva de Rusia a la cumbre de la política internacional. Algo que Estados Unidos no está dispuesto a tolerar… al menos tan fácilmente.

En suma, son 22 días para no perder de vista los juegos y sus medallas, dentro del hielo y fuera de él.

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