¿Quién mató a Colosio?: 20 años de morbo político en México


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¿Quién mató a Colosio?

Esa es la pregunta que aún millones en México se hacen a 20 años del magnicidioo que diera con la vida de quien en 1994 fuera el candidato presidencial del PRI, asesinado de dos balazos en la cabeza mientras caminaba entre una multitud, al término de un mitin en el barrio pobre de Lomas Taurinas, en la ciudad fronteriza de Tijuana.

“Fue Salinas”, es la respuesta inmediata de quienes en las charlas de cantina y de café.

Otros más lanzan sus propias apuestas:

“Fue Camacho Solís, estaba encabronado porque no le dieron la candidatura”.

“Fue Córdoba Montoya, ese era un maldito”

“Han de haber sido los zapatistas”, decían los más reaccionarios, echándole la culpa al Ejército Zapatista de LIberación Nacional (EZLN), que el 1 de enero de ese año se había levantado en armas en Chiapas, al sureste del país.

Pero siempre la referencia era al entonces presidente Carlos Salinas de Gortari.

Que habría ordenado el asesinato de su candidato presidencial, toda vez que los discursos de Colosio apuntaran al centro de la crisis política y económica que México enfrentaba entonces.

Muerte, hambre, y la entrada en vigor de un Tratado de LIbre Comercio con Estados Unidos que comía el campo mexicano a bocados de una bestia insaciable… y una crisis económica brutal que estaba por estallar, conocida como “el error de diciembre”.

Además, la sucesión de un Gobierno que no logró legitimarse como producto de un escandaloso fraude electoral en las elecciones anteriores de 1988.

Girtaba Colosio como ni siquiera el candidato de las izquierdas, Cuauhtémoc Cárdenas, lo hacia en el momento:

“Yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada, de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales”

Estas eran las palabras de un candidato oficialista que asombraba hasta a los mlitantes opositores.

México tenia ya al próximo presidente. Estaba cantado. O casi.

Mataron a Colosio y nadie sabe o se atreve a decir quién ordenó su asesinato.

El país enmudeció, es cierto. Y hasta los más radicales sabrán donde y con quien estaban cuando recibieron la noticia del crimen.

Un magnicidio único. Distinto al de Jhon F. Kennedy en el 63 y distinto al de Jorge Eliecer Gaitán, en el “Bogotazo” de 1948.

Distinto porque la desaparición de Colosio no generó convulsa social, pues no era un líder, solo un candidato. Distinto porque tras su muerte no se reivindicaron causas algunas, salvo las del propio PRI, que creó fundaciones con su nombre en cada comité estatal.

Distinto porque siempre quedará la sensación que Mario Aburto, su asesino confeso, realmente no es el asesino, y que su sangre corrió como un vulgar crimen de Estado.

Un crimen morboso del que todos siguen, seguimos, hablando

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