“Sin Norte”, un libro para una ‪#‎Colombia‬ urgente de paz y memoria; Prólogo de @albertobuitre


Refugiada en Argentina tras huir para salvar su vida y la de su familia de las guardias paramilitares en su Colombia natal,  Claudia Quintero (Gina Escheback), ha lanzado la edición digital de su libro “Sin Norte. Historia de vida en medio de la incursión paramilitar en el norte de Santander”, que recopila vivencias y testimonios en primera persona de uno de los crímenes paramilitares más horrendamente cometidos a lo largo de la historia colombiana.

El Bloque Catatumbo con más de 200 paramilitares adscritos a las Autodefensas Unidas de Colombia al mando de Salvatore Mancuso, mataron, desaparecieron y aterrorizaron a pobladores de las comunidades santandereanas en 1999 con el objetivo de apoderarse del territorio.  Fueron 18 incursiones en total contadas a lo largo de tres años. Algunos de quienes lograron sobrevivir, hoy cuentan esta historia.

La autora invitó a este periodista a colaborar en la redacción del prólogo de “Sin Norte”.

Ha sido para mi un honor y acepté mediante un acto de absoluta humildad y respeto a la vida de Gina y su lucha permanente por sobrevivir. Como ella, millones de colombianos y colombianas han decido hacerle frente al terror y resistir según sus medios. Es para ellos a quienes se les ha de brindar un acto de esperanza mediante esta obra, testimonio, sí, de sobreviviencia, pero sobre todo, de una vida que ha logrado construirse atravesando el umbral de la sangre.

Por una Colombia con Paz y Justicia Social.

Prólogo

México y Colombia son los dos hijos más procaces del imperialismo estadounidense.

Sus estructuras políticas y económicas emulan la tradición absolutista de Washington, donde solo dos Partidos políticos gobiernan y, desde la década de 1980, se han convertido en herramientas al uso del verdadero poder: la casa de valores de Wall Street.

Sin embargo, México y Colombia lidian con una tradición moralista que los hace aparentar diferentes de Estados Unidos. Al menos en el papel.

Son sistemas políticos multipartidistas, abiertos. Obligados a establecer mecanismos de aceptación a todas las corrientes ideológicas derivado de una cultura política forjada ancestralmente en guerras independentistas y revolucionarias, lo que inconscientemente les ha servido en la era moderna para cumplir con los mandatos de la ONU en términos del llamado “desarrollo democrático”.

En ese sentido, y a pesar de sus innegables diferencias históricas, México y Colombia han coincidido en el rumbo trazado por el neoliberalismo, el eufemismo con el cual los teóricos financieros han definido al mercantilismo global, el capitalismo sin fronteras.

Así es como Washington echó mano de ambos países en los 80’s.

Época de la campaña de Wall Street por apoderarse del mundo entero con un Ronald Reagan a la cabeza de un Gobierno manipulado por los intereses financieros capitalistas. El objetivo era preservar los intereses de los monopolios y combatir cualquier ideología que fuera en contra de los propósitos de expansión.

En ese momento, Irán y Nicaragua fueron los puntos focales.

Estados Unidos se mostraba muy preocupado por lo que podría pasarle a sus zonas de influencia y decidió proteger los intereses de sus inversores, allanando militarmente ambos países.

En Irán, le preocupaban los buques petroleros en el Golfo Pérsico durante las revueltas contra el Sha; mientras que en Nicaragua, monopolios como la United Fruit Company sucumbían ante el Gobierno revolucionario de Daniel Ortega y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

Pero Washington tenía un problema: ¿Cómo financiar dos contrarrevoluciones al mismo tiempo?

Y entonces encontró la solución en México y Colombia, a través de los principales capos de la droga en ambos países, quienes hasta entonces habían permanecido solamente como traficantes locales.

Así ocurrió:

El 13 de febrero de 1990, un informe desclasificado de los agentes especiales de la DEA en la ciudad de Los Angeles, Wayne Schmidt y Héctor Berrellez, relatan los hechos sucedidos a finales de la década de 1980 en el asesinato del agente anti narcóticos estadounidense Enrique ‘Kiki’ Camarena el 7 de febrero de 1985, a manos de narcotraficantes mexicanos.

En el texto recogido por la periodista mexicana Anabel Hernández para su libro “Los Señores del Narco” (Grijalbo, 2010), se incluyen las respuestas obtenidas durante las pesquisas de 1986 denominadas Comision Tower, Comision Walsh y la Comision Kerry (elaborado entonces por el actual secretario de Estado, John Kerry), para investigar el escándalo de corrupción de la Iran-Contra apoyada desde Washington mediante la venta de armas, a pesar que el Congreso lo había prohibido.

En el libro de la periodista, se publica que las investigaciones relataron lo siguiente:

“Los resultados tardaron algunos meses en llegar, pero fueron claros en sus resoluciones: existió tolerancia para que varios capos de América Latina traficaran drogas hacia Estados Unidos, a cambio de que también donaran recursos a la contra nicaragüense, entre ellos socios de la organización del Pacífico como Felix Gallardo, Caro Quintero, Fonseca Carrillo, e integrantes del poderoso Cartel de Medellín ”

Relata Anabel Hernández:

“Por su parte, la comisión encabezada por el senador demócrata John Kerry comenzó sus investigaciones en enero de 1987 y publicó su informe el 13 de abril de 1989, donde se afirmó que el Departamento de Estado ‘proporcionó apoyo a los contras y estuvo implicado en el tráfico de drogas’ ”

Pero Estados Unidos no detuvo la revolución iraní, ni impidió el avance del sandinismo en Nicaragua.

Lo único que consiguió fue exacerbar el terror en México y en Colombia.

Un terror sembrado por narcotraficantes, paramilitares y violencia política-económica, que a la fecha ha cobrado la vida de casi medio millón de seres humanos en ambos países, miles de desplazados y prisioneros políticos. Un terror que ha regado víctimas.

Una de ellas Claudia Quintero.

“Sin Norte” es el testimonio que la sobrevivencia al paramilitarismo no se cuenta por personas sino por familias. Donde las heridas por la violencia son hereditarias y siguen marcando a generaciones enteras.

Desde el desplazamiento forzado de su padre y su abuela por las selva que colindan con Venezuela, los cuerpos mutilados por motosierras y la sangre que pintaba de rojo el río del Norte del Santander, el intento de los paramilitares por reclutar a su propio hermano, hasta que aquella mujer, luego de mirar de frente el semblante infernal y grotesco del verdadero terrorismo, se lanza con un bebe en brazos a un exilio, lejos de su norte verdoso, lejos de su grupo de chicos a quienes intentaba alejar del reclutamiento paramilitar, pero un poco más cerca de vivir.

Su exilio es la viva muestra que el terror colombiano tiene rostro y forjó tal poder, que ya logró ocupar en dos ocasiones la presidencia de Colombia.

Terrorismo de Estado que une a Colombia y a México, dos pueblos que se encuentran en el camino del dolor. Sus coincidencias son la muerte, es desplazamiento y el sufrimiento de su clase trabajadora, sobre todo la más humilde, la más inocente e inofensiva.

Países tan distintos, pero tan similares. De Miguel Hidalgo a Simón Bolívar. De Emiliano Zapata a Jorge Eliecer Gaitán.

Dos pueblos mantienen resistencias imbatibles, a pesar de ser sedes latinoamericanas por excelencia de los proyectos de expansión estadounidenses mediante la Alianza del Pacífico, los Tratados de Libre Comercio y los acuerdos de extensión militar como el Plan Colombia y la Iniciativa México.

Porque sin proponérselo, la violencia del imperialismo ha hecho de México y Colombia un solo pueblo que de manera casi milagrosa, logra sobrevivir día a día, generación tras generación, para contar historias brutales e vivificantes como las de Claudia Quintero.

Que el mundo preste mucha atención.

– Alberto Buitre, periodista y escritor mexicano.

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