La marcha de quienes no se rinden


Una foto publicada por Alberto (@albertobuitre) el 7 de May de 2015 a la(s) 6:26 PDT

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“Perdona, ¿me falta mucho para llegar a la torre de Avianca?”, le pregunté a una mujer, cierta mujer de mi edad, que cargaba unas bolsas de plástico. Me miro por encima del hombro, no por desdén, sino revisando de reojo quién le hablaba antes de responder.

Soy un tipo grande; supongo que al verme dan más ganas de echarse a correr que de saludarme. Por eso, creo, que de no ser por mis gafas y mi camisa azul, o los libros que llevaba conmigo que me daban cierta estampa de decencia, la muchacha no se habría detenido a responder. Es cierto, sin embargo, que sus palabras fueron empujadas con resignación desde su baúl de silencio. Un gesto de contención, los labios sumidos, como ahogando el desconcierto. No parpadeó. Sus manos se recogieron sobre su estómago e hizo la cabeza hacia atrás, levemente, como hundiendo la barbilla. “Es a dos calles” –dijo-, “entre la séptima y la dieciséis”. Se dio la vuelta y partió rápido”. “Gracias” le dije, pero mi voz se quedó cinco pasos atrás.

Por las calles de Bogotá
Por las calles de Bogotá

 

Caminaba por la famosa avenida séptima de Bogotá, mirando a los artistas callejeros. Era jueves y el centro de la capital colombiana ya respiraba aires de fin de semana. Los comercios abiertos, el olor a café, los viejos jugando al ajedrez, las bicicletas de ida y vuelta. De mis paseos bogotanos, este es de mis favoritos. La ciudad que acogió al Presidente de la Gran Colombia me parece una gran mezcla entre espíritu precolombino, orgullo bolivariano y anarquía posmoderna. Andar sus calles es andar la resistencia de una clase obrera indomable. Es atestiguar también una batalla entre publicidades.

Pero hay un velo turbio que flota entre la niebla que baja del cerro del Monserrate. Un sereno denso que se combina con la polución: es el miedo, la desconfianza, la herida que emana de más de 50 años de conflicto armado. Es la sombra en los ojos de la muchacha que apenas quiso darme una dirección.

El colombiano es un pueblo golpeado. Que resiste una y otra vez, cada vez, mil veces más y una más, los embates de una plutocracia que por ambición ha sembrado el terror y le ha crecido un monstruo que no sabe cómo cortar. Una oligarquía que erige centros de Memoria, Tolerancia y Paz en medio de campañas paramilitares que son auspiciadas por ellos mismos para desmovilizar a dirigentes sociales. Que hizo del narcotráfico un negocio de colaboración con Estados Unidos. Un Gobierno dominado por una burguesía rapaz, que presume de modas en televisión y arresta al estudiante a la vera del Transmilenio, ese medio de transporte que sugiere el potencial de una de las mayores y más deliciosas capitales de Latinoamérica. Un presento hecho a sangre y amenazas. Sueños frustrados de democracia. De Jorge Eliecer Gaitan y Luis Carlos Galan en las camisetas y en la añoranza de lo que pudo haber sido y no fue, porque los mandaron matar los que hoy siguen mandando en Colombia.

Pero también, el colombiano es un pueblo indomable. Cuyas muertes se vuelven semilla. De una clase trabajadora en resistencia; de campesinos y estudiantes, de madres y desplazados víctimas de la violencia que cosechan como una causa la simiente del dolor.

Habla Alejandro Toro, director del Congreso de paz. FOTO: Alberto Buitre
Habla Alejandro Toro, director del Congreso de paz. FOTO: Alberto Buitre

 

Lo supe de Blanca Nubia Díaz, a quien le digo “madre” porque me abraza como a su hijo. Mi querida Blanca Nubia, señora de la etnia Wayuu, que en el 2001 los paramilitares violaron y mataron a su hija Carmen allá en la zona de Cuestecitas, municipio de Albania, en el departamento norteño de La Guajira. Que once meses antes de eso, esos mismos ‘paracos’ le metieron cinco tiros a su esposo. Y que además el Gobierno le dice que asesinaron a su hija porque era guerrillera, ‘Suca’, como le dice, cuyo único delito fue salir a vender artesanías esa tarde, y ser bonita; bonita y políticamente consecuente.
Lo supe de María Cecilia Mosquera, quien perdió a su esposo y a sus tres hijos en la tragedia de Machuca, corregimiento del municipio de Segovia, en el departamento de Antioquia, al nordeste del país, cuando la guerrilla del ELN dinamitó un oleoducto en la madrigada del 28 de octubre de 1998, matando a 84 personas. Yacen los brazos de “Mariacé” con las marcas de aquella madrugada cuando la noche de pronto se hizo día bajo el resplandor horrendo de las flamas. Sus manos quemadas, del intento por rescatar del fuego a sus tres hijos que dormían y ya no despertaron. Su silencio se hace más callado bajo el cielo gris de Bogotá. Lo suyo es el sol, el calor de 40 grados, la rumba, la verraquera, los niños, y ese sueño perpetuo de ir un día a África donde la líder de Machuca ve que hay más dolor que aliviar.

Me encontré con ambas y con tantos más. Amigos, amigas, camaradas. Indignaciones y acuerdos de futuro sobre esa misma avenida séptima, en lo alto de la torre Tequendama, en el Club de Ejecutivos.

Ahí nos encontramos para el Congreso “Propuestas para la paz y el desarrollo de Colombia”. Ahí sobre sus alfombras y sus paredes maderadas, porque “si ellos no quisieron ir a nuestros barrios, nosotros venimos a sus clubes”, dijo Alejandro Toro, director del evento. Extraordinario activista, viajero, amigo.

Me invitó a ser testigo, a hablar. Y yo que más que hablar, me gusta observar;  luego venir a la hoja de texto a emocionarme con las almas y las calles, a indignarme con las lágrimas y los puños temblorosos; a esperanzarme con la lucha de quienes, a pesar de tanta rabia y dolor, aún tienen vida para hacer país justo, igual, doble y verdaderamente independiente. Comprendiendo que la paz colombiana no es sólo la política sin armas, ni los enjuagues de los proyectos capitalistas sin oposición guerrillera. Esta paz será para las víctimas de la guerra, o no es paz, ni es acuerdo, ni es nada. Es la verdad y la justica para Blanca Nubia y Mariacé. Es la liberación de más de nueve mil presos políticos, la reparación de más de 220 mil muertos y cinco millones de personas desplazadas por el paramilitarismo. Es poder andar Bogotá sin desconfianza. Poner luz en las sombras de aquella muchacha.

El mundo habrá de darse cuenta que la paz de Colombia es su propia paz. Será cerrarle la llave al intervencionismo guerrerista de Estados Unidos en Latinoamérica; es replicarla en México, en Palestina, en Africa. No es fácil. Pero aunque la marcha sea lenta sigue siendo marcha, cantó Ali Primera, ese otro gran bolivariano, como quienes aquí abundan y no se rinden. – Alberto Buitre

 

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