“La Esclava Blanca”: Al fin la telenovela habló de racismo y no de narcos


“La Esclava Blanca” es una telenovela colombiana producida por Caracol Televisión que –me atrevo a asegurar–, por primera vez en la historia de la televisión latinoamericana aborda con una visión crítica la infame industria de la esclavitud y el racismo en este subcontinente, tomando como punto de referencia la época de descolonización de Colombia y su lucha por la Independencia a principios del siglo XIX, que es, precisamente, la ubicación temporal de esta producción.

Esta telenovela, considerada dentro del género de “telenovela histórica”, fue lanzada en este 2016 con 62 capítulos, cuyo final de transmisión recientemente ocurrió en el pasado mes de abril en Colombia. Con ella, Caracol Televisión sorprende al negocio telenovelero latinoamericano presentando una historia que da una nueva vuelta de tuerca a la argumentación cultural de la televisión en habla hispana, como recientemente lo hiciera en el género de las narco-telenovelas que bien le redituaron, desde la impactante “Sin tetas no hay paraíso” (2006), hasta “Escobar, el patrón del mal” (2012), cuyo impacto social fue tan grande que su polémica trascendió de las mesas familiares, y llegó hasta la política internacional, cuestionándonos sobre la validez de la naturalización de uno de los más dañinos narcotraficantes que ha visto el mundo.

Pero “La Esclava Blanca” se aleja de aquella tendencia. De hecho, sube un escalón en la industria, mientras otras televisoras de clásica producción telenovelera se la piensan dos veces antes de producir algo, si quiera parecido, a “Sin tetas no hay paraíso”, por citar un ejemplo de tantos. Así, pues, y haciendo el conteo, con esta obra de Caracol Television, la TV colombiana rebasa el límite de los diez años de distancia con relación a lo que se están haciendo otros países como México, enfrascado en los refritos de los 80’s, o Chile, cuya producción melodramática se ha conformado con la exportación de telenovelas turcas.

Y no en balde. “La Esclava Blanca” se convirtió en la telenovela más cara en la historia de la televisión colombiana con 9.4 millones de dólares de inversión. Su composición escenográfica vale por sí misma la voluntad de mirarla, situando a la audiencia en los ambientes de la población caribeña de Santa Marta, capital turística del actual departamento de Magdalena, la ciudad más antigua de Colombia datada en 1525. De hecho, uno de sus más grandes valores de producción es haber tomado como una de sus locaciones la famosa Quinta de San Pedro Alejandrino, donde murió en 1830 el libertador Simón Bolívar.

Pero el valor cultural de “La Esclava Blanca” es haber puesto la esclavitud y el racismo en el centro del debate en una Colombia que en este año 2016 está luchando por dejar atrás el belicismo, apostando por la paz y la reconciliación ¿Qué significa esto en un país cuya población afrodescendiente supera el 10 por ciento del total, pero que apenas el 12 por ciento de ésta estudió por niveles encima del bachillerato? Significa que la población afro continúa siendo una de las más segregadas en Colombia, haciendo notar que la paz, no sólo debe ser fruto de la voluntad política, sino de la justicia, en muchos casos, justicia histórica.

En Colombia yacen resabios de discriminación a pesar de haberse abolido la esclavitud en el país, por primera vez, hace más de 160 años atrás. Y a pesar de que es ilegal para las normas colombianas la apropiación del ser humano, la explotación de su fuerza de trabajo continúa dependiendo del patrón, antes amo, como los años previos a la Independencia colombiana.

Quizá por eso “La Esclava Blanca” levantó polémicas entre algunos sectores de la sociedad de este país, los cuales acusaron a la producción de Liliana Bocanegra de exagerar la violencia física y verbal presentada en la telenovela. En ella, se evidencian los latigazos y marcas de hierro a las y los esclavos, así como los tratos deshumanizantes al tildarles de “bestias” o “negros asquerosos”. Pero nada es tan atroz como la realidad misma. Por eso, para comprender la historia –enseñó el historiador Juan Brom–, hay que superar la simple curiosidad. La verdad es algo que muy pocos soportan, menos si es presentada en televisión, ese medio donde tantas querencias depositamos.

Histriónicamente, “La Esclava Blanca” sostiene una calidad que me hace recordar las producciones de finales de 1970 donde las grandes actrices y los grandes actores de teatro, dieron cátedra en la televisión mexicana (“La sonrisa del diablo”, “Doña Bárbara”). Es especialmente destacable el trabajo de la actriz peruana Norma Martínez (“El Evangelio de la carne”, “El bien esquivo”) en su papel de “Adela”, la madre abnegada de “Nicolás Parreño” (Miguel de Miguel), cuya obsesión por defender el honor y la riqueza familiar sobre las bases del esclavismo le convierten en una equilibrista entre la simple vileza del pragmatismo y la total psicopatía. Martínez da vida a un personaje antagónico con tal profundidad de interpretación que coloca sobre sí, en muchos momentos, las emociones más vívidas de la historia. ¿El amor de una madre justifica tanta maldad?

Es particularmente valioso el argumento en el guion realizado por Claudia F. Sánchez, Said Chamie, Andrés Burgos. “La Esclava Blanca” logra colocar diálogos sobre aborto, explotación sexual, homosexualidad y economía en un contexto de principios del siglo XIX y en una Colombia que se aferraba a vivir hundida en el yugo de la moral judeocristiana; pero sobre todo, exponerlo en las pantallas de un siglo XXI que aún alberga núcleos reaccionarios. Nunca olvidaré las discusiones sobre maternidad elegida entre “Milagros” (Ana Harlen Mosquera) y “Remedios” (Paola Moreno) o aquella sentencia contra “Bunme” (Karina Guerra) que bien resume el espíritu narrativo de esta telenovela: “Es mujer y negra, nunca podrá ser libre”.

Quizá el punto más flojo de esta producción se encuentra, precisamente, en el desenvolvimiento de su protagonista Nerea Camacho (“Camino”, “Tres metros sobre el cielo”), quien interpreta a “Victoria Quintero”, a razón, la esclava blanca. La actriz nunca logra consolidar el papel de una niña blanca criada por esclavos, llevada a España de donde escapa para regresar a Colombia con el propósito de rescatar a su familia “negra” de la esclavitud. Por supuesto hay errores de método en la interpretación, pero tal fallo, me parece, recae más en la directora Liliana Bocanegra, quién hubo de darle las bases contextuales a la actriz, de un personaje que atraviesa tres de los más grandes círculos de segregación para alguien como “Victoria Quintero”, mujer, huérfana y esclava, cuya supuesta dilatación emocional nunca aparece; al contrario, se escenifica a un personaje más parecido a Teresa “Gaviota” Suárez de “Amor con aroma de mujer”, que el de un portento de sobreviviente que, habiendo pasado por una crianza en la selva, dos masacres, torturas, explotación en un convento, violencia por orfandad, y encima dos viajes insalubres de dos meses por altamar, no se cree que rompa en llanto cuando el marido le ata las manos.

Pero es claro que hay que cumplir con el rol telenovelesco, el cual demanda que “La Esclava Blanca” haya tenido un final tan predecible como decepcionante para los altos matices que logra alcanzar. De ahí el segundo punto débil de esta producción que es, en general, una debilidad de la industria televisiva. Los formatos de telenovela están superados. Los ritmos en el guion están pensados para una audiencia que está a punto de desaparecer y que, si no se ajusta a las nuevas audiencias, estarán condenadas a morir. De ahí el éxito de teleseries como “Breaking Bad”, “House of Cards” o recientemente “Strange Things”. No basta un buen argumento, como el que de hecho presenta esta telenovela; es preciso repensar las líneas narrativas y actualizar los métodos de producción para convertir grandes historias como las de “La Esclava Blanca”, en éxitos culturales sin discusión, en la era de la televisión digital.

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