Estoy dispuesto a morir


Arthur Schopenhauer creía que los seres humanos no somos capaces de conocer la esencia de la naturaleza, tal cual la describió otro filósofo alemán, Immanuel Kant. Y dentro de la infinidad de ideas y materia que le componen, pienso que nada hay más natural que la muerte. Irónicamente, sólo descubrimos el núcleo de su devenir en un estado que nos imposibilita la capacidad de compartir con el otro y la otra la composición misma de la muerte porque, claro, estamos muertos ya. Fatalidad. Doble fatalidad. Sin embargo, estoy seguro que las personas logramos acercarnos a un breve girón del fallecimiento, al menos, una vez mientras vivimos. Al menos en una ocasión sentimos de cerca los pasos de la parca. Ahí que cobra sentido otra declaración del buen ‘Schopi’: la muerte como representación, sí puede ser apreciada por nosotros y nosotras si, y sólo si, no la sometemos a la razón. Es decir, la “aprehendemos”, la hacemos nuestra sin franjas racionales. Si hacemos de lado eso que el filósofo llamó “la individualidad del sujeto cognosciente”. La sentimos. Tal cual. A mí me pasó.

No hace mucho enfrenté un problema de salud tan extraño que sentí (voy a decir SENTÍ, así, para resaltar que no hubo más que emoción) que podría morir. La sangre, el mareo y esa perturbación como aleteo de cuervos que oscurecen la mente inundaron mi existencia en el preciso momento en el que de mis entrañas emergía una voz: “moriré”, y se sentía real. Aunque, claro, hemos de morir un día. Más la “muerte” como concepto nos resulta cotidianamente tan ajena (o es que hacemos un esfuerzo por alejarla de nuestros horarios, adaptando la realidad que es a nuestra particular noción de normalidad) que es cierto el viejo dicho: “de algo nos hemos de morir de todos modos”. Y vivimos. O existimos en tanto somos, dirían los clásicos. De tal modo que nos la pasamos intentando percibir la esencia de esta y otras realidades mediante el arte, experimentando la metafísica de lo bello (‘Schopi’ dixit), con enorme cantidad de resultados… y sólo la idea de la muerte nos atrapa con un simple viso de su estética.

arthur-schopenhauer
‘Schopi’
Mejoré. Aún mejoro. Comencé a hacer ejercicio. Ahora bebo tres litros de agua todos los días y cuido lo que como. Aunque, sinceramente, no sé cómo llegué a esto. Siempre fui un tipo sano. Andaba en bicicleta por la tierra, sobreviviendo a infecciones en la piel, jugando fútbol de sol a sombra, comiendo sopa de fideos con chiles en escabeche, devorando tacos de suadero como si el Armagedón estuviera doblando la esquina y embuchándome con la misma pasión todas las cervezas que creía, creo, merecer. En fin. todo lo que cualquier mexicano o mexicana hace. Pero eso pasó: la muerte pasó cerca y alcancé a sentir su perfume. Y como no quiero morir por lo pronto ni por lo largo, ya no como chile todos los días, quedándome también haber aprendido que Schopenhauer tenía razón y la muerte ya no sólo es miedo: es conocimiento y voluntad de vivir.

“La misma existencia y sus formas, tanto en el conjunto como en cada una de las partes, provienen de la voluntad únicamente. Ésta es libre y omnipotente. (…) El mundo no es más que el espejo de esta voluntad, y toda su imperfección, todos sus dolores y tormentos pertenecen a la expresión de lo que la voluntad se propone y es como es porque ella lo quiere. Por consiguiente, todo ser, por un decreto de estricta justicia, lleva sobre sí la carga de la existencia en general y luego la de su especie y la de su propia individualidad, absolutamente como es, dadas las circunstancias y en un mundo tal como el que vemos, gobernado por la contingencia y el error, finito, efímero y creado para el dolor; lo que sucede y sucederá es la pura justicia, pues tal es su voluntad y a tal voluntad tal mundo.” (Del libro “El mundo como voluntad y representación”)

Resumiendo, como diría mi abuela: Ya estamos aquí, pues ya qué. Vivamos.

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