Crónicas mexicanas: Nadie, sino nosotros


Hace unos días atraparon al ex gobernador del estado norteño de Tamaulipas, Tomás Yarrington, en Italia, luego de años de supuesta persecución por asociación con el narcotráfico. Según fuentes italianas, el ex mandatario asociado al Partido Revolucionario Institucional, el mismo partido del presidente Enrique Peña Nieto, vivía cual si fuese un jubilado; es decir, sin preocupaciones. Lo que resulta más insólito es que el tipo permanecía resguardado ¡por escoltas del gobierno! Eso explica entonces que, de no ser porque la policía mediterránea lo atrapó, este narco-político hubiese permanecido disfrutando de su retiro en Calabria. Por cierto, este personaje fue pre candidato del PRI a la presidencia en 2006.

Hace unos meses ocurrió lo propio con el ex gobernador de Coahuila, Humberto Moreira. La policía de Madrid lo atrapó luego que un juez español girara orden de aprehensión contra él por blanqueo y organización criminal. La captura se hila con el hecho que Moreira aumentó la deuda pública coahuilense en más de 17 mil millones de pesos. Luego entonces, el político se hallaba viviendo en un lujoso departamento en Barcelona de tres mil quinientos euros la renta, estudiando una maestría y bebiendo el mejor vino de la región. ¿Qué hizo el gobierno de México? Le envío abogados, lo defendió y hoy el ex presidente nacional del PRI –cargo que ocupaba cuando Peña Nieto era candidato presidencial–, busca ser diputado local en su estado natal. Nada mal, ¿no?

De hecho, si buscas en internet “político mexicano prófugo” encontrarás más de 250 mil resultados, con extensa diversidad de casos, unos más actuales que otros. Esto se debe a que la corrupción política en México es una característica estructural. No precisamente un “mal endémico” como algunos colegas analistas le identifican, ya que no se trata de una enfermedad: la criatura ya nació así, corrupta; esa es su forma de ser. Por eso ninguna reforma podrá salvarnos de ese engendro llamado política mexicana. Aun si no todas las personas que le componen son iguales, el sistema es un pantano del cual no sale un cisne sin mancha. Es el caso de Andrés Manuel López Obrador. Más que un político, un dirigente. Un tipo honesto, estoy seguro. Sin rastro de corrupción. Pero con un defecto: se ha rodeado de mucha gente equivocada. Y al igual que con el líder revolucionario Francisco I. Madero, tal grado de confianza podría ser su sepulcro.

¿Qué diablos nos depara entonces? La agudización de la barbarie. Por eso es necesario saber que un cambio real no dependerá de ellos, los de arriba, sino de nosotros, acá abajo. ¿Cómo? Mira a tu comunidad, empodérense y tomen el futuro con sus propias manos.


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