El árbol podrido (Excélsior)


Uno de los errores que cometemos al pensar en política es creer que esta es un fenómeno en sí mismo, una actividad determinante más no determinada. La realidad es que el quehacer político es apenas un elemento de la super estructura. Lo que ocurre políticamente se enmarca dentro de un sistema general que lo caracteriza, ya dentro de su institucionalidad, o como oposición; claro, porque el opuesto se define por el objeto.

De tal manera, todo acto de corrupción política, es decir, de degradación del acuerdo colectivo, es también un fenómeno sistémico. No se entiende un gobernador corrupto, sino a la luz de la súper-estructura económica y política que lo ha engendrado, así como el fruto podrido no está auto-determinado por condiciones independientes al árbol, y cómo, a su vez, éste depende del ecosistema. Un político corrupto es un hijo de un sistema putrefacto que fomenta la depravación del quehacer público por obra u omisión.

Por eso la acusación a un político corrupto es por definición estructural un señalamiento al sistema. ¿Qué de malo hay en ella que ha propiciado la existencia de frutos podridos? Es entonces que la existencia de un Javier Duarte, Humberto Moreira, Tomás Yarrington o de un oscuro ex fiscal de Nayarit, Edgar Veytia, es un fenómeno estructural; es decir, han surgido desde la estructura, con cada uno de los elementos que lo componen. Han mamado y se han desarrollado con lo que ésta les brinda.

Emerge por tanto la trágica certeza de que continuará la producción de los frutos podridos. Mañana o pasado, la próxima semana o dentro de un mes, sabremos de un nuevo político al cual se le han descubierto negocios sucios, casas blancas, asociaciones delincuenciales, desfalcos, sobornos o paraísos fiscales. De hecho, al tiempo que el ex gobernador veracruzano Javier Duarte era detenido en Guatemala por delincuencia organizada, la revista Veja publicó que el director de Operaciones Estructuradas de la industria brasileña Odebrecht, Hilberto Mascarenhas, confesó que pagó sobornos por cinco millones de dólares al ex director de Pemex, Emilio Lozoya, para hacerse de obras en México. Con seguridad, pronto tendremos más noticias.

Entonces decir “frutos podridos” es un eufemismo para significar la crisis del sistema. No se trata de algunos productos que se pudrieron en su transcurso, sino hijos sanos de un árbol que hace tiempo se echó a perder. No esperemos, por tanto, que de él emerjan delicias. Pienso en esto al mirar que en mi propio jardín nunca mi duraznero me dio duraznos sanos. Esto lo advertí hace un año. En el pasado invierno, se cayeron todas sus ramas y de él sólo queda un tronco seco que viene partiéndose por sus vetas desde la raíz. Me alisto a arrancarlo y sacarlo de mi patio. No hay remedio. El árbol se murió.


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