¿Crees en el diablo?


Ese día de verano, el calor nos horneaba como a los frijoles que estaban puestos en la olla. Mi abuelo, de ladino, se quitó la playera para comer, a sabiendas que mi abuela lo regañaría pues, para ella, la hora de la comida era sagrada. Pero no conforme, ahí esperando su plato, mi abuelo sacó de su pantalón una cajetilla de Delicados toda apachurrada; tomó un cigarro, le pasó la lengua de popa a proa y lo prendió con un cerillo de madera –-siempre de madera pues con encendedor no sabe–.

Al tiempo que el humo se abría paso tranquilo por encima de la mesa, noté una cicatriz que atravesaba como un rayo el pecho de mi abuelo. El amasijo de carne hinchada partía en diagonal su negra piel. Si de por sí yo le veía parecido a las grandes piedras de obsidiana dorada que encontraba cuando jugaba en los jales de las minas, ahora, su figura ancha y musculosa me parecía más impresionante. A mis entonces ocho años, mi abuelo me parecía igual de cabrón que Charles Bronson y esa herida la llevaba como El Justiciero llevaba marcadas en la piel las victorias de sus luchas, en esa y en todas las películas que cada sábado me sentaba a ver junto al viejo.

— Abuelo, ¿a dónde te hiciste esa cicatriz?

Mi abuelo caló su cigarro bajo su enorme bigote canoso, mirándome con sus ojos acuosos y amarillos y ese párpado izquierdo que siempre le colgó de más. Y antes de hablar, se ocupó de echar el humo delante de toda su tez mulata, quizá y solo quizá, heredada de algún esclavo colonial, porque el viejo era huérfano y ni él mismo sabía por dónde ni por quién había sido arrojado al mundo.

— ¿Esta? Me la hice en la mina, mijo.

— ¿Te rasguñaste?

— ¿Quieres saber de verdad?

Mi abuela que nomás de oídas nos vigilaba desde la cocina, pegó un grito desde allá.

— ¡Qué le andas contando al niño, Beto!

— ¡Nada! –, respondió mi abuelo, que nomás volteó a verme y, cábula como era y por llevarle la contraria a mí abuela, me dijo en voz queda:

— Te voy a contar, pero tu tienes que prometer que no se lo dirás a nadie – dijo, e hizo ¡shh!, con un dedo sobre los labios.

Su confidencia me puso el corazón a correr y yo pegué la sonrisota.

— Sí abuelo–, dije.

Entonces el viejo se echó a contar.

— Esta cicatriz me la hizo el diablo–, dijo. Y yo, al oír, hundí la cabeza y puse los ojos de plato.

— ¡Beto!–, gritó mi abuela.

Mi abuelo nomás tronó la boca. Le caló fuerte a su cigarro y casi se lo acabó. Lo apagó en el plato. Siguió.

— Cuando era minero, andaba yo picando una veta de oro; todo el día pique y pique, pero no encontré nada. Ya casi para salir, cuando estaba a punto de tirar el cascajo, de la pared empezó a salir un montón humo. Yo estaba solo ahí. Nadie se atrevía a llegar a lo más adentro, más que yo. Cuando vi el humo ese, primero pensé que había roto algo o que se había prendido un pedazo de carbón; pero no, el humo se hizo más fuerte y el olor más cochino y ¿qué iba a hacer? Ni modo de pedirle ayuda a alguien…

— Porque estabas tú solito–, dije, sentado al filo de la silla y con los codos hundidos en la mesa.

— Éjele, nomás estaba yo ahí. Pero a mí que me vale. Seguí dele y dele a la piedra porque si no sacaba esa veta, no me pagaban el día. Cuando trabajas, te tienen que pagar ¿oíste?

— ¿Y el diablo?

— Espérate. De pronto la pared dejó de estar dura y comenzó a sentirse como si estuviera pegándole a una almohada, haz de cuenta. Blandito se sentía. El pico hasta se hundía en las piedras. Luego se escuchó un grito. Pero no creas que un grito como los de la calle. Ese grito puso a temblar todo el hueco de la mina. Primero pensé que se había caído un volquete por ahí, pero no, porque el grito se hacía más fuerte y más fuerte y la mina no dejaba de temblar…

En ese momento, la olla de frijoles soltó un hervor que me hizo pegar un brinco obre la silla. No grité ni saqué sonido por la boca, porque quería que mi abuelo siguiera contando su historia. Él se rió entre dientes, porque si mi abuela iba para la mesa y se enteraba, sería capaz de darle un trapazo en la boca por andarme espantando.

— ¿Qué más?

—Con el temblor y el grito, pensé que había explotado dinamita. Ahí sí me puse a las vivas porque, si había habido una explosión, las piedras se iban a venir abajo y yo iba a quedar ahí enterrado. Entonces que me agarro de la pared, esperando el derrumbe, pero de pronto el ruido se calmó. Luego de entre el humo, comenzó a salir una sombra. Primero no tenía forma de nada. A la mejor era mi amigo Félix, pero no podía ser porque nadie había bajado conmigo a ese nivel. De pronto la sombra fue tomando forma, grande; tenía que ser un compañero, a lo mejor el Gato que era el más alto de todos, pero no, la sombra era más grande. Cuando salió, no vas a creer lo que vi…

Yo era un niño de ocho años, que si bien no se orinaba en la cama desde el kínder, entre la emoción y el susto me dieron unas severas ganas de hacerme ahí mismo. Pero me aguanté. Tenía que saber.

— ¿Quién? —pregunté, haciéndome el loco, para no atreverme a pronunciar el nombre del consabido protagonista y por si se aparecía, no fuera a creer que le había faltado al respeto.

— Nunca había visto un animal así–, dijo mi abuelo–. Era muy alto, negro como el carbón y lleno de pelo como los perros, sus patas eran de chivo y gruesas como los pirules; tenía el hocico de un toro y de sus narices le salía vapor; sus cuernos eran como los de una cabra, pero casi tocaban el techo y luego bajaban como el pelo de una mujer; sus ojos eran negros también, pero brillaban como si fueran dos canicas; su cola era de víbora y sus brazos estaban del triple de ponchados que los míos. Se acercó a mí caminando despacio…

Tuve ganas de decirle “¡corre, abuelo!”, pero apreté fuerte mi boca con las manos.

— Entonces que se me acerca y me dice con una voz de trueno: “¿Tu eres el que anda picando la piedra?”. Y yo le dije “Sí, fui yo”, porque no creas que le tenía miedo. Yo ya sabía cómo eran los chivos, pero eso sí, nunca había visto uno tan grandote, que además caminara en dos patas y más encima que hablara. Entonces le dije: “¿Quién pregunta?”, pero no me respondió. Nomás me dijo: “Si tu fuiste el que anda picando las piedras, ya me rajaste aquí en el pecho”.

— ¡Por eso sentías blanditas las piedras! —, dije, ahora sí, sin aguantarme.

— ¡Pues claro! Entonces yo le dije “dispense, fue sin querer”. Entonces él como que se enojó y me dijo: “Nada de dispense. Ahora por castigo, tú te vas a llevar la herida que me hiciste”. Entonces, zas, comencé a sentir caliente en mi pecho. Y como en la mina andamos sin camisa porque ahí sí hace un calor del infierno, pude verme mi carne cómo se iba abriendo, haz de cuenta que las tripas se me estuvieran reventando. Pero no sangraba, porque al mismo tiempo la sangre se iba cociendo. Yo veía nomás mi carne ardiendo, pero luego voltee, pero el chivo ya no estaba ahí. Ya no había humo, ni ruido. Sólo yo, que ya traía esta cicatriz–, dijo mi abuelo, rascándose la herida de arriba para abajo.

— Pero, ¿cómo sabías que era el diablo? No te dijo que era el diablo –le dije yo, sin salir del asombro.

—- Nunca le quise contar a nadie porque sabía que nadie me iba a creer. Cuando me preguntaban, siempre les dije que se me había caído una piedra encima. Pero la verdad es que fue el rasguño del diablo. ¿Tú me crees?

Yo asentí sin parpadear, sintiendo el compromiso de hacerme cómplice de mi abuelo, porque era mi abuelo y su palabra era todo para mí. Luego, mi abuela se acercó a la mesa con los platos llenos de frijoles y nos vio cuchichear.

—- Ponte tu camisa, Beto y, ¿qué le andas contando al niño? –le dijo.

Entonces yo, que si bien valoraba la palabra de mi abuelo, pero más le debía a mi abuela mi abnegada sumisión, se me salió que preguntarle:

— Abuelita, ¿es verdad que el diablo le hizo esa cicatriz a mi abuelo? –le dije yo, sintiendo que mis palabras buscaban asirse a la mano siempre segura de mi abuela.

— ¡Qué diablo ni qué diablo! ¡Tú abuelo es el canijo diablo más bien! –, dijo ella.

Pero mientras mi abuelo se ponía su camisa, mi abuela se inclinó suave hacia mí para sentenciarme en voz quedita:

—Pero no se lo digas a nadie –dijo, haciendo ¡shh!, con los dedos sobre su boca.

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