Tener auto es algo estúpido 🚗😒


Stop. ¿La vida se detuvo o fue el automóvil?  –Carlos Drummond

Recién comienzo a escribir esto cuando termina un video-tutorial sobre cómo ahorrar gasolina y llevar bien organizadas las cosas en el auto. Ciertamente me parce importante intentar salvaguardar, lo más que se pueda, los pesos que me gasto con el coche y no desdeño ningún consejo que me permita conseguirlo. Y más, cuando en México el combustible ha aumentado en más del 60 por ciento bajo el brillantísimo gobierno de Enrique Peña Nieto y tener un carro se vuelve una pesadez cada vez más insoportable porque, al hecho de decidir cuánto de ‘gas’ le pongo al automóvil (sin que esto implique arriesgarme a morir de hambre), se suman los gastos de mantenimiento, limpieza, verificaciones y, obviamente, el pago de tenencias. Sumemos ese bello momento en el que el gobierno local tiene la ocurrencia re-emplacar todo el parque vehicular de la ciudad, por lo que deberé aumentar varios cientos de pesos al presupuesto.

Me quejo por propia experiencia. Acabo de desembolsar dinero que no me sobraba para pagar el re-emplacamiento y la tenencia; ese brutal impuesto que nos cobran por “tener” y usar un vehículo; recaudación que nos imponen los gobiernos estatales y representa al rededor del 1,6 por ciento de los impuestos a nivel nacional, lo que de por sí es un abuso porque uno ya le paga bien al fisco por comprar un auto; lo pagamos por la gasolina y lo pagamos por el mantenimiento, es más, lo pagamos por viajar en él cuando debemos desembolsar varias decenas de pesos en las casetas de peaje, a pesar de que es un derecho constitucional trasladarse a cualquier punto del territorio… Pero así las cosas cuando los gobiernos no ven la manera de seguir sangrando el bolsillo del trabajador. Por todo esto ha cobrado fuerza en mí la idea de lo estúpido, realmente estúpido, que es tener un coche.

Al fin avanzo en la fila. No me preocupo, tengo los papeles en regla. “Pase con mi compañero”, me dice el portero de la recepción. Espero un poco más. Un poco más. Otro poco más. Uno más. Al fin. Voy donde el tal compañero. Abro mi carpeta mientras intento endulzar el ánimo con un “Buenas tardes” seguido de una considerable sonrisa. Pero nada confortante recibo a cambio. Sólo la voz agria que me pregunta en seco: ¿Tarjetón? Y, entero sobre aquel desierto burocrático, yo: Aquí está, respondo. Y así nos vamos con la maquila de preguntas. ¿Identificación? ¿Comprobante de domicilio? ¿Usted es Alberto? Sí, sí, sí. Bien. Tome y espere. Me da un papel a modo de hasta nunca. Turno 234. Avanzo hacia las sillas para aguardar. Miro hacia la pizarra ¿En qué turno va? 219…

El automóvil se encuentra en la cúspide de la humillación capitalista. Y no me refiero a su banalidad que, al final de cuentas, cualquiera –que pueda–, tiene el derecho de poseer un coche cual si fuera un trofeo y con el propósito de presumirlo a sus amigos más desgraciados; no. Más bien, me refiero a que su creación, la presencia fáctica del auto en este mundo, es la manera en la cual el sistema nos recuerda que los derechos no son gratuitos; que si queremos, por ejemplo, trasladarnos de un lugar a otro de una manera cómoda, rápida y segura con el objetivo de sobrevivir, entonces nos costará dinero. Por supuesto alguien me diría que puedo ocupar el transporte público (que igual me cobra) y que el objetivo de inventar el carro fue evitarse las molestias de viajar en colectivo, pero que tal lujo, como todos los lujos, cuesta dinero.

El punto es que ni siquiera deberíamos estar pensando en ocupar más que nuestros dos pies en ir a donde necesitamos ir; donde por “necesitamos” me refiero a la definición estrictamente etimológica de la palabra: necesse, del latín, o sea, inevitable. Es decir que trasladarnos de un lugar a otro nos resulta tan imposible como respirar, orinar o cualquier otra cosa por el estilo donde nos vaya la vida. ¿A que lugares nos sería inevitable trasladarnos, fuera de nuestro hogar? Al hospital, por ejemplo. A la casa de la abuela. A la escuela. Al centro de trabajo. Cierto es, por lo que me pregunto: ¿qué de cierto tendrá que todos esos lugares merecen que no ocupemos más que nuestras propias fuerzas para acudir? Por ejemplo, recién me tocó ir al funeral de una tía y llegue tarde y llegué mal porque llovía, las micros iban llenas y el auto tenía poca gasolina. O sea que el auto de malas nos jode hasta la muerte.

Turno 228. Me encuentro sentado en la sala de espera mirando fijamente la pantalla de los turnos. Hay un 228, seguido de un 227, lo que significa que estoy a siete turnos de pasar. Pero seguido del 227 hay un Q14 que me tiene el alma el vilo porque no sé si todo va en orden o todo este infierno burocrático sigue la lógica del sombrerero loco. Sobre mi cabeza pelona recaen los rayos incandescentes de los focos led, tan típicos de las oficinas como de la lucha libre extrema, en ambos casos, lámparas dedicadas a consumirte la vida gota a gota. Todo es luz blanca, que irritante rebota en todas las paredes blancas del lugar, y pelea su monopolio contra los pilares grises y las sillas metálicas. No hay lugar para un sólo rayo de sol aquí. Dos novios se besan a un lado mío, mientras que en el otro lado yace el pasillo como un abismo, recuerdo de la soledad. ¿Que no hace un ser humano sino elegir entre uno y otro? Quizá el re-emplacamiento de mi auto es un atisbo filosófico del añejo encontronazo entre el romance y el realismo. Quizá. Turno 230…

El capitalismo nos aleja a propósito de los lugares que nos son necesarios. Alguien gana mucho dinero cuando tomamos el auto, y no me refiero solamente a los gastos de gasolina. Cuando nos alejamos de nuestro terruño, sólo el dinero nos salva del hambre, del clima y del aburrimiento; eso o la solidaridad de alguien semejante, pero este aberrante orden económico ha construido también la cultura de sálvese quién pueda.

Hace un tiempo salía a las cinco de la mañana de un feliz y añorado departamento al norte de la Ciudad de México para llegar a su trabajo por los rumbos de la avenida Reforma a las 7:30, intentar dormir un poco más 25 minutos porque la entrada era a las ocho a.m. Por supuesto, para conseguir tal proeza, el despertador sonaba a las cuatro de la madrugada. De regreso, otras dos horas en auto, sin tráfico; con tráfico, de tres a cuatro. Cenar, medio leer, medio vivir y luego medio morirse de hastío a eso de las diez de la noche. En suma, veintidós horas y media a la semana perdidas tras el volante, con el único propósito de ir a cumplir una jornada de empleo porque uno tiene la costumbre de no fallecer por la carencia de eso que compra el maldito dinero.

El capitalismo nos aleja a propósito de los lugares que nos son necesarios. 

Resultó que el turno Q14 era para otra fila, la de los foráneos, quienes vienen hasta acá con placas de otras entidades y hasta de Estados Unidos para cambiarlas por unas locales, pero en otra fila, de otros que no son de aquí, por lo que deben sobrevivir a otro círculo de Dante. “¡¿Dónde va la cola!’”, grita una que llega corriendo, quedando al final de esta, a más de 30 metros de distancia de su fatídico destino. Los seres humanos que aquí nos apilamos tenemos hambre y ganas de orinar, pero no hay escapatoria.

¡Turno 234! Me acerco hasta la ventanilla, más emocionado por estar a punto de largarme de ahí que por hacer mi trámite. “¿Identificación?”, “¿Factura?”, “¿Comprobante de pago?”. Vamos señora, tengo todo, no podrá atraparme. En el tiempo que estuve retenido aquí, señora, logré descifrar la trampa del sistema. Nos tienen aquí para alargar la cadena; a huevo quieren que tengamos coche, pero nos dan trabajo y el que nos dan está a kilómetros de distancia porque no ven el mundo como nosotros, sino con sus intereses. No les importa, señora, que dejemos solos a los hijos y a los viejos porque hay que ir a producir a sus fábricas donde no hay ni un árbol para arrancar un alimento. Por eso nos venden igual el pan de nuestra torta y el agua que nos bebemos nos la pusieron en garrafones de a 30 pesos; nos cobran la micro y el libro que me traje para no pensar en este infame episodio.

Salí con mis placas nuevas y caminé hasta mi auto deslumbrado por el sol de mediodía. Algún día habitaré mi casa y nada que necesite me costará andar con mi propio pie, mucho menos me costará dinero. Desde que abandonamos la tierra, nos prohibimos vivir felices y sencillos. Por todo se paga; sino, no es, o no ocurre. En tanto, un señor corre hasta mi: “¿Le pongo sus placas, joven?”. Me detuve un segundo: guantera, cajuela, puertas…. No. “Sí, por favor”, dije con amarga resignación. ¿Con qué iba a poner las placas si no traía desarmador? La señora y el sistema estarían riéndose de mí…

…. Aquí van otros 20 pesos.

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