Hay una GUERRA OCULTA detrás del CORONAVIRUS


Recién comenzó a circular una carta europea liderada por la actriz francesa Juliette Binoche en la que se llama a una nueva convivencia luego de la pandemia. Y como esta, he leído varios comentarios en redes sociales que convocan a una “nueva normalidad” que van desde el derrocamiento del capitalismo, hasta otros para nada radicales como una reforma en los contratos sociales. Como sea, es bueno —claro que es bueno—, que existan ciertas intenciones entre las capas medias de evidenciar el fracaso del sistema en el que vivimos, con la voluntad de hacer uno nuevo.

Pero —vaya, vaya—, ninguno de los líderes del mundo globalizado ha dicho ni una palabra que sugiera, al menos, una reflexión sobre el mal comportamiento del mundo industrializado y el colapso económico, sanitario y social al cual han arrastrado a toda la humanidad en el primer año del coronavirus. Que yo sepa, solo los países de siempre han hablado sobre la necesidad de terminar con el capitalismo como orden; o sea, los países en desarrollo o del bloque no alineado, los cuales, de por sí, lo han exigido desde hace cuarenta años.

Claro que hay de silencios a silencios. Por ejemplo, son especialmente… ¿cómo decirlo? ¿hirientes? ¡No! Si digo “hirientes” se pensaría que me han decepcionado; más, al contrario, me alegra que, en estas circunstancias, al fin se hayan caído las caretas de las democracias ejemplares como Canadá y la mayoría de los países europeos y escandinavos, cuyos silencios obsequiosos ante la necesidad de cambiar paradigmas económicos y políticos desatan mi risa irónica pues sus industrias no han podido soportar la ausencia de la base trabajadora, por lo que han hecho de todo para romper la cuarentena y volver a maquinar, a costa de las vidas humanas. Por ejemplo, en Europa pujan para que vuelva el fútbol profesional y se recuperen, algo, las ganancias perdidas. Al respecto, se habla mucho de los posibles riesgos para los futbolistas, pero nadie menciona a los miles de trabajadores de las empresas de comunicación, publicidad, alimentos, transporte o comercio, por ejemplo, que serían empujados a las calles cuando el bicho sigue rondando. Esto confirma que el verdadero virus está en el poder.

Estados Unidos es el GRAN VIRUS.

Y otro que, más bien, ha aprovechado el coronavirus para comportarse más patán que de costumbre es Estados Unidos (bueno, en realidad siempre ha sido un patán).

El virus ha logrado acusar la gran mentira del sueño americano. La cifra de muertos tiende a superar los cien mil y la crisis de su economía podría ser más grande que la de la Gran Depresión de 1939. Y todo porque la clase trabajadora se ha quedado en sus casas. Claro que la Casa Blanca ha devuelto el golpe confinando a la muerte sin asistencia médica a esos trabajadores y trabajadoras, la gran mayoría pobres, latinos, afros e inmigrantes, lo cual derriba la facha multicultural de Estados Unidos y se descubre como el país donde solo importa la blanca plutocracia, la que tiene el dinero y el control de todo.

Esa plutocracia patrocina la presidencia de Donald Trump, quien debe devolver los favores, utilizando a la Casa Blanca para satisfacer las ambiciones financieras y políticas la elite. De esa manera se explica que, en plena pandemia —o, más bien, valiéndose de esta—, Washington haya desatado sus ánimos de guerra contra los que considera sus enemigos: Cuba y Venezuela.

[TE RECOMIENDO LEER:  CUBA Y ESTADOS UNIDOS: DOS CRUELES REALIDADES ANTE EL CORONAVIRUS]

Contra Cuba ha incrementado el bloqueo económico y comercial. Ya antes del coronavirus, Estados Unidos se dedicaba a interceptar en el mar a las embarcaciones de otras naciones que acudían a la isla para proporcionarle el petróleo que Washington no le deja comprar libremente. Al mismo tiempo y con la ayuda del horroroso senador de Florida, Marco Rubio, el capítulo tercero de la Ley Helms-Burton castiga a cualquier gobierno, empresa o individuo que intente comerciar con la isla, al grado de prohibir la compra y venta de productos con la palabra “Cuba” entre dos personas que nada  tendrían qué ver con el país, pero que, por el simple hecho de utilizar, para sus transacciones, plataformas estadounidenses como Amazon o Paypal, no podrían comprar nada relacionado con la mayor de las Antillas.

No conforme con hacerle la guerra extraterritorial, el odio de Trump y sus jefes contra Cuba ha convalidado las acciones de terrorismo contra la isla dentro del territorio estadounidense. De tal manera, un partidario del presidente gringo baleó la embajada cubana en Washington, sin que se le presentara a los medios luego de ser detenido o, peor, sin que el Gobierno de Estados Unidos ofreciera a La Habana informes sobre la identidad y motivos del atacante, violando las convenciones que obligan a las naciones sedes a velar por la seguridad de las representaciones diplomáticas en sus territorios.

Mientras tanto, no tienen vergüenza en enviar agentes de la DEA a misiones armadas contra Venezuela, al mismo tiempo que Donald Trump habla abiertamente de la opción de invadir al país bolivariano. Ni qué decir de la manera en la cual CNN y otros medios callan sobre el contrato firmado por el estratega Juan José Rendón (quien en México fue asesor del expresidente Enrique Peña Nieto) con la empresa Silvercorp, a nombre del autoproclamado Juan Guaidó, para realizar incursión armada al país, en una operación en la cual participaron dos estadounidenses identificados como parte del cuerpo de seguridad del presidente de Estados Unidos.

Sin duda habrá quien diga: “sí, pero eso no quita que Cuba y Venezuela sean terribles dictaduras bla, bla, bla”. ¿Será cierto? A propósito del coronavirus, haré un breve cotejo de cifras sobre cómo están enfrentando a la pandemia Estados Unidos, Cuba y Venezuela, al 10 de mayo de 2020.

EE.UU.: ¿Población? 325 millones ¿Muertos? Más de 80 mil. ¿Contagiados? 1. 3 millones. ¿Recuperados? Más de 29 mil.

Cuba: ¿Población? Más de 11 millones. ¿Muertos por coronavirus? Setenta y siete personas. ¿Contagiados? 468. ¿Recuperados? 1 mil 229.

Venezuela: ¿Población? Más de 28 millones. ¿Muertos por coronavirus? Diez. ¿Contagiados? 422. ¿Recuperados? 205.

Y, de nuevo, habrá quien diga que no puede compararse la cantidad de habitantes que tiene Estados Unidos sobre la pequeña isla de Cuba, por ejemplo. Pero si medimos el porcentaje de muertes per cápita, los números no dejan lugar a dudas sobre qué país y qué modelo, ha gestionado mejor esta crisis.

De modo que mientras Cuba registra apenas el 0.0069 por ciento de muertes por su población total; Estados Unidos ya alcanza el doloroso porcentaje de 2.4 por ciento de fallecidos, y se espera que la cifra supere el 4 por ciento para agosto; o sea, más de 135 mil seres humanos que, como ya he dicho, serán casi todos latinos, afros y pobres.

¿Nuevo orden? NO LO CREO.  

Con estos ejemplos, tengo muchas dudas —es más, tengo todas las dudas—, de que las buenas intenciones como las cartas de Juliette Binoche o los presagios del fin del capitalismo hechos por el intelectual esloveno Slavoj Zizek, el más famoso vendehúmos de la actualidad, puedan aterrizar en el mundo de lo posible.  

Ya ofreceré mis razones ampliadas en otro texto, pero puedo adelantar que ni el capitalismo, ni el orden mundial imperante, caerán con los efectos del coronavirus. Más bien, al revés: se reforzarán los pilares que sostienen al sistema y todavía se volverán más crueles pues, en la lucha por la supervivencia, los ricos y poderosos se reservarán para sí mismos cualquier cura. En todo caso, no dudarán en aprovechar su condición para venderle a mundo sus remedios. Lo vivimos en el año 2009 cuando la crisis por la influenza H1N1: laboratorios como Pfizer se hicieron 49 por ciento más ricos. ¿Qué indicios tenemos de que ahora será diferente? Ninguno. Hoy mismo, los diarios económicos ya hablan de una “guerra de patentes”  por la cura del COVID-19. Eso significa que los monopolios están en una batalla por el dinero. Tu y yo, no les importamos. No te sorprendas. Así ha sido siempre.

Me preocupa que la pandemia está sirviendo de distractor para intensificar las agresiones económicas y geopolíticas. O sea que, mientras el virus ya mató a cuatro millones de seres humanos en todo el mundo al momento de este texto, las potencias están enfocadas en sacarle partido al tablero.  Se pelean por el petróleo, cumplen su sueño de cerrar las fronteras y expulsar a los migrantes, rescatan empresas amigas (como en Colombia, con la aerolínea Avianca), y amplían la guerra fría contra los países enemigos. De modo que, si salimos de esta, no será gracias a ellos, sino a pesar de ellos. No habrá nuevo orden mundial; acaso, una conciencia renovada sobre la importancia de lavarse las manos y mantener la distancia, que no es cosa menor.

Publicado por

Alberto Buitre

Periodista, escritor y blogger mexicano.

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