Metelus, héroe de los refugiados


¿Que sería de los más de siete mil migrantes provenientes de Haití y Africa que yacen varados en la frontera entre México y Estados Unidos, sin el activismo de Wilner Metelus? ¿Donde la vida les tendría una oportunidad, siendo los refugiados que –como Zygmunt Bauman mostró–, han sido expulsados por el capitalismo de una tierra a la cual ya no pueden regresar?

Pero ahí está Metelus, presidente del Comité Ciudadano de Afromexicanos y Naturalizados, quien, desde que la crisis estalló a finales del año 2016, ha tocado todas las puertas humanas e institucionales para exigir justicia y humanismo para sus hermanos y hermanas, como el mismo les llama.

Recién el pasado jueves 16, Wilner Metelus se reunió con Ardelio Vargas,  comisionado del Instituto Nacional de Migración, el INM, para  gestionar 4 mil 512 visas humanitarias para los migrantes haitianos en México. Es decir que al menos la mitad de las y los refugiados podrán hacer de México su patria y liquidar así el infierno emigrante que los ha hecho cruzar literalmente la mar y la tierra en busca de un chance para vivir.

Así lo dijo el hermano Wilner: “Me dijo (Ardelio Vargas) que el Gobierno de México no va a expulsar a ningún haitiano que está ahorita en el país y que los va a regularizar”, toda vez que las y los refugiados haitianos y africanos buscan quedarse en suelo mexicano y no exponerse lo que pudiera sucederles en Estados Unidos bajo el régimen xenófobo de Donald Trump.

 

Así, entre el gobierno mexicano, la embajada de Haití y las gestiones de Metelus, estos migrantes obtendrán una  visa humanitaria con duración de un año para poder moverse libremente por el territorio y buscar un trabajo. Además, s están gestionando la apertura de plazas laborales, su inscripción al Instituto Mexicano del Seguro Social para su atención médica y, algunos, podrán entrar a estudiar a alguna universidad pública del país.

En Tijuana donde yacen la mayoría de las y los refugiados, ya se planea la construcción de “Little Haití”, la colonia que brota de la esperanza, hecha de coraje y sueños. Falta tiempo; pero significa que el sol una vez más ha de salir por el horizonte destellando futuro. “Es una situación difícil porque también están llegando mexicanos deportados, pero yo pido una oportunidad para los hermanos haitianos y africanos”, dijo Metelus, el héroe; quien ha mostrado que el humanismo es aún nuestra mejor arma en tiempos de muros y globalización negativa.

La culpa no es de Trump, es del Snapchat


Donald Trump es un hijo sano de la posmodernidad. Perfectamente sano. Vástago pródigo de esta era actual definida por el vacío, por la ambigüedad, por lo relativo. Parido por una sociedad que ha renunciado a hacerse responsable de su propia existencia y ha cambiado el bienestar existencial por la seguridad personal, como lo describió Zygmunt Bauman. Trump es, pues, la consecuencia de un momento histórico muy torcido donde las inseguridades y el fundamentalismo van de la mano.

Entrevisté al neurocientífico noruego Gernot Ernst al respecto, meses antes del noviembre en el cual Trump ganara las elecciones (https://goo.gl/05ogti). Me dijo entonces que el magnate es como el padre totalitario que promete resolverle todos los problemas al hijo. Un hijo idiota, digo yo, incapaz de responsabilizarse de sus acciones. Infantil, en crisis emocional permanente; echado al frio del mundo sin manto protector, pero ya pasado de la edad como para volver al útero de la madre. Esto es, un ser humano inseguro, influenciable, frustrado, pero con el poder que le da el sistema para votar por ese que le ha prometido levantar un muro para que nada malo le pase. Y lo hizo. Llamemos a ese chico, sociedad global y su hermana mayor, la sociedad estadounidense. Es la posmodernidad, la hija idiota de la historia.

Por tanto, me parece que de Trump no es la culpa. Conversaba con mi amigo Galeb Moussa al respecto:

—La ventaja que nos dio Trump —me dijo—, es que es un lobo que dijo que era lobo y que mordía. En cambio, Hillary, era una disfrazada de caperucita dispuesta a sacarte el cuchillo.

—Como en Libia…

—Como en Libia e Irak y Siria…. —me contestó—. En cambio, el tipo (Trump) dijo que quería ser presidente, compitió y ganó nomás.

Y sí. Yo no sé si Trump tenía algún asesor que le diera una lectura detallada del momento social, pero su discursó pegó porque era inevitable. Sus palabras conectaron con una población dejada de la mano del Estado-nación, con una mayoría armada hasta los dientes con gas pimienta y AK47, pero con una paranoia incurable; insatisfecha, cuya existencia infeliz no conectaba con la idea implantada de “la nación más poderosa del mundo” o el “american way of life” y demasiada ocupada en Snapchat como para detenerse a reflexionar por qué. No es nada nuevo. Lo advirtió a su propio país Alexander Hamilton, primer secretario del tesoro de EEUU, tras su independencia:

“La destrucción violenta de la vida y de la propiedad a consecuencia de la guerra, el continuo esfuerzo y la alarma que provoca un estado de peligro sostenido, llevarán a las naciones amantes de la libertad, a buscar el reposo y la seguridad poniéndose en manos de instituciones con tendencia a socavar los derechos civiles y políticos. Para estar más seguras, correrán el riesgo de ser menos libres”.

Por eso es que Trump ganó; porque tuvo las posiciones correctas, al menos lógicas, desde el punto de vista discursivo. Los efectos de la globalización negativa, impulsada por los afanes imperialistas de EEUU, rebotaron en la sociedad estadounidense como un boomerang, produciéndole a esta el mismo miedo y desconfianza en el futuro que Estados Unidos ha infundido por décadas en otros países. El capitalismo diluyó las estructuras y separó a los Estados de sus funciones como protectores de las naciones. Luego entonces, las personas se han vuelto infelices y temerosas, no hay certeza del futuro y ningún sueño parece realizable; por eso demandamos seguridad y tener la sensación de poder asirnos a algo sólido.

Políticamente, la primera tabla de salvación frente al monstruo global es el territorio, es decir, la nación. Trump es la respuesta —una muy torcida—, a la modernidad líquida descrita por Bauman: frente a la liquidez de la globalización, la solidez del nacionalismo; frente a las amenazas de los “residuos humanos” del exterior, la tranquilidad de los muros; ante la necesidad de proteger a mi familia, la guardia rabiosa.

Trump es, pues, una consecuencia histórica. ¿Es lo mejor que tenemos? Definitivamente no. Y cuidado que la posmodernidad no se circunscribe a EEUU. ‘Trumps’ hay en todos lados. O ‘Hillarys’. Lo veremos en Europa en las elecciones por venir, donde ganarán las derechas. Por eso, lo ideal es construir una sociedad en la cual, la nación, no se nos dé desde arriba, sino sea fruto de la cultura misma.

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Buscando a Mao – “Xi Jinping es un comunista convencido” (4ta y última)


El presidente de China es uno de los pilares del mundo multipolar, no cabe duda. Pero tal característica no le ha venido por añadidura al ser el máximo dirigente político del país más poderoso del mundo. El estilo político de Xi Jinping ha marcado una pauta dentro y fuera del gigante oriental. Disciplina, determinación, visión de futuro. El Partido Comunista de China trabaja aglutinado en líneas compactas de la mano de su secretario general, como hace tiempo no era evidente en el histórico PCCh ¿Cuál es el secreto de su liderazgo?

En la última entrega de la serie “Buscando a Mao”, el secretario general del PCCh en la ciudad de Qingdao, Li Qun, delinea el perfil del presidente chino y afirma en entrevista que “Xi Jinping ha demostrado plenamente su altura de mira, su gran corazón y su gran sabiduría de un estratega”. Y esa es, quizá, la clave de su éxito como dirigente político. O al menos una de ellas.

“Desde el XVIII Congreso Nacional del PCCh, el presidente Xi Jinping lideró todo el Partido, todo el Ejército y el pueblo de todas las etnias del país para conseguir una serie de éxitos de trascendencia actual e históricas en la reforma, el desarrollo, la estabilidad, la política interna, las relaciones exteriores, la defensa nacional y en la conducción del Partido, del Estado y del Ejército, abriendo nuevas perspectivas de la gran causa del socialismo con peculiaridades chinas y la nueva y grandiosa obra de la construcción del Partido, y granjeándose el sincero apoyo de todo el Partido, todo el Ejército y el pueblo de todas las etnias del país. Al mismo tiempo, al dirigir a la China contemporánea a insertarse en el mundo y edificar un nuevo orden mundial, el presidente Xi Jinping ha demostrado plenamente su altura de mira, su gran corazón y su gran sabiduría de un estratega.” Seguir leyendo “Buscando a Mao – “Xi Jinping es un comunista convencido” (4ta y última)”

Lloren gusanos, Fidel nunca muere


Es muy difícil escribir hoy, pero es necesario. Partió Fidel. Y duele su ausencia física, pero tal dolor se acompaña de una sonrisa cínica porque el Comandante en Jefe partió invicto.

Durante mucho tiempo me preparé para un día como el de hoy. Y la noticia sobre ese momento indeseado que finalmente llegó, me ha amargado más de lo que siquiera imaginé. Y es que no, uno nunca está del todo listo para un momento así; para ya no compartir la misma tierra con un gigante. Porque uno nunca sabe el tamaño que tiene un ser humano en este universo, hasta que sentimos en carne viva el vacío que éste deja. De tal tamaño el vacío, de tal tamaño su presencia.

No obstante, esta amargura no es como otras, del todo inesperadas, inevitablemente depresivas. Al partir Fidel, deja con nosotros 90 años de historia viva. Deja un legado tan extenso que nadie tendrá vida suficiente para abarcarlo. Porque Fidel parte invicto, lo que significa que en su vida nunca hubo un punto final, y sigue escribiéndose en cada una de las obras que nos ha heredado.

Porque “Fidel es Fidel”, como dijera Raúl, lo que significa que sólo Fidel pudo encarnar tal enormidad histórica, política, intelectual, tan grande, que sólo millones, unidos, podremos continuar su obra. Para entender la inmensidad del Comandante en Jefe, piensese en la historia de toda la humanidad del siglo XX.

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Fidel ríe con los titulares de la prensa de Estados Unidos que llaman a asesinarlo, en 1959. 

 

Qué tan grande es Fidel que el imperialismo no pudo contra él –como versa el guaguancó–, a pesar de tenerlo a 90 millas de distancia; a pesar de haber destinado por más de 50 años cientos de millones de dólares en fallidos proyectos para acabar con él y con su Revolución. Por eso en Miami y en Madrid, como en todas aquellas mazmorras donde yacen asquerosos liberales ultraderechistas, vociferan hoy de rabia porque el Comandante partió incólume, intacto. Pobres gusanos, nunca antes como hoy lucen tan insignificantes.

Fidel no puede morir. Lo atestiguamos hoy. No por sentimentalismo, por esa cursilería infantil de quien no quiere dejar partir a quien se ha ido. No puede morir por aquello que enseñó Jorge Luis Borges que, la inmortalidad se alcanza con las obras. Y la herencia del Comandante es inmensa; abarca más de medio siglo, ni más ni menos. No obstante no termina ahí, puesto que su Revolución en tanto socialista, es dialéctica, se construye todo el tiempo, en cada conversación, en cada jornada de producción, en cada vida que es posible gracias a esta inconmensurable estructura social, política, cultural, científica, humanitaria que gestó desde Cuba para el mundo.

“Buenos días historia, agranda tus portones, entramos con Fidel”. Las palabras de la actriz cubana Corina Mestre lo dicen todo. Hoy el Comandante ha dado un paso hacia la inmortalidad, pero entre el cielo y el suelo que es este tiempo, Fidel permanece. Al fin y al cabo, ¿cómo puede morir aquel que ya ha vencido a la muerte?

Ganará López Obrador la Presidencia, ¿sí o no?


Nada parece quitarle la idea a López Obrador de ir solo a competir por la Presidencia de la República. Y nadie parece convencerlo de lo contrario. Sus fieles dentro de MORENA lo siguen a muerte; y sus fieles, fuera de su Partido, no tienen argumentos. La cosa es, ¿le alcanzará?

No son pocos quienes apuestan a que no. Sin matemáticas, la pura lógica indica que, en efecto, MORENA no tiene la fuerza suficiente para ganar por sí solo las elecciones federales.

Por dos razones: Primero, en México las elecciones no las ganan los votos, sino las estructuras dedicadas a ganar esos votos. Ese es el gran secreto del PRI, por ejemplo (hagamos un poquito de lado otras conocidas maniobras tricolores de compra y coacción del sufragio). El priísmo es capaz de tener un representante de casilla en cada una de las mesas electorales del país; algo que los demás partidos, no. Eso de por sí marca una diferencia.

Segundo, si no sumas, restas. En este país, cada voto cuenta. Eso significa que si bien podría MORENA llegar a lo más alto de los índices de votación, su margen de derrota es equivalente a los votos que sus contrincantes indirectos podrían –y van–, a obtener. Votos que de ir en alianza serían suyos, aumentando sus posibilidades de triunfo.

Pero ese es el tema. López Obrador no tiene interés en aliarse con el PRD, el Movimiento Ciudadano o el Partido del Trabajo, los cuales son –se sabe–, sus coaliciones naturales en el espectro. Aliarse, al menos no estructuralmente. En cambio, la estrategia de AMLO apunta a convencer, no a quienes dirigen esos Partidos, sí a quienes militan en ellos. A su gente de base.

Sin embargo, López Obrador no les ofrece más que su simple moralidad. Mmmm… complicado. Sobre todo cuando sabemos que en esta vida dominada por el capitalismo no hay trato sin ganancia. El filósofo estoico Marco Tulio Cicerón lo definió de manera muy simple: “La amistad comienza cuando concluye el interés”. El caso es que mientras AMLO les ofrece el paraíso venidero a las huestes perredistas, al mismo tiempo el PRD les pagaría 500 pesos por voto, por ejemplo. ¿Cuál es el precio del amor?

 

El único que parece determinado a entregar de nuevo su capital político a Obrador y MORENA es el dirigente del Partido del Trabajo, Alberto Anaya Gutiérrez. Esto no es nuevo. Desde el año 2012, el caudillo petista declaró ante decenas de dirigentes internacionales de izquierda que se reunían en el famoso Seminario ideológico que el PT organiza anualmente, que su candidato presidencial sería el tabasqueño.

Y es que la fe de Anaya en AMLO está probada. Antes de fundarse el Movimiento de Regeneración Nacional, toda la propaganda obradorista en las elecciones federales de 2009 y 2012 salieron de los talleres gráficos del petismo. El Partido de la estrella le dio todo a Andrés Manuel a cambio de nada. Y lo hizo con pleno convencimiento. ¿Ocurrirá lo mismo esta vez? Yo pienso que sí… claro, siempre y cuando “El Peje” le perdone a Anaya haberse aliado al PRI –verbigracia, “La mafia del poder”–, en las elecciones gubernamentales de Chihuahua, Aguascalientes, Baja California, Colima, y al PAN en Puebla.

Por su parte, PRD (otrora partido de izquierda, hoy aliado del ultraderechista PAN)  y MC, fiados de sus artificiales resultados electorales, no cederán. A cambio de apoyar a AMLO, exigirán posiciones. Las cuales López Obrador no otorgará. La idea del tabasqueño es llegar a la Presidencia sin las manos amarradas. Algo de mucho valor ético, pero poco pragmático. Eso en política electoral mexicana significa fracasar.

Pero, curiosamente, eso a AMLO no le importa. Creeme cuando te digo que López Obrador no está obsesionado con el poder. Su verdadero capricho es la historia. El tabasqueño continuará el camino que considera correcto. Para él es más valioso dar testimonio de su lucha al gran libro de la democracia mexicana, que ganar una elección. ¿Esto es útil? Se puede, con razón, pensar que no. Sin embargo, esa es la senda que él ha seguido desde hace más de 30 años, y acá sigue ¿Quién se atreve a apostar ciegamente a que no tendrá éxito?