El héroe perfecto


Si le preguntaran a Gonzalo Rivas si quisiera la medalla Belisario Domínguez, ¿qué respondería? El personaje en cuestión actuó por pura humanidad y sin ánimos políticos, nos dicen, para salvar la vida de cientos de personas al intentar apagar una estación de gasolina que se encontraba en llamas en medio de un enfrentamiento entre policías y normalistas de Ayotzinapa ocurrido en la autopista México-Acapulco en el año 2011 (Por cierto, ¿se le puede llamar enfrentamiento a la pelea desigual entre un grupo artillado, y un puñado de estudiantes que, aunque furibundos, desarmados?).

Pero tal desinterés político, tan alto valor humano, arduo pregón de quienes encauzan la noble causa de entregar la medalla Belisario Domínguez —otorgada por el Senado de la República a ciudadanos notables de México — a Gonzalo Rivas, no es lo que a éstos caracteriza.

¿Quienes han tomado a Rivas como bandera? Las mismas y los mismos que por años han ocupado sus espacios de opinión para servir al poder. De fondo, quieren lo de siempre: Tener argumentos oficiales para criminalizar a la disidencia y, en este caso particular, justificar su tediosa rabia hacia los estudiantes de la normal de Ayotzinapa.

Para aseverar esto valen dos ejemplos: Uno, el estilo de su mismísimo instigador, el recientemente finado Luis González de Alba quién, en sus columnas de opinión clamaba: “¿Y el asesinato de Gonzalo Rivas, quemado vivo por los normalistas que incendiaron –con nobles fines–, la gasolinera donde trabajaba?”…

¿Asesinato? ¿Quemado vivo? Cualquiera pensaría que un grupo de criminales, ataviados como estudiantes, tomaron al trabajador Gonzalo Rivas, le echaron gasolina encima y le prendieron fuego hasta dejarlo morir. ¿Pasó así? Tomemos la versión de uno de los principales pregoneros de la causa, Héctor Aguilar Camín, conocido intelectual orgánico del status quo quien, por sí mismo, relata que aquel día Gonzalo Rivas trató de apagar una estación de servicio cuando le explotó un depósito de plástico que, señala, los normalistas habían prendido mientras repelían la represión de la policía.

Ya sobre el escenario apocalíptico que presumía González de Alba y el Grupo Nexos sobre que la gasolinera entera pudo haber explotado entera y matado a cientos de personas de no ser por la acción de Gonzalo Rivas, el escritor Témoris Grecko se ha encargado de desmentir esta afirmación, dando detalles sobre las medidas de seguridad de estos abastecimientos a base de enfriamientos de emergencia que evitan, entre otras cosas, que cada gasolinera del país sea una bomba en potencia y el modo en el cual los instigadores anti-Ayotzinapa se hayan en problemas al intentar adjudicar a los normalistas la muerte del, sin duda, valiente trabajador. (“Grupo Nexos: cómo fabricar un héroe anti-Ayotzinapa”)

¿Gonzalo Rivas fue un héroe? Lo es cualquiera que intente salvarse de su propia muerte, o la de otros ¿Pero qué lo llevó a actuar así? Nadie lo sabe. Pero no lo mataron los normalistas, y el Gobierno no ha podido esclarecer la responsabilidad por el deceso. Ese es un hecho. Lo que a mi me llama la atención es el discurso de los fabricadores del presunto paladín anti-Ayotzinapa. Lleno de juicios de valor y sentencias planfletarias que denotan, por su irascibilidad, el montaje de una farsa bajo la cual se hayan oscuros intereses que exudan el conocido tufo de la preservación del Estado-sistema, y el afianzamiento de la impunidad oficial sobre dos hechos concretos: La masacre y desaparición de los 43 normalistas, y la represión a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), a cuyos ocho de sus miembros mató la Policía Federal durante una protesta en Nochixtlán, Oaxaca, en el marco de la privatización de la educación pública en México.

Por eso no me queda duda que a Gonzalo Rivas le entregarán la medalla Belisario Domínguez, menos aún considerando que su designación se encuentra en el presente año bajo el resguardo del Partido Acción Nacional (PAN) —brazo derecho (literal) del Gobierno de Enrique Peña Nieto—. Por eso y porque el asunto ya se convirtió en un interés oficial. Alineados se encuentran los intelectuales integrados del Grupo Nexos, el PAN, el PRI y sus Partidos satélites, en un frente al que se ha sumado, esta semana, el poderoso monopolio Televisa, dándole juego al tema en sus principales noticiarios: particularmente el de Carlos Loret de Mola, figura matutina de los noticieros Televisa, a la sazón, uno de los principales alfiles mediáticos de la privatización de la educación pública mexicana, a la cual se han opuesto las y los estudiantes de Ayotzinapa y la CNTE.

Nada es casualidad. Al sistema le urgía un pretexto para desahogar sus culpas y han encontrado en el valiente trabajador Gonzálo Rivas a su héroe perfecto para su coartada perfecta. Lo que seguirá es una ofensiva para salvar a Enrique Peña Nieto y al secretario de Educación, Aurelio Nuño, de la imbatible resistencia de la CNTE, justificar una nueva represión y lograr el desmantelamiento del aparato educativo mexicano, vía la Reforma Educativa. 

Cinco años sin Granados Chapa


A cinco años de la muerte de Miguel Ángel Granados Chapa, ningún periodista ha logrado ocupar el lugar que él dejó vacío. Un 16 de octubre como hoy, falleció el Maestro.

Recuerdo que, cuando el Maestro murió, a los dos días, o a la semana, comenzaron a escucharse voces: “¿Quién podrá reemplazarlo?” “¿Quién será el nuevo Granados Chapa?”, se preguntaban.

Oí decir que Juan Villoro, que Jesús Silva Herzog-Márquez, que Carmen Aristegui. Y sí. Cada cual de estas plumas de primer orden tienen mucho para decir, desde el mismo plafón crítico del autor de “Plaza pública”. Pero no. Nadie ha sido capaz —al menos en estos cinco años—de ocupar su silla, sin lugar a dudas.

Y es que el valor de Granados Chapa no sólo era periodístico. Su altura moral radicaba, también, en su compromiso político. Y las y los periodistas de hoy han preferido mantenerse detrás de la barda, expectantes: y sí, críticos, pero escudados en un sigilo intelectual que resulta incoherente, y hasta chocante, con el perfil fustigante que echan por encima.

Granados Chapa ocupó su columna para criticar, pero también para lanzar postulados que lo llevaron a la primera línea de combate contra la corrupción política del Estado y sus perversiones capitalistas. Se ocupó del oficio, pero también de impulsar campañas dentro de la realidad concreta para cambiar pragmáticamente la situación del país.

Así, desde sus años como estudiante de periodismo y reportero del semanario Crucero (el cual dirigía otro prócer, Manuel Buendía, asesinado el 30 de mayo de 1984 por órdenes del entonces jefe de la Dirección Federal de Seguridad, José Antonio Zorrilla Pérez, tras investigar las relaciones del Gobierno con grupos del narcotráfico), Granados Chapa ya demostraba su valor político al realizar una investigación sobre las organizaciones secretas del catolicismo.

Por lo entonces que denunció, fue secuestrado y golpeado por militantes del Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO) —hoy diluida en la organización secreta El Yunque de corte ultra-católico afiliada al Partido Acción Nacional—, al sur de la Ciudad de México. Fueron tales los impactos de sus reportajes, que desde la Secretaría de Gobernación le exigieron: “Ya bájenle”.

Prueba de la conciencia política de Granados Chapa fue su candidatura al gobierno del Estado de Hidalgo en 1999. Fracasó. Pero ejemplificó la urgencia de democratizar la entidad, en oposición a 80 décadas de totalitarismo del Partido Revolucionario Institucional (PRI). De la misma manera, se sumó a otras campañas posteriores con el mismo propósito.

Su valor ético lo condujo a ser nombrado por la guerrilla del Ejército Popular Revolucionario (EPR) a ser comisionado para el diálogo con el Gobierno de México, para conocer la verdad en torno a la desaparición de dos líderes eperristas, Gabriel Alberto Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya, ocurrida en 2007. Galardonado, por estas y otras acciones, con la medalla Belisario Domínguez que otorga el Senado de la República.

Su influencia fue tal que nadie le regateaba el mote de “Maestro”.

Y lo era.

Sí por su claridad intelectual, su fortaleza ética y su lenguaje impecable. Su registro social fue lo suficientemente amplio como para que cada quién pueda elegir a su Granados Chapa predilecto. Contamos con el decano periodista, el catedrático universitario, o el integrante de la Academia Mexicana de la Lengua. Yo me quedo con el hombre que fue ejemplo en todo él. Afable, con tal franqueza que, de camino y saludo, se ganaba el respeto de amigos y enemigos. Me quedo, pues, con el que enseñó que no basta una pluma pulcra y bien fundada, sino que hay que “dar cumplimento” en el deber político y humano.

Por todo esto y más, nos sigue haciendo falta.

Y su ausencia pesa más cuando la degradación el aparato de Estado agudiza la violación de los derechos humanos. ¿Qué nos diría hoy el Maestro sobre Enrique Peña Nieto?, por ejemplo. Soy de quienes, por costumbre, necesidad o melancolía, aún abren el periódico para buscar una respuesta en su columna. ¿Qué trae hoy Miguel Ángel? Toca a nosotros y nosotras, averiguarlo en las propias páginas de la vida.

“La Esclava Blanca”: Al fin la telenovela habló de racismo y no de narcos


“La Esclava Blanca” es una telenovela colombiana producida por Caracol Televisión que –me atrevo a asegurar–, por primera vez en la historia de la televisión latinoamericana aborda con una visión crítica la infame industria de la esclavitud y el racismo en este subcontinente, tomando como punto de referencia la época de descolonización de Colombia y su lucha por la Independencia a principios del siglo XIX, que es, precisamente, la ubicación temporal de esta producción.

Esta telenovela, considerada dentro del género de “telenovela histórica”, fue lanzada en este 2016 con 62 capítulos, cuyo final de transmisión recientemente ocurrió en el pasado mes de abril en Colombia. Con ella, Caracol Televisión sorprende al negocio telenovelero latinoamericano presentando una historia que da una nueva vuelta de tuerca a la argumentación cultural de la televisión en habla hispana, como recientemente lo hiciera en el género de las narco-telenovelas que bien le redituaron, desde la impactante “Sin tetas no hay paraíso” (2006), hasta “Escobar, el patrón del mal” (2012), cuyo impacto social fue tan grande que su polémica trascendió de las mesas familiares, y llegó hasta la política internacional, cuestionándonos sobre la validez de la naturalización de uno de los más dañinos narcotraficantes que ha visto el mundo.

Pero “La Esclava Blanca” se aleja de aquella tendencia. De hecho, sube un escalón en la industria, mientras otras televisoras de clásica producción telenovelera se la piensan dos veces antes de producir algo, si quiera parecido, a “Sin tetas no hay paraíso”, por citar un ejemplo de tantos. Así, pues, y haciendo el conteo, con esta obra de Caracol Television, la TV colombiana rebasa el límite de los diez años de distancia con relación a lo que se están haciendo otros países como México, enfrascado en los refritos de los 80’s, o Chile, cuya producción melodramática se ha conformado con la exportación de telenovelas turcas.

Y no en balde. “La Esclava Blanca” se convirtió en la telenovela más cara en la historia de la televisión colombiana con 9.4 millones de dólares de inversión. Su composición escenográfica vale por sí misma la voluntad de mirarla, situando a la audiencia en los ambientes de la población caribeña de Santa Marta, capital turística del actual departamento de Magdalena, la ciudad más antigua de Colombia datada en 1525. De hecho, uno de sus más grandes valores de producción es haber tomado como una de sus locaciones la famosa Quinta de San Pedro Alejandrino, donde murió en 1830 el libertador Simón Bolívar.

Pero el valor cultural de “La Esclava Blanca” es haber puesto la esclavitud y el racismo en el centro del debate en una Colombia que en este año 2016 está luchando por dejar atrás el belicismo, apostando por la paz y la reconciliación ¿Qué significa esto en un país cuya población afrodescendiente supera el 10 por ciento del total, pero que apenas el 12 por ciento de ésta estudió por niveles encima del bachillerato? Significa que la población afro continúa siendo una de las más segregadas en Colombia, haciendo notar que la paz, no sólo debe ser fruto de la voluntad política, sino de la justicia, en muchos casos, justicia histórica.

En Colombia yacen resabios de discriminación a pesar de haberse abolido la esclavitud en el país, por primera vez, hace más de 160 años atrás. Y a pesar de que es ilegal para las normas colombianas la apropiación del ser humano, la explotación de su fuerza de trabajo continúa dependiendo del patrón, antes amo, como los años previos a la Independencia colombiana.

Quizá por eso “La Esclava Blanca” levantó polémicas entre algunos sectores de la sociedad de este país, los cuales acusaron a la producción de Liliana Bocanegra de exagerar la violencia física y verbal presentada en la telenovela. En ella, se evidencian los latigazos y marcas de hierro a las y los esclavos, así como los tratos deshumanizantes al tildarles de “bestias” o “negros asquerosos”. Pero nada es tan atroz como la realidad misma. Por eso, para comprender la historia –enseñó el historiador Juan Brom–, hay que superar la simple curiosidad. La verdad es algo que muy pocos soportan, menos si es presentada en televisión, ese medio donde tantas querencias depositamos.

Histriónicamente, “La Esclava Blanca” sostiene una calidad que me hace recordar las producciones de finales de 1970 donde las grandes actrices y los grandes actores de teatro, dieron cátedra en la televisión mexicana (“La sonrisa del diablo”, “Doña Bárbara”). Es especialmente destacable el trabajo de la actriz peruana Norma Martínez (“El Evangelio de la carne”, “El bien esquivo”) en su papel de “Adela”, la madre abnegada de “Nicolás Parreño” (Miguel de Miguel), cuya obsesión por defender el honor y la riqueza familiar sobre las bases del esclavismo le convierten en una equilibrista entre la simple vileza del pragmatismo y la total psicopatía. Martínez da vida a un personaje antagónico con tal profundidad de interpretación que coloca sobre sí, en muchos momentos, las emociones más vívidas de la historia. ¿El amor de una madre justifica tanta maldad?

Es particularmente valioso el argumento en el guion realizado por Claudia F. Sánchez, Said Chamie, Andrés Burgos. “La Esclava Blanca” logra colocar diálogos sobre aborto, explotación sexual, homosexualidad y economía en un contexto de principios del siglo XIX y en una Colombia que se aferraba a vivir hundida en el yugo de la moral judeocristiana; pero sobre todo, exponerlo en las pantallas de un siglo XXI que aún alberga núcleos reaccionarios. Nunca olvidaré las discusiones sobre maternidad elegida entre “Milagros” (Ana Harlen Mosquera) y “Remedios” (Paola Moreno) o aquella sentencia contra “Bunme” (Karina Guerra) que bien resume el espíritu narrativo de esta telenovela: “Es mujer y negra, nunca podrá ser libre”.

Quizá el punto más flojo de esta producción se encuentra, precisamente, en el desenvolvimiento de su protagonista Nerea Camacho (“Camino”, “Tres metros sobre el cielo”), quien interpreta a “Victoria Quintero”, a razón, la esclava blanca. La actriz nunca logra consolidar el papel de una niña blanca criada por esclavos, llevada a España de donde escapa para regresar a Colombia con el propósito de rescatar a su familia “negra” de la esclavitud. Por supuesto hay errores de método en la interpretación, pero tal fallo, me parece, recae más en la directora Liliana Bocanegra, quién hubo de darle las bases contextuales a la actriz, de un personaje que atraviesa tres de los más grandes círculos de segregación para alguien como “Victoria Quintero”, mujer, huérfana y esclava, cuya supuesta dilatación emocional nunca aparece; al contrario, se escenifica a un personaje más parecido a Teresa “Gaviota” Suárez de “Amor con aroma de mujer”, que el de un portento de sobreviviente que, habiendo pasado por una crianza en la selva, dos masacres, torturas, explotación en un convento, violencia por orfandad, y encima dos viajes insalubres de dos meses por altamar, no se cree que rompa en llanto cuando el marido le ata las manos.

Pero es claro que hay que cumplir con el rol telenovelesco, el cual demanda que “La Esclava Blanca” haya tenido un final tan predecible como decepcionante para los altos matices que logra alcanzar. De ahí el segundo punto débil de esta producción que es, en general, una debilidad de la industria televisiva. Los formatos de telenovela están superados. Los ritmos en el guion están pensados para una audiencia que está a punto de desaparecer y que, si no se ajusta a las nuevas audiencias, estarán condenadas a morir. De ahí el éxito de teleseries como “Breaking Bad”, “House of Cards” o recientemente “Strange Things”. No basta un buen argumento, como el que de hecho presenta esta telenovela; es preciso repensar las líneas narrativas y actualizar los métodos de producción para convertir grandes historias como las de “La Esclava Blanca”, en éxitos culturales sin discusión, en la era de la televisión digital.

No es Siria, es México, y es una crisis de refugiados


En sus ojos naufraga la esperanza, como un barcaza varada en un mar sin viento. Así, más de dos mil emigrantes procedentes de Haití yacen en las ciudades fronterizas de Tijuana y Mexicali, Baja California, hacinados en cuartos de madera y sin dinero, en espera de obtener asilo en Estados Unidos. Pero no hay respuesta, y esto ya es una “crisis humanitaria”.

Wilner Metelus, presidente del Comité Ciudadano en Defensa de Naturalizados y Afromexicanos (CDNAM), me dijo que la situación es alarmante. Los migrantes son asistidos por algunas organizaciones humanitarias, pero no existe apoyo suficiente por parte de los gobiernos de México y Estados Unidos para attender el estado físico y legal de quienes ahí están varados, en espera de entrar a EEUU. Son dos mil, pero están por llegar 5 mil más. Algunas madres ya parieron sus hijos en la calle; otros más están hospitalizados. Todos, tienen hambre y están a mercen del clima.

Hasta el momento, Metelus ha permanecido en contacto con ellos, pero la ayuda no es suficiente. “Nadie está hablando por ellos”, me cuenta y alerta porque muchos de ellos podrían ser deportados masivamente a Haití.

¿A Haití? ¿Después de que el huracán Matthew matara a más de mil y aislara el sur de la isla? ¿A que se van a Haití?

Pero aquí es el sol a plomo. Mexicali y Tijuana fueron construidas sobre territorio desértico con temperaturas que, en primavera o verano, pueden alcanzar los 40 grados durante el día y menos 5 grados en la noche. Este clima yaga la piel de estos migrantes cuya presencia ha venido rompiendo el escenario de un pueblo que no está acostumbrado a grandes concentraciones de población afrodescendiente. Estas no son las fronteras de Siria. Es México, y es una crisis de refugiados.

Buscan ser asilados en EEUU luego de salir de países como Brasil o Venezuela en donde laboraban en proyectos temporales en la industria de la construcción. Ahí llegaron como refugiados luego del terremoto que devastó Haití en el año 2010.

Pero el empleo terminó, y llegaron por tierra a México —junto a más de 3 millones de personas procedentes de México, Centroamérica y otras partes del mundo que lo intentan cada año— buscando cruzar a territorio estadounidense por la línea de la frontera.

Algunos haitianos intentan pasarse por refugiados africanos, particularmente del Congo. Lo hacen porque México ofrece amnistia migratoria a las y los congoleños, a causa de la guerra; no obstante, las personas provenientes de Haití sólo cuentan con un lapso de 20 días de estancia legal. Pero han pasado meses y aquí continúan varados en la frontera, sin que los gobiernos hagan algo concreto. El tiempo corre y la vida apremia.