EEUU arde en protestas mientras ¿prepara una guerra contra venezuela?


LAS TENSIONES ENTRE ESTADOS UNIDOS Y VENEZUELA comenzaron desde la llegada del líder socialista, HUGO CHÁVEZ FRÍAS, al poder del país sudamericano en 1999. Su plan antineoliberal despertó las alarmas de Washington, que apenas había abandonado la guerra fría. Chávez acompañó su presidencia con un proceso político apodado “bolivariano” —en honor al libertador Simón Bolívar—, con una característica antiimperialista; o sea, en completa oposición a los intereses estadounidenses sobre el país. Esto le puso los cabellos de punta a la Casa Blanca, ya que sobre el territorio venezolano se encuentran las reservas de petróleo y de oro más grandes del mundo.

Desde entonces, Estados Unidos ha intentado derrocar al gobierno chavista, ahora con Nicolás Maduro Moros al frente. Tras el fallido golpe de Estado del año 2002, sus estrategias de intervención han variado. Washington ha usado sanciones financieras y un bloqueo económico y comercial. Ha puesto al país en la lista de naciones que “apoyan” el terrorismo. Se imaginó en el fantoche de Juan Guaidó a un “presidente encargado”. Intentaron asesinar a Maduro con un dron. El pasado tres de mayo, conformaron un grupo mercenario con agentes estadounidenses de la empresa Silvercorp que declararon ser de la “seguridad personal” del presidente Donald Trump, paramilitares colombianos y esbirros venezolanos. Sin embargo, la llamada Operación Gedeón que partió de la península de La Guajira, Colombia, fue detenida en aguas de Venezuela en su intento por entrar al país usando un buque y armas de grueso calibre con el propósito de matar al presidente.

El Arribo de tropas militares estadounidenses a la frontera colombo-venezolana para “combatir al narcotráfico”, coincide con las acusaciones por tráfico de drogas que impuso el fiscal general de Estados Unidos, William Barr, contra el presidente Nicolás Maduro. (En la foto: Donald Trump y William Barr / Wikipedia)

Derrotados en sus intentos previos, la Casa Blanca parece construir el siguiente escenario. Desde el pasado 27 de mayo arribó a Colombia una unidad élite del cuerpo de Marines de los Estados Unidos denominada Brigada de Asistencia de Fuerza de Seguridad o Misión SFAB. El grupo está bajo las órdenes del Comando Sur del Ejército estadounidense, dedicado a la ocupación militar de Centro y Sudamérica.

Según Washington, la Misión SFAB realizará acciones de combate al narcotráfico en territorio colombiano. No está de más recalcar que la presencia del Ejército de Estados Unidos en Colombia no contó con la aprobación del Senado de ese país, lo cual viola el artículo 173 de su Constitución.

Curiosamente, los Marines no se desplegarán en Cali o Medellín, capitales históricas del tráfico de drogas, sino en la frontera con Venezuela, desde donde han partido varias misiones de paramilitares colombianos para intentar desestabilizar al gobierno de Maduro. Quizá la más famosa de esas incursiones ocurrió en el año 2016 en las llamadas “Guarimbas” donde la “oposición venezolana” —o sea, mercenarios venezolanos guiados por paramilitares colombianos—, asesinaron a catorce líderes chavistas.

¿GUERRA sobre VENEZUELA?

Todo el mundo sabe cuantas veces Donald Trump ha amenazado con acciones militares contra Venezuela. Y debe recordarse un detalle muy importante: el 26 de marzo, el fiscal general de Estados Unidos, William Barr, acusó a Nicolás Maduro por narcotráfico fincándole cargos criminales. El régimen de Washington ofrece quince millones de dólares por información que conduzca a la detención del presidente. Por eso, la presencia de un supuesto grupo antidrogas del Ejército estadounidense, justo en las narices de Caracas luce más como una amenaza de invasión.

De hecho, hay “un temor fundado” de que Estados Unidos quiera invadir Venezuela y desatar una guerra en la región, dijo el director de la Fundación Paz y Reconciliación, León Valencia, en entrevista con Radio Francia Internacional. Esta posibilidad esta precedida por dos medidas, añadió.

“Una, el envío de naves militares al Caribe cerca a las costas de Venezuela. Y otra, la incursión de un grupo mercenario encabezado por personal de Estados Unidos en la Guaira, Venezuela, y que fue repelido por las tropas del gobierno de Caracas”, dijo.

Por su parte, el senador colombiano Armando Benedetti, expresó mediante su cuenta de Twitter su preocupación por el despliegue de tropas estadounidenses en la frontera colombo-venezolana. El político ocupó la palabra “guerra” para cuestionar la supuesta misión antidrogas del Ejército de los Estados Unidos.

“A mí no me gusta esto (…) ese grupo SFAB ha estado en Afganistan, son un grupo entrenado para la guerra.

“Dicen que una fuerza elite de EEUU vendrá al país para “asesorarnos” en la lucha contra el narcotrafico. ¿Y la autorización del Senado? No pueden arribar tropas extrajeras sin nuestra autorización. Que esa “ayuda” no termine en una guerra en la que no tenemos nada que ver”.

En otro trino, Benedetti fue más enfático al mencionar una posible “guerra” entre Estados Unidos y Venezuela, y clamó para que el Ejército estadounidense no “meta” a Colombia en sus propósitos.

“El Almirante Craig (jefe del Comando Sur) dijo en marzo que su misión era capturar a Maduro por narcotráfico. Hoy sus tropas vienen en camino y no me interesa si lo capturan o no, pero no metan a nuestro país en una guerra ajena. Que sigan derecho si quieren, pero que no pasen el barco por aquí”, dijo.

Y en una entrevista con la revista Semana, el senador Benedetti destacó el perfil belicista de la Misión SFAB, diciendo que ese cuerpo de Marines “está entrenado para la guerra”.

“A mí no me gusta esto (…) ese grupo SFAB ha estado en Afganistan, son un grupo entrenado para la guerra. No quiero que utilicen nuestro suelo para armar una guerra”, dijo.

En realidad, es difícil que Estados Unidos entre a una guerra contra Venezuela, la cual, necesariamente, tendría que ser por tierra. Imaginando las posibilidades, la Casa Blanca solo podría mandar aviones y toda la tecnología con la que cuenta para intentar derrocar al chavismo. Claro que eso haría daño (suponiendo que Venezuela no pueda hacer mucho para defenderse). Pero si quiere capturar a Maduro, deberá meter a sus Marines a las calles de Caracas. Entonces se enfrentará a una guerrilla de más de seis millones de milicianos, según el último registro de militantes del Partido Socialista Unido de Venezuela, más los integrantes de las Fuerzas Armadas Bolivarianas. Una misión suicida.

Lo más probable es que Estados Unidos se mantenga del lado de la frontera colombiana. Su búnker funcionará como trampolín de paramilitares y zona roja para otros crímenes. Claro que Venezuela tendrá que continuar haciendo frente a estos asaltos y no se descarta alguna otra incursión parecida a la Operación Gedeón. Pero seamos claros: las guerras no se ganan con drones. Se ganan con infantería. Si Washington mete a sus soldados en territorio venezolano, tendrán otro Vietnam.

Paradójicamente, a quien más dañará la presencia de los Marines gringos será a Colombia. De hecho, lo dañará otra vez. Hay que recordar lo documentado en el Informe de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, elaborado por expertos de la Universidad Pedagógica Nacional: durante el curso del Plan Colombia entre 2003 y 2007, soldados estadounidenses agredieron sexualmente y violaron al menos a 53 niñas, grabaron sus ataques y lo vendieron como material pornográfico.

Pero al presidente de Colombia, Iván Duque, solo le interesa obedecer a Trump. En tanto a Trump, solo le interesa ganar algo de simpatías de cara a las elecciones de noviembre. Por eso se ha metido a la frontera con Venezuela. Necesita recurrir al viejo truco gringo de la propaganda de guerra. De algo necesita sostener su presidencia. Estados Unidos se acerca a las 100, 000 muertes por coronavirus y todas sus capitales están incendiadas en protestas contra el racismo y la brutalidad policiaca que, aunado al poder de los bancos, es en sí misma la podredumbre del régimen yanqui. Me queda claro que una guerra contra Venezuela sería su ruina.

La FARC y la toma del poder – Entrevista a Marco León Calarcá


No me parece lejano aquel octubre de 2013 cuando me reuní con Marco León Calarcá en La Habana, Cuba, a sólo unos meses de iniciados, públicamente, los diálogos entre la guerrilla de las FARC-EP y el gobierno de Colombia para la culminación del conflicto armado. Cuatro años después, la mesa de paz fructificó, nació la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC) como el nuevo partido político de la izquierda colombiana y Calarcá, cuyo nombre es Luis Alberto Albán, compite para ser congresista por el departamento del Valle del Cauca, cuya capital es la ciudad de Cali. Lo busqué de nuevo porque mis preguntas han aumentado desde entonces y tenía que planteárselas.

Sentados en el lobby de un hotel habanero de aquel 2013, el entonces comandante del Bloque Caribe de las FARC-EP, me adelantaba que si la guerrilla se convertía en un partido político, no significaría que abandonarían la ruta revolucionaria ¿Qué piensa ahora? ¿Qué responde a los químicamente puros que critican este nuevo paso del movimiento fariano? ¿Cómo se siente en esta nueva etapa? El me respondió:

“El ánimo de exguerrilleros y exguerrilleras farianos es bueno, somos ahora combatientes por la paz. La paz sigue siendo anhelo del pueblo colombiano, del cual somos parte y aportamos a su construcción, nuestra convicción y el cumplimiento de los acuerdos en lo que nos corresponde.”

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–¿Qué ha sido lo más complicado en esta transición?—le pregunto.

–Como todo cambio se presentan dificultades por las incomprensiones producto de análisis desenfocados por el radicalismo, de izquierda para los cuales siempre es insuficiente lo logrado y desde cómodas posiciones, pues no están metidos en la lucha, descalifican lo hecho. Y desde la derecha, al considerar que lo acordado es demasiado y se convalida el terrorismo que es como ellos llaman a la lucha revolucionaria.

“En medio de esas manifestaciones, está el camino de la construcción de paz al lado y hombro a hombro con las mayorías, eso es lo que hacemos en la actualidad.
El Acuerdo de Paz es una herramienta para incentivar la lucha social, política, económica y cultural.

“A esto le agregamos inconvenientes propios del incumplimiento por parte del Gobierno y el Estado de algunos puntos y aspectos del Acuerdo, lo cual entraba y siembra de dudas e inquietudes a la militancia de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, FARC y a las mayorías nacionales, pues se pone en riesgo el propio proceso. Sabemos que es la lucha social y política con la solidaridad internacional la que nos permitirá superar esos y otros obstáculos”.

Pienso en el genocidio de la Unión Patriótica de 1984, cuando las FARC pactaron con el presidente Belisario Betancourt y el Estado y bandas paramilitares asesinaron a más de tres mil militantes, incluido al candidato presidencial de la UP, Jaime Pardo Leal.

–¿Qué responder a quienes temen –y me incluyo–, se reedite la masacre de la Unión Patriótica?

–Los temores son válidos y justificados por lo sucedido, sin embargo con esa experiencia la lucha social y política de organizaciones y personalidades no permitirá reeditar esa dolorosa parte de la historia.

“De otro lado y con mucho peso e importancia está la solidaridad de pueblos y gobiernos del mundo con el proceso, como aporte a la paz de Nuestra América y del mundo.

“El Acuerdo contempla cláusulas de garantía de la seguridad individual, incluyen además de exguerrilleros y exguerrilleras a las comunidades y a quienes luchan por los derechos de las mayorías, esta es otra herramienta para desde la resistencia popular defender la vida.

“El dolor por los asesinatos es grande y nuestra solidaridad con sus familiares es concreta, pero no podemos ceder ante el terrorismo paramilitar.”

— ¿Qué responder a quienes han criticado la dejación de las armas, como vía revolucionaria?

–Esa afirmación nada tiene que ver con nosotros. Ni con nuestra práctica, ni con nuestra teoría.

“Nuestra decisión no significa avalar la tesis de condena a la lucha armada revolucionaria y mucho menos desconocer el legítimo derecho a la rebelión armada de los pueblos del mundo. No nos confundamos.

“Hicimos dejación de las armas producto del análisis de nuestra realidad y firmes al principio de la autodeterminación.

“Nunca, y ahora menos, creemos en la exportación o importación de modelos, en la transpolación de soluciones. Nuestra experiencia es libro abierto para los pueblos del mundo, pero no aconsejamos ni adoctrinamos.

“No renegamos de nuestro pasado de violencia revolucionaria, ni de la lucha armada”.

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— ¿Qué expectativas tienen en esta elección por venir como partido político?

–Somos un partido con vocación de poder, consideramos que podemos obtener el respaldo de inmensos sectores de la población y en la medida que logremos explicar nuestras propuestas, que la gente en Colombia las conozca, ese respaldo crecerá.

— Gane quien gane y pierda quien pierda en la elección ¿de qué manera enfrentarán el nuevo periodo político que se avecina?

–Lo dicho, la construcción de la Paz pasa por la correcta y oportuna implementación del Acuerdo y esa construcción se base en la lucha social y política de los pobres de Colombia, de los del Común, porque eso somos y encarnamos la esperanza.

También, pienso en otro riesgo. En los últimos meses, más de 120 líderes que apoyan el proceso impulsado por la FARC o que forman parte de él, han sido asesinados. Además, continúan bajo prisión política más de 2 mil integrantes de la ex guerrilla por lo cual el acuerdo de paz sigue esperando su turno de implementarse por completo, al menos, por lo que toca al gobierno de Colombia.

— ¿Está en riesgo el proceso de paz, considerando la cantidad de presos políticos farianos que existen y los asesinatos perpetrados en últimas fechas?–, preguntó a Luis Alberto Albán.

–Más allá de los incumplimientos que nombras, el proceso entra en crisis por la falta de esfuerzo político del gobierno para buscar soluciones frente a las trabas y trampas que colocan los enemigos de la paz, la extrema derecha.

“Hemos logrado la libertad de las tres cuartas partes de los prisioneros, quienes aún continúan en las cárceles, por cuenta de las maturrangas jurídicas, también lograran su libertad. Es nuestro compromiso.

“El tema de la seguridad es exigencia urgente, el mundo debe expresar su repudio a los asesinatos, práctica desesperada de quienes se lucran de manera política y económica de la guerra”.

— ¿Cómo se posiciona el partido FARC ante las demás coaliciones de izquierda en este proceso electoral presidencial?

–No entiendo de cuales coaliciones de izquierda se habla, hasta ahora y pese a nuestros esfuerzos por generar las condiciones para un gobierno de amplia coalición que garantice la tranquila transición a la Paz, no se ha logrado concretar. Todos los sectores hablan de Unidad pero al momento de organizarla surgen múltiples inconvenientes. Esto no significa por ningún lado manifestación de desánimo, seguimos trabajando en la unidad de los sectores populares y sus legítimas expresiones políticas.

Me despido de Luis Alberto Albán. Es extraño llamarle así y no Marco León Calarcá, como ya me había acostumbrado. A pesar de no revestir más el verde olivo, de buena manera, su condición de comandante, hoy comandante político, sigue intacta. Veremos cómo le va en los comicios y si logra ser elegido congresista por el Valle del Cauca. No obstante, si algo deja claro es que para él los anhelos son más grandes que las coyunturas; que la política es un instrumento y su causa es una Colombia con paz y justicia social.

Colombia elegirá nuevo presidente y nuevo Congreso en las elecciones del 27 mayo de 2018, a primera vuelta y el 17 de junio, en segunda. La FARC compite con Rodrigo Londoño Echeverri, conocido como Timoleón Jiménez “Timochenko”, máximo líder de la ex guerrilla, como su candidato a la Presidencia. Su segundo al mando y jefe de las negociaciones, Luciano Marín Arango, alias Iván Márquez, encabeza la lista al Senado.

“Soy un autor lleno de cruda realidad”: Entrevista a Alberto Buitre (FIPU, Colombia)


Estoy muy contento porque han publicado sobre mi una muy linda entrevista los compañeros y compañeras de la Federación Internacional de Prensa de los Pueblos (FIPU PRESS), con sede en Colombia.  Te invito a leer el texto original acá.  Sigue leyendo ““Soy un autor lleno de cruda realidad”: Entrevista a Alberto Buitre (FIPU, Colombia)”

“La Esclava Blanca”: Al fin la telenovela habló de racismo y no de narcos


“La Esclava Blanca” es una telenovela colombiana producida por Caracol Televisión que –me atrevo a asegurar–, por primera vez en la historia de la televisión latinoamericana aborda con una visión crítica la infame industria de la esclavitud y el racismo en este subcontinente, tomando como punto de referencia la época de descolonización de Colombia y su lucha por la Independencia a principios del siglo XIX, que es, precisamente, la ubicación temporal de esta producción.

Esta telenovela, considerada dentro del género de “telenovela histórica”, fue lanzada en este 2016 con 62 capítulos, cuyo final de transmisión recientemente ocurrió en el pasado mes de abril en Colombia. Con ella, Caracol Televisión sorprende al negocio telenovelero latinoamericano presentando una historia que da una nueva vuelta de tuerca a la argumentación cultural de la televisión en habla hispana, como recientemente lo hiciera en el género de las narco-telenovelas que bien le redituaron, desde la impactante “Sin tetas no hay paraíso” (2006), hasta “Escobar, el patrón del mal” (2012), cuyo impacto social fue tan grande que su polémica trascendió de las mesas familiares, y llegó hasta la política internacional, cuestionándonos sobre la validez de la naturalización de uno de los más dañinos narcotraficantes que ha visto el mundo.

Pero “La Esclava Blanca” se aleja de aquella tendencia. De hecho, sube un escalón en la industria, mientras otras televisoras de clásica producción telenovelera se la piensan dos veces antes de producir algo, si quiera parecido, a “Sin tetas no hay paraíso”, por citar un ejemplo de tantos. Así, pues, y haciendo el conteo, con esta obra de Caracol Television, la TV colombiana rebasa el límite de los diez años de distancia con relación a lo que se están haciendo otros países como México, enfrascado en los refritos de los 80’s, o Chile, cuya producción melodramática se ha conformado con la exportación de telenovelas turcas.

Y no en balde. “La Esclava Blanca” se convirtió en la telenovela más cara en la historia de la televisión colombiana con 9.4 millones de dólares de inversión. Su composición escenográfica vale por sí misma la voluntad de mirarla, situando a la audiencia en los ambientes de la población caribeña de Santa Marta, capital turística del actual departamento de Magdalena, la ciudad más antigua de Colombia datada en 1525. De hecho, uno de sus más grandes valores de producción es haber tomado como una de sus locaciones la famosa Quinta de San Pedro Alejandrino, donde murió en 1830 el libertador Simón Bolívar.

Pero el valor cultural de “La Esclava Blanca” es haber puesto la esclavitud y el racismo en el centro del debate en una Colombia que en este año 2016 está luchando por dejar atrás el belicismo, apostando por la paz y la reconciliación ¿Qué significa esto en un país cuya población afrodescendiente supera el 10 por ciento del total, pero que apenas el 12 por ciento de ésta estudió por niveles encima del bachillerato? Significa que la población afro continúa siendo una de las más segregadas en Colombia, haciendo notar que la paz, no sólo debe ser fruto de la voluntad política, sino de la justicia, en muchos casos, justicia histórica.

En Colombia yacen resabios de discriminación a pesar de haberse abolido la esclavitud en el país, por primera vez, hace más de 160 años atrás. Y a pesar de que es ilegal para las normas colombianas la apropiación del ser humano, la explotación de su fuerza de trabajo continúa dependiendo del patrón, antes amo, como los años previos a la Independencia colombiana.

Quizá por eso “La Esclava Blanca” levantó polémicas entre algunos sectores de la sociedad de este país, los cuales acusaron a la producción de Liliana Bocanegra de exagerar la violencia física y verbal presentada en la telenovela. En ella, se evidencian los latigazos y marcas de hierro a las y los esclavos, así como los tratos deshumanizantes al tildarles de “bestias” o “negros asquerosos”. Pero nada es tan atroz como la realidad misma. Por eso, para comprender la historia –enseñó el historiador Juan Brom–, hay que superar la simple curiosidad. La verdad es algo que muy pocos soportan, menos si es presentada en televisión, ese medio donde tantas querencias depositamos.

Histriónicamente, “La Esclava Blanca” sostiene una calidad que me hace recordar las producciones de finales de 1970 donde las grandes actrices y los grandes actores de teatro, dieron cátedra en la televisión mexicana (“La sonrisa del diablo”, “Doña Bárbara”). Es especialmente destacable el trabajo de la actriz peruana Norma Martínez (“El Evangelio de la carne”, “El bien esquivo”) en su papel de “Adela”, la madre abnegada de “Nicolás Parreño” (Miguel de Miguel), cuya obsesión por defender el honor y la riqueza familiar sobre las bases del esclavismo le convierten en una equilibrista entre la simple vileza del pragmatismo y la total psicopatía. Martínez da vida a un personaje antagónico con tal profundidad de interpretación que coloca sobre sí, en muchos momentos, las emociones más vívidas de la historia. ¿El amor de una madre justifica tanta maldad?

Es particularmente valioso el argumento en el guion realizado por Claudia F. Sánchez, Said Chamie, Andrés Burgos. “La Esclava Blanca” logra colocar diálogos sobre aborto, explotación sexual, homosexualidad y economía en un contexto de principios del siglo XIX y en una Colombia que se aferraba a vivir hundida en el yugo de la moral judeocristiana; pero sobre todo, exponerlo en las pantallas de un siglo XXI que aún alberga núcleos reaccionarios. Nunca olvidaré las discusiones sobre maternidad elegida entre “Milagros” (Ana Harlen Mosquera) y “Remedios” (Paola Moreno) o aquella sentencia contra “Bunme” (Karina Guerra) que bien resume el espíritu narrativo de esta telenovela: “Es mujer y negra, nunca podrá ser libre”.

Quizá el punto más flojo de esta producción se encuentra, precisamente, en el desenvolvimiento de su protagonista Nerea Camacho (“Camino”, “Tres metros sobre el cielo”), quien interpreta a “Victoria Quintero”, a razón, la esclava blanca. La actriz nunca logra consolidar el papel de una niña blanca criada por esclavos, llevada a España de donde escapa para regresar a Colombia con el propósito de rescatar a su familia “negra” de la esclavitud. Por supuesto hay errores de método en la interpretación, pero tal fallo, me parece, recae más en la directora Liliana Bocanegra, quién hubo de darle las bases contextuales a la actriz, de un personaje que atraviesa tres de los más grandes círculos de segregación para alguien como “Victoria Quintero”, mujer, huérfana y esclava, cuya supuesta dilatación emocional nunca aparece; al contrario, se escenifica a un personaje más parecido a Teresa “Gaviota” Suárez de “Amor con aroma de mujer”, que el de un portento de sobreviviente que, habiendo pasado por una crianza en la selva, dos masacres, torturas, explotación en un convento, violencia por orfandad, y encima dos viajes insalubres de dos meses por altamar, no se cree que rompa en llanto cuando el marido le ata las manos.

Pero es claro que hay que cumplir con el rol telenovelesco, el cual demanda que “La Esclava Blanca” haya tenido un final tan predecible como decepcionante para los altos matices que logra alcanzar. De ahí el segundo punto débil de esta producción que es, en general, una debilidad de la industria televisiva. Los formatos de telenovela están superados. Los ritmos en el guion están pensados para una audiencia que está a punto de desaparecer y que, si no se ajusta a las nuevas audiencias, estarán condenadas a morir. De ahí el éxito de teleseries como “Breaking Bad”, “House of Cards” o recientemente “Strange Things”. No basta un buen argumento, como el que de hecho presenta esta telenovela; es preciso repensar las líneas narrativas y actualizar los métodos de producción para convertir grandes historias como las de “La Esclava Blanca”, en éxitos culturales sin discusión, en la era de la televisión digital.

Surge el Congreso de la Juventud Rebelde – Jóvenes de Latinoamérica se reúnen en Colombia


 
La organización Juventud Rebelde lleva a cabo del 6 al 8 de abril su Congreso Constitutivo en Bogotá con 2000 personas delegadas de diferentes organizaciones sociales de todo el país. El evento se llevará a cabo bajo la consigna “somos el sueño de Bolívar despertando, somos la segunda y definitiva independencia”, como una organización de carácter nacional que integra el Movimiento Político y Social Marcha Patriótica. Sigue leyendo “Surge el Congreso de la Juventud Rebelde – Jóvenes de Latinoamérica se reúnen en Colombia”

Carta a mis amigos colombianos


ALBERTO BUITRE – No ha sido fácil conquistar una esperanza. Han sido 50 años. Diez mil presos políticos, más de 400 mil muertos, más de 200 mil desplazados. Y uno más de ellos cada día, en cualquier ciudad de tu extendido país.

Y sé también que esa esperanza no es garantía de nada. Apenas un respiro para seguir caminando, o corriendo; avanzando, dejando atrás la amenaza que pretendía sacarte del camino. Por ahora. Sigue leyendo “Carta a mis amigos colombianos”