Dos gomichelas más


Nos citamos a comer pizzas rústicas en una fonda italiana en el centro de Tlalpan. Ordenamos dos cervezas, cuatro, seis.

– ¿Listos para ordenar? – dijo el mesero, interrumpiendo con hartazgo nuestro brindis.

– Espere compañero – le dije al tender— A ver Miguel, ¿cómo es que iba esa..?

Hora y media y no pedimos comida. Una más…

Embriagados, decidimos salir a comer un mole de panza en el mercado de enfrente. Pedimos otro par.

– La mama de Darío tenía un puesto de pancita ¿te acuerdas? – me dijo Miguel cuando entramos a la fonda.

Darío era un compa del barrio de San Agustín, en Ecatepec, pero llevaba años viviendo en Tijuana. Que trabajaba en una exportadora, lavando los tráileres antes que éstos salieran a cruzar la frontera. Que su hija era pochita, nacida en San Diego y su esposa guatemalteca. Me lo contó Miguel.

Miguel vivía en Coapa y yo en ese momento trabajaba al sur del DF, en la redacción de una revista de chismes.

Me pagaban una miseria, pero los viáticos compensaban la pobreza. Viajaba a donde ordenara el editor, con gastos millonarios y un sueldo de reportero categoría B.

A veces es así, nada es tan trágico ni tan hermoso. “Hay que perseguir la res, pero hay que saber cortarla”, consejo de mi tío Ramón, un carnicero bestial de ahí mismo, de San Agustin.

Miguel se había ido a Tijuana a ver a Darío. Pero al día siguiente se regresó. Me llamó, dijo que tenía algo que contarme y nos vimos.

Otro par. Borracho, Miguel se soltaba a llorar contando historias de aquel equipo de fútbol. Dos más.

– ¿Cuántas llevamos?

– Apenas cinco, viejo.

Los tres éramos de Ecatepec. Nos conocimos en el fútbol amateur de la liga municipal y de niños queríamos ser futbolistas, como todos los niños del lugar, hastiados de pobreza y deslumbrados por el espejo verde en el que nos mirábamos por televisión. Donde héroes humanos corrían felices haciendo lo que nosotros, jugar al fútbol, pero poseedores de una fama que no alcanzábamos a comprender.

Al mirarlo frente a mi, hablando melancólico de aquel equipo, como queriendo encontrar la infancia perdida, lo recordé: Miguel era pésimo jugando.

Dos piernas ñangas y peludas lo hacían correr por la banda derecha como avestruz drogada. En noventa minutos rompía su propio récord de balones perdidos y en una ocasión, tocó la pelota sólo una vez en todo un partido.

Lo hizo únicamente para regalar un saque de banda en nuestro propio campo.

El contrarío hizo un pase largo. Siguiendo el balón, Miguel corrió al área con el porte de un ganso. En esas iba cuando el tiro del delantero le pegó en la cabezota. Lentamente, mientras caía de bruces a tragarse medio kilo de tierra, la pelota se incrustaba en el ángulo de nuestra portería.

Esa vez perdimos tres a cero.

No es que hayamos sido cracks. Pero Miguel…. rey del humor involuntario y el autogol premonitorio. Algo realmente grotesco en el campo.

Pero era un tipo como nadie. Era amigo de todos. Especialmente de Darío. Llegaban juntos al campo y se iban juntos. Pasaban al mercado, compraban un kilo de chicharrones, unos refrescos y se tiraban en el parque a comer y contarse estupideces.

Miguel se metió al equipo por Darío. O más bien él lo invitó por ser su amigo, a pesar de conocer de sobra que como futbolista era una bestia de carga.

Mientras tanto, Darío, el mítico número 4 de nuestro equipo Reyes Futbol Club, se batía en el campo como un espartano.

Último hombre, barría como un predador. Era la viva consigna que “o pasa el balón, o pasa el delantero. Pero nunca los dos al mismo tiempo”.

Alto, flaco, correoso y prácticamente indestructible como vara de bejuco. Un pelo a lo beatle enmarañado en lodo, mezcla de abundante sudor y tierra. Teníamos todos unos trece años.

En una semifinal contra Osos Grises, un centro desde la banda izquierda lo hizo saltar junto a un cachirul de unos 22, gordo, barroso, pero macizo.

En el aire, el sujeto le pegó un codazo en el mentón, cortándole las encías y haciéndole escupir sangre y baba. Darío caía descompuesto, mientras el contrario aterrizaba con ambos pies, listo para soltar el punterazo. Al verlo, nuestro ‘4’ estiró los dos pies y con las suelas tapó el disparo, firme, se escuchó el golpe de las piernas. El amasijo aquel se tumbó a la tierra berreando de dolor. Darío le había roto cuatro dedos del pie. Llegó e árbitro: nada, tapón limpio. Adiós gordo, y pasamos a la final.

Como a los dieciocho dejamos de jugar. Nos agarró el alcohol, la calle, algunas malas mujeres.

Me salí del barrio y no había escuchado nada de Darío hasta que Miguel se soltó a contarme de él, llorando de borracho.

– Ya Miguel, carajo, ¿qué pasa, hombre?

Darío se había familiarizado mucho con los tráileres y aprendió a manejarlos.

Una madrugada, un chofer no se presentó a trabajar. Tenía que pasar varias toneladas pacas de ropa a San Diego. La carga estaba lista desde un día antes. El mismo conductor se había encargado de llenarla, caja por caja, supervisando el producto. Pero no llegó a hacer la entrega. Le pidieron a Darío que tomara al camión e hiciera el viaje. Un viaje corto, apenas rebasando la línea. Él aceptó, tomó las llaves y condujo el tráiler.

En la aduana, la policía hizo una revisión. Darío abrió la caja y desmontó los paquetes.

Debajo de la ropa, en dobles fondos, había varios kilos de cocaína depositados en al menos la mitad de las pacas. Dicen que había ahí por lo menos cinco mil dólares de producto. Se fue al reclusorio y para el momento en que Miguel me contaba, llevaba cuatro años recluido. Su esposa se llevó a su hija a Guatemala porque en Tijuana nunca encontró trabajo.

Terminamos las cervezas y nos fuimos al auto. Apenas pasamos la mitad de Miramontes y Miguel me vomitó el coche. Sollozaba…

– Nunca lo he ido a visitar, wey…. Nunca… Soy un maldito… Pobre Darío, wey…

– Ya Miguel.

– No weee… Pobre Darío….. –y explotó llorando a moco tendido.

Aparqué en un barcito. Gomichelas. Solo hoy, veinticinco una, dos por uno. Lo senté en la banquita, recargado en la pared, dormido. Pedí el ofertón de dos. O sea, cuatro. En la tele pasaban un juego del América.

Cuento: La última vez que tomé Bacardí


La primera cama que probé en Pachuca era un catre viejo en la sala de un departamento perdido en lo más hondo de Villas, un fraccionamiento de la periferia. Los dos sujetos que me recibieron vivían como reyes, cada uno en sus respectivos cuartos, los dos únicos que tenía aquella infame habitación de principios de los ochenta, con dos recámaras, baño miniatura y una cocina sin gas. Ellos, los reyes, y yo, el esclavo, pobre, durmiendo en la sala a merced de los moscos, las palomillas y las cucarachas que se metían por la zotehuela, que era compartida con una pareja de hombre y mujer que pasaba la mitad del día drogándose con piedra. La otra mitad del tiempo, dormía y gozaba de sexo. Todas las noches oía al sujeto aullar: “¡Dámelo más! ¡Más adentro!”. Nunca se sabe lo que hay detrás de la puerta.

Ahí estaba yo, sobreviviendo como novel reportero, comiendo sopas maruchan y compartiéndola con aquellos insectos. Luego conocí a Joaquín. Lo encontré en un bar del centro, mientras toqueteaba a una de las chicas del lugar. La mujer se llamaba Julieta. Julieta y Joaquín. Sus nombres se escuchaban bien juntos. Ella, una chava de unos 31 años, fofa y llena de marihuana; él, un sesentón calvo, duro y apestoso a aguarrás. Sin embargo, compartían la misma barra de ese antro diminuto y pobre, pero con lo necesario para encontrar un trago sin tener que buscarlo lejos. Uno llega y casi al abrir la puerta ya está sentado en la barra de pino, ordenando un Bacardí. Era bueno el sitio, oscuro, sin botanas, sin pretensiones. Pasé varias horas ahí. Se pueden escribir muchos cuentos.

Julieta y Joaquín se daban entres, como dicen en el barrio. Ella era una araña de bar a la caza de algún cliente y él, su mosca, un “chambitas” cualquiera que llevaba ya seis meses acampando en los cerros, poniendo dinamita y tumbando gajos de monte por tres mil pesos al mes. Se me acercó con su tufo a thinner y vistiendo con orgullo un saquito de imitación piel que seguro sacó de una paca de ropa americana. Se quejó conmigo de la mujer.

─Ya traigo entrada a esa vieja, pero yo no traigo ni para una mamada. ¿No me prestas 30 varos, carnal?

─Uy, compa, me agarras torcido. No traigo. Mira, nomás traje para este bacachá.

─Órale, nomás treinta varos ¿O cuánto traes? Aliviáname.

Me hurgué en la bolsa, escogí las monedas y, finalmente, le di diez pesos.

─Es todo lo que traigo, compa. Neta. Pero, oye, pégale un trago si quieres ─y le acerqué mi vaso, y el tipo bebió.

─Órale, carnal. Chido ─dijo, y se fue.

Joaquín se fue a gozar con Julieta a un cuarto arriba de la cantina. El dueño del congal, un tipo grande y curtido, que había sido funcionario de gobierno por 30 años y se jubiló poniendo la cantinita aquella, le cobró el dinero al compa y los dos se subieron desesperados. Ellos estuvieron 15 minutos ahí. Los imaginé un poco. ¿Qué espectáculo deprimente sería aquello, desvistiéndose aturdidos y desesperados, resistiendo con lujuria a la tragedia? Pero me acordé del apestoso a thinner y mejor le di un trago largo a mi bacardí para borrar esa insana imagen.

Luego bajaron. Primero él, con el pene de fuera y mareado. El dueño del sitio, que también era el cantinero, lo miró de reojo, pero no hizo mucho caso. En un momento más tenía que bajar la mujer. Pero el tipo salió de la cantina tropezando, y apenas pisó la banqueta, se echó a correr. Esto despabiló al cantinero. Aventó su trapo y subió corriendo las escaleras para ver a Julieta. “¡Hijo de su puta madre!” —gritó—. “¡Julieta, despierta, niña!”. “¡Agarren a ese hijo de su pinche madre!”. Pero los parroquianos quedamos paralizados y sólo nos asimos más fuerte a nuestros vasos. ¿Qué carajo había pasado?

El dueño del bar salió pelado con Julieta echada en sus brazos, y de su cara iban colgando piel, músculos y nervios, haciendo un camino de sangre y saliva por el pequeño bar. Momentos antes, arriba del lugar, Joaquín había esperado a que la chava se arrodillara para hacérselo oral, pero apenas le dio dos o tres lengüetazos, ¡sobres!, el tipo le clavó un filo a la mujer por los cachetes, tasajeándole la cara.

Era demasiado para mí. Me espanté y sentí unas ganas tremendas de vomitar. Me fui de ahí enseguida.

Supe lo que pasó por lo que el dueño de la cantina le contó al periódico unos días después. Dicen que el feminicida se escapó esa misma noche al monte y ya no bajó. Algún karma lo ha de haber alcanzado. Quizá alguna víbora lo mató y se lo comieron los perros. Ojalá. Esos crímenes nunca quedan sin pagarse. Decía mi abuela que tarde o temprano la justicia te cae del cielo, no importa dónde te escondas. Yo no volví a ese bar. Quise olvidarme rápido de que yo le presté diez pesos. Pero no podía dejar de pensar que cargaba con un tercio de la culpa. Desde entonces no volví a tomar Bacardí.

(Este cuento lo publiqué originalmente en la revista N3RVIO, con la cual colaboro)

La cama sucia


ALBERTO BUITRE.- Pasaron diez años antes que lo volviera a ver. Tenía 18, y el embarazo le cayó por sorpresa. Era inocente. Apenas llegaba a la ciudad. Él, siete años mayor, aprovechó su candidez recientemente puesta sobre la capital a la que por primera vez visitaba y en la que, sin saberlo, se quedaría a vivir para siempre. Entonces lo tomó de la mano. Fueron al cine. Remaron en Chapultepec. Comieron en fondas y restaurantes que deslumbraban a la provinciana. Se dejó llevar por el destello de las torres y por sus palabras. Pasó una noche.

– ¿Estás seguro? –dijo ella antes de desabotonarse.

– Te lo prometo. Seguir leyendo “La cama sucia”