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China y México, 45 años 


Estoy muy contento de haber sido invitado a la conmemoración del 45 aniversario de relaciones bilaterales entre México y la República Popular China, y Año de la Cultura china en nuestro país. Son 45 años de una relación entre Estados, pero 450 años de intercambios entre ambos pueblos, cuando a territorio mexicano llegaron los comerciantes provenientes de la ruta de la seda que atravesó Asia Central, Africa y desde puertos europeos, llegaron a América. Soy un convencido que el futuro del mundo está en oriente. La humanidad está a punto de atestiguar que China se convierte en la primera potencia económica, política y cultural del mundo, con un gobierno central liderado por Xi Jinping que cada año saca de la pobreza a cuatro millones de seres humanos, gracias a un modelo socialista entendido como un método y no un dogma. La ecuación de China es simple: todo bien debe ser, y es, colectivo. 

La culpa no es de Trump, es del Snapchat


Donald Trump es un hijo sano de la posmodernidad. Perfectamente sano. Vástago pródigo de esta era actual definida por el vacío, por la ambigüedad, por lo relativo. Parido por una sociedad que ha renunciado a hacerse responsable de su propia existencia y ha cambiado el bienestar existencial por la seguridad personal, como lo describió Zygmunt Bauman. Trump es, pues, la consecuencia de un momento histórico muy torcido donde las inseguridades y el fundamentalismo van de la mano.

Entrevisté al neurocientífico noruego Gernot Ernst al respecto, meses antes del noviembre en el cual Trump ganara las elecciones (https://goo.gl/05ogti). Me dijo entonces que el magnate es como el padre totalitario que promete resolverle todos los problemas al hijo. Un hijo idiota, digo yo, incapaz de responsabilizarse de sus acciones. Infantil, en crisis emocional permanente; echado al frio del mundo sin manto protector, pero ya pasado de la edad como para volver al útero de la madre. Esto es, un ser humano inseguro, influenciable, frustrado, pero con el poder que le da el sistema para votar por ese que le ha prometido levantar un muro para que nada malo le pase. Y lo hizo. Llamemos a ese chico, sociedad global y su hermana mayor, la sociedad estadounidense. Es la posmodernidad, la hija idiota de la historia.

Por tanto, me parece que de Trump no es la culpa. Conversaba con mi amigo Galeb Moussa al respecto:

—La ventaja que nos dio Trump —me dijo—, es que es un lobo que dijo que era lobo y que mordía. En cambio, Hillary, era una disfrazada de caperucita dispuesta a sacarte el cuchillo.

—Como en Libia…

—Como en Libia e Irak y Siria…. —me contestó—. En cambio, el tipo (Trump) dijo que quería ser presidente, compitió y ganó nomás.

Y sí. Yo no sé si Trump tenía algún asesor que le diera una lectura detallada del momento social, pero su discursó pegó porque era inevitable. Sus palabras conectaron con una población dejada de la mano del Estado-nación, con una mayoría armada hasta los dientes con gas pimienta y AK47, pero con una paranoia incurable; insatisfecha, cuya existencia infeliz no conectaba con la idea implantada de “la nación más poderosa del mundo” o el “american way of life” y demasiada ocupada en Snapchat como para detenerse a reflexionar por qué. No es nada nuevo. Lo advirtió a su propio país Alexander Hamilton, primer secretario del tesoro de EEUU, tras su independencia:

“La destrucción violenta de la vida y de la propiedad a consecuencia de la guerra, el continuo esfuerzo y la alarma que provoca un estado de peligro sostenido, llevarán a las naciones amantes de la libertad, a buscar el reposo y la seguridad poniéndose en manos de instituciones con tendencia a socavar los derechos civiles y políticos. Para estar más seguras, correrán el riesgo de ser menos libres”.

Por eso es que Trump ganó; porque tuvo las posiciones correctas, al menos lógicas, desde el punto de vista discursivo. Los efectos de la globalización negativa, impulsada por los afanes imperialistas de EEUU, rebotaron en la sociedad estadounidense como un boomerang, produciéndole a esta el mismo miedo y desconfianza en el futuro que Estados Unidos ha infundido por décadas en otros países. El capitalismo diluyó las estructuras y separó a los Estados de sus funciones como protectores de las naciones. Luego entonces, las personas se han vuelto infelices y temerosas, no hay certeza del futuro y ningún sueño parece realizable; por eso demandamos seguridad y tener la sensación de poder asirnos a algo sólido.

Políticamente, la primera tabla de salvación frente al monstruo global es el territorio, es decir, la nación. Trump es la respuesta —una muy torcida—, a la modernidad líquida descrita por Bauman: frente a la liquidez de la globalización, la solidez del nacionalismo; frente a las amenazas de los “residuos humanos” del exterior, la tranquilidad de los muros; ante la necesidad de proteger a mi familia, la guardia rabiosa.

Trump es, pues, una consecuencia histórica. ¿Es lo mejor que tenemos? Definitivamente no. Y cuidado que la posmodernidad no se circunscribe a EEUU. ‘Trumps’ hay en todos lados. O ‘Hillarys’. Lo veremos en Europa en las elecciones por venir, donde ganarán las derechas. Por eso, lo ideal es construir una sociedad en la cual, la nación, no se nos dé desde arriba, sino sea fruto de la cultura misma.

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Buscando a Mao – Entrevista al Partido Comunista de China (1ra parte)


Esta es una ocasión extraordinaria para este blog. Como pocas veces ocurre para el periodismo de habla hispana (y seguramente debido a que éste yace persiguiendo solamente las agendas occidentales), es posible contar con una entrevista directa con un funcionario oficial del Partido Comunista de China. Sin embargo,  el periodismo nos llama, y también esta fascinación por develar los entre-telones de la historia y la política del mundo, aún más, de este fantástico país milenario que está llamado a ser la economía más poderosa del mundo para el año 2018, de cuyo ascenso hemos sido testigos en los últimos 20 años.

A ti que me lees, te presento esta entrevista con  Li Qun, secretario general del PCCh en el municipio de Qingdao, una paradisíaca ciudad de la oriental provincia de Shandong, famosa por ser el hogar del eminente filósofo Confucio, y también de Mencio.

A principios de diciembre Li Qun visitó México, acompañado de una delegación del PCCh. Aquí sostuvo una reunión con Cesar Camacho, líder del PRI en el Congreso y encabezó un seminario comercial para la firma de acuerdos de intercambio entre empresas de México y Qingdao, un evento organizado por la Cámara de Comercio y Tecnología China-México.

Aproveché la ocasión para conversar con el secretario Li, gracias a las facilidades de la Delegación del PCCh y de la representación de la República Popular China en México. Le formulé diez preguntas relacionadas con la vida política y social del país, la historia de su Revolución, el papel del Partido Comunista y del presidente Xi Jinping. La idea: develar el secreto de su prosperidad, no sólo económica, sino política y social, siendo un país socialista. Sigue leyendo

“La Esclava Blanca”: Al fin la telenovela habló de racismo y no de narcos


“La Esclava Blanca” es una telenovela colombiana producida por Caracol Televisión que –me atrevo a asegurar–, por primera vez en la historia de la televisión latinoamericana aborda con una visión crítica la infame industria de la esclavitud y el racismo en este subcontinente, tomando como punto de referencia la época de descolonización de Colombia y su lucha por la Independencia a principios del siglo XIX, que es, precisamente, la ubicación temporal de esta producción.

Esta telenovela, considerada dentro del género de “telenovela histórica”, fue lanzada en este 2016 con 62 capítulos, cuyo final de transmisión recientemente ocurrió en el pasado mes de abril en Colombia. Con ella, Caracol Televisión sorprende al negocio telenovelero latinoamericano presentando una historia que da una nueva vuelta de tuerca a la argumentación cultural de la televisión en habla hispana, como recientemente lo hiciera en el género de las narco-telenovelas que bien le redituaron, desde la impactante “Sin tetas no hay paraíso” (2006), hasta “Escobar, el patrón del mal” (2012), cuyo impacto social fue tan grande que su polémica trascendió de las mesas familiares, y llegó hasta la política internacional, cuestionándonos sobre la validez de la naturalización de uno de los más dañinos narcotraficantes que ha visto el mundo.

Pero “La Esclava Blanca” se aleja de aquella tendencia. De hecho, sube un escalón en la industria, mientras otras televisoras de clásica producción telenovelera se la piensan dos veces antes de producir algo, si quiera parecido, a “Sin tetas no hay paraíso”, por citar un ejemplo de tantos. Así, pues, y haciendo el conteo, con esta obra de Caracol Television, la TV colombiana rebasa el límite de los diez años de distancia con relación a lo que se están haciendo otros países como México, enfrascado en los refritos de los 80’s, o Chile, cuya producción melodramática se ha conformado con la exportación de telenovelas turcas.

Y no en balde. “La Esclava Blanca” se convirtió en la telenovela más cara en la historia de la televisión colombiana con 9.4 millones de dólares de inversión. Su composición escenográfica vale por sí misma la voluntad de mirarla, situando a la audiencia en los ambientes de la población caribeña de Santa Marta, capital turística del actual departamento de Magdalena, la ciudad más antigua de Colombia datada en 1525. De hecho, uno de sus más grandes valores de producción es haber tomado como una de sus locaciones la famosa Quinta de San Pedro Alejandrino, donde murió en 1830 el libertador Simón Bolívar.

Pero el valor cultural de “La Esclava Blanca” es haber puesto la esclavitud y el racismo en el centro del debate en una Colombia que en este año 2016 está luchando por dejar atrás el belicismo, apostando por la paz y la reconciliación ¿Qué significa esto en un país cuya población afrodescendiente supera el 10 por ciento del total, pero que apenas el 12 por ciento de ésta estudió por niveles encima del bachillerato? Significa que la población afro continúa siendo una de las más segregadas en Colombia, haciendo notar que la paz, no sólo debe ser fruto de la voluntad política, sino de la justicia, en muchos casos, justicia histórica.

En Colombia yacen resabios de discriminación a pesar de haberse abolido la esclavitud en el país, por primera vez, hace más de 160 años atrás. Y a pesar de que es ilegal para las normas colombianas la apropiación del ser humano, la explotación de su fuerza de trabajo continúa dependiendo del patrón, antes amo, como los años previos a la Independencia colombiana.

Quizá por eso “La Esclava Blanca” levantó polémicas entre algunos sectores de la sociedad de este país, los cuales acusaron a la producción de Liliana Bocanegra de exagerar la violencia física y verbal presentada en la telenovela. En ella, se evidencian los latigazos y marcas de hierro a las y los esclavos, así como los tratos deshumanizantes al tildarles de “bestias” o “negros asquerosos”. Pero nada es tan atroz como la realidad misma. Por eso, para comprender la historia –enseñó el historiador Juan Brom–, hay que superar la simple curiosidad. La verdad es algo que muy pocos soportan, menos si es presentada en televisión, ese medio donde tantas querencias depositamos.

Histriónicamente, “La Esclava Blanca” sostiene una calidad que me hace recordar las producciones de finales de 1970 donde las grandes actrices y los grandes actores de teatro, dieron cátedra en la televisión mexicana (“La sonrisa del diablo”, “Doña Bárbara”). Es especialmente destacable el trabajo de la actriz peruana Norma Martínez (“El Evangelio de la carne”, “El bien esquivo”) en su papel de “Adela”, la madre abnegada de “Nicolás Parreño” (Miguel de Miguel), cuya obsesión por defender el honor y la riqueza familiar sobre las bases del esclavismo le convierten en una equilibrista entre la simple vileza del pragmatismo y la total psicopatía. Martínez da vida a un personaje antagónico con tal profundidad de interpretación que coloca sobre sí, en muchos momentos, las emociones más vívidas de la historia. ¿El amor de una madre justifica tanta maldad?

Es particularmente valioso el argumento en el guion realizado por Claudia F. Sánchez, Said Chamie, Andrés Burgos. “La Esclava Blanca” logra colocar diálogos sobre aborto, explotación sexual, homosexualidad y economía en un contexto de principios del siglo XIX y en una Colombia que se aferraba a vivir hundida en el yugo de la moral judeocristiana; pero sobre todo, exponerlo en las pantallas de un siglo XXI que aún alberga núcleos reaccionarios. Nunca olvidaré las discusiones sobre maternidad elegida entre “Milagros” (Ana Harlen Mosquera) y “Remedios” (Paola Moreno) o aquella sentencia contra “Bunme” (Karina Guerra) que bien resume el espíritu narrativo de esta telenovela: “Es mujer y negra, nunca podrá ser libre”.

Quizá el punto más flojo de esta producción se encuentra, precisamente, en el desenvolvimiento de su protagonista Nerea Camacho (“Camino”, “Tres metros sobre el cielo”), quien interpreta a “Victoria Quintero”, a razón, la esclava blanca. La actriz nunca logra consolidar el papel de una niña blanca criada por esclavos, llevada a España de donde escapa para regresar a Colombia con el propósito de rescatar a su familia “negra” de la esclavitud. Por supuesto hay errores de método en la interpretación, pero tal fallo, me parece, recae más en la directora Liliana Bocanegra, quién hubo de darle las bases contextuales a la actriz, de un personaje que atraviesa tres de los más grandes círculos de segregación para alguien como “Victoria Quintero”, mujer, huérfana y esclava, cuya supuesta dilatación emocional nunca aparece; al contrario, se escenifica a un personaje más parecido a Teresa “Gaviota” Suárez de “Amor con aroma de mujer”, que el de un portento de sobreviviente que, habiendo pasado por una crianza en la selva, dos masacres, torturas, explotación en un convento, violencia por orfandad, y encima dos viajes insalubres de dos meses por altamar, no se cree que rompa en llanto cuando el marido le ata las manos.

Pero es claro que hay que cumplir con el rol telenovelesco, el cual demanda que “La Esclava Blanca” haya tenido un final tan predecible como decepcionante para los altos matices que logra alcanzar. De ahí el segundo punto débil de esta producción que es, en general, una debilidad de la industria televisiva. Los formatos de telenovela están superados. Los ritmos en el guion están pensados para una audiencia que está a punto de desaparecer y que, si no se ajusta a las nuevas audiencias, estarán condenadas a morir. De ahí el éxito de teleseries como “Breaking Bad”, “House of Cards” o recientemente “Strange Things”. No basta un buen argumento, como el que de hecho presenta esta telenovela; es preciso repensar las líneas narrativas y actualizar los métodos de producción para convertir grandes historias como las de “La Esclava Blanca”, en éxitos culturales sin discusión, en la era de la televisión digital.

¿Cuba recluta jóvenes de EEUU para derrocar a la Casa Blanca?


LOS ÁNGELES, CA. —En las recientes semanas he buscado alguna beca que me permita estudiar un posgrado en Estados Unidos. Pero las posibilidades para un mexicano son nulas si no estás adscrito a una universidad, o cuestan mucho dinero, o dependen del Consejo Nacional para la Ciencia y la Tecnología (Conacyt) al cual, no casualmente, le han recortado más del diez por ciento de su presupuesto para el año 2017, reduciendo mis posibilidades –y las de millones de profesionistas más–, a lo mínimo.

Aquí es cuando me arrepiento de no ser cubano. No por malinchismo, sino porque, no casualmente, el gobierno de Estados Unidos ha implementado un programa para que estudiantes de Cuba vayan a estudiar a ese país sin mayor problema; es más, Washington se encarga de pagarles el viaje, los estudios y hasta les hospeda con familias dentro del país. ¡Qué suerte tienen!

Se trata del programa de becas de World Learning, una organización que se presenta como “sin fines de lucro” dedicada a brindar a estudiantes del mundo la “experiencia de estudios internacionales”.

Y todo va bien y luce correcto tratándose de una iniciativa social; hasta que uno se da cuenta que sus proyectos actualmente están financiados por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

¿Y qué con eso?

Bueno, la USAID es una institución gubernamental estadounidense, dependiente del Departamento de Estado, que se encarga de dar dinero a diversas organizaciones sociales nacionales e internacionales, para operar proyectos que son del interés político del gobierno de los Estados Unidos. Es, pues, la mano que mece la cuna donde yacen cantidad de iniciativas de fachada social, pero que son, en realidad, programas políticos de la Casa Blanca.

Cuba, por supuesto, es uno de sus principales objetivos. De ahí que World Learning tenga especial interés en llevar estudiantes cubanos a Estados Unidos. Estos llegan, se acomodan, asisten a clases y de regreso a su hospedaje en casas de familias locales, se convierten en el objetivo de cuestionamientos e ideas, paseos, regalos y supuestas amistades –todo un escenario de pacotilla–, con el objetivo de convertirlos en opositores el Gobierno cubano. Además, son constantemente asediados por las y los representantes de la organización con ejemplos de cierto tipo de vida estadounidense en relación a diversidad sexual o libre expresión, imaginándose que en Cuba eso no existe.

No lo digo yo. Fueros los propios jóvenes cubanos y cubanas quienes denunciaron esto a través de redes sociales. En twitter, particularmente, mediante los hashtags #EstudiantesDenuncian y #NoManipulenEstudiantes.

Me llama particularmente la atención lo que dijo el estudiante Alejandro Sánchez Fernández, uno de los jóvenes cubanos que fueron seleccionados por World Learning, cuyo testimonio fue recogido por el blog “Mi cuba por siempre”.

El alumno del Instituto Preuniversitario Mártires del Porvenir, con sede en La Habana, denunció la prohibición que les hizo World Learning de usar redes sociales o cámaras fotográficas –algo curioso considerando que Estados Unidos ataca a Cuba constantemente diciendo que en la isla se censura el internet–:

“Nos planteaban que no podíamos entrar en las redes sociales ni colgar fotos, información, ni lo que estábamos haciendo. Según ellos por nuestra propia “seguridad”. Sin embargo, me pareció extraño que quienes patrocinaban la beca lo hacían constantemente. Después de un tiempo decidimos también usarlas, sobre todo Facebook. Entonces ellos se hicieron amigos de nosotros en esa red y controlaban las cosas que poníamos.”, denuncia.

Sánchez Fernández igualmente explica la ignorancia de los pobladores estadounidenses con respecto a la situación política, cultural y social de Cuba, destacando las opiniones prejuiciosas al respecto:

“Nos dimos cuenta también de que existía un desconocimiento del tema Cuba al hablar con los pobladores. Es una desinformación tan grande que ellos referían que aquí hay falta de libertades religiosas, discriminación por orientación sexual, que no podemos ver películas norteamericanas, que está prohibido hablar inglés, que queman las banderas de Estados Unidos y que se violan los derechos humanos”.

Pone como ejemplo la presunción de las y los organizadores de World Learning sobre los llamados “padres fundadores” Thomas Jefferson o James Madison a cuyas casas les llevaron “e intentaban hacérnoslos ver como los mejores del mundo, conociendo nosotros que ellos expresaron siempre el interés de su Gobierno de apoderarse de Cuba”, relata Alejandro Sánchez Fernández, apuntando que, las y los estudiantes cubanos les cuestionaron que estos personajes eran esclavistas y tenían 300 y 700 esclavos, respectivamente, a lo cuales no liberaron después del triunfo de la revolución estadounidense.

“En un momento le preguntamos a la museóloga por qué no los liberaron, y esta argumentó que era parte de su economía… Se le vio sorprendida cuando le comenté que quienes iniciaron la guerra de independencia en Cuba, como Carlos Manuel de Céspedes, su primer gesto fue liberar a los esclavos”, relata.

Por supuesto que esto no es la primera vez que ocurre.

En el año 2013, Associated Press (AP) dio a conocer que la USAID desarrolló un programa digital de reclutamiento contrarrevolucionario entre la juventud cubana mediante una red social llamada “Zunzuneo”. Y no está de más recordar que desde 1992 opera en Miami el vetusto Radio y TV Martí, cuya señal viola el espacio radioeléctrico cubano, enviando noticias falsas y otras opiniones hacia la isla, con fines de escándalo. En suma, la USAID –vía el Departamento de Estado–, destina 30 millones de dólares cada año a este tipo de actividades ¿El resultado? Bueno, considerando que ya vamos para 57 años de Revolución en Cuba, parece que no les ha funcionado del todo.

Lo verdaderamente triste del caso es que, se supone, Estados Unidos pretende hacerse pasar como buen vecino, queriendo normalizar sus relaciones con Cuba. Pero el programa de becas World Learnng es una burda manipulación a espaldas del gobierno cubano, el pueblo y los jóvenes de la isla. Este tipo de iniciativas se realizan de manera clandestina y con fines no declarados para la subversión; y son, en la práctica, un intento por emprender una guerra psicológica en tanto pretende manipular el pensamiento de las nuevas generaciones cubanas.

Así, el gobierno de EEUU pretende desunir a la sociedad civil del Estado cubano. Es verdaderamente ridículo que Washington no supere, desde 1959, que las y los cubanos les echaron de la isla para tener soberanía y autodeterminación. Se niegan a aceptar, desde hace más de medio siglo, que Cuba ya no es lugar de sus sucios negocios.

De tal manera, estos programas financiados por la USAID violan las normas cubanas para las relaciones bilaterales con EEUU, que, se supone, se basan sobre el respeto a la soberanía de ambos países ¿O es que Cuba está reclutando jóvenes estadounidenses para propagar el socialismo?

Estas cosas generan desconfianza en el proceso de normalización. Es preciso decir que, en efecto, Cuba y sus instituciones están facilitando, implementando y promoviendo vínculos con estudiantes de Estados Unidos; pero no hay asuntos turbios en ello. Pregunte usted a cualquier joven “yuma” que ande por La Habana o cualquier otra provincia. Son los propios jóvenes cubanos quienes se oponen a la injerencia de otros países en los asuntos internos de la nación y a ser utilizados con fines nocivos.

Y no es que Cuba se oponga al trabajo de las organizaciones de la sociedad civil; pero se opone a que se le use con fines injerencistas. Es claro que, teniendo la isla uno de los mejores sistemas educativos del mundo según la UNESCO, las juventudes cubanas no necesitan de programas como World Learning. Lo que necesitan –y demandan–, es el fin del Bloqueo económico y comercial impuesto por Washington que les priva de acceso a tecnología e insumos para desarrollar sus investigaciones.

Que Estados Unidos aplique una estrategia de tenaza, llamando con canto de sirenas a estudiantes cubanos a obtener becas y beneficios, mientras mantiene su asedio económico contra la isla, es demasiado cinismo. ¿Hasta cuándo? Y si bien no sorprende que la Casa Blanca tome estas acciones y la prensa asociada a ella no diga nada al respecto, no por ello deja de indignar.

(Un artículo original para Los Ángeles Press)